ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Momento en que el profesor José Rafael Abreu García recibe el título de Doctor Honoris Causa en Ciencias Técnicas de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas. Foto: del autor

Villa Clara.–Lejos estaba de imaginar aquel joven de apenas 21 años de edad, José Rafael Abreu García, un guajirito oriundo del poblado de Vega Alta, más específicamente de la comunidad La Luz, en Camajuaní, que cuando en noviembre de 1959 entró por primera vez a la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, daba inicio a una relación con esa institución de la cual no ha podido desprenderse jamás.

Entonces eran tiempos muy convulsos para la prestigiosa casa de estudios, caracterizados por una profunda lucha de ideas entre la Revolución triunfante y los preceptos pequeño burgueses allí establecidos, a los cuales debió enfrentarse el mozalbete, quien había matriculado la carrera de ingeniería eléctrica en su primer curso.

En medio de esos avatares, aquel joven que había tenido que trabajar muy duro en el campo para ayudar al sustento de la familia, que fue zapatero, y hasta mensajero de farmacia, se forjó como un reconocido profesor universitario, formador de múltiples generaciones de profesionales, y un científico excepcional. 

Para profundizar en la vida y la obra del recién reconocido como Doctor Honoris Causa en Ciencias Técnicas de la referida institución, Granma fue al encuentro del eminente profesor Abreu, como todos lo conocen, para que él nos cuente parte de su rica trayectoria.

–¿Cuál es su origen?

–Vengo de una familia muy humilde y de un lugar muy recóndito que no hacía honor a su nombre, porque en lugar de luz, allí había muchas tinieblas. Sin embargo, tuve la suerte de tener un padre muy preocupado por la educación de sus hijos, y de contar con una maestra de la talla de Juana Fales, la que viajaba todos los días desde Santa Clara para impartir clases en el poblado donde yo residía, inculcando en nosotros conocimientos y mucho amor por la Patria.

¿Cómo fue posible que una persona tan pobre pudiera llegar a la universidad?

–Por las ansias de mis padres de que estudiáramos. Cuando tenía unos diez años nos mudamos a Santa Clara, donde a la vez que trabajaba arreglando zapatos o en una farmacia, iba a la escuela, alcanzando muy buenas notas, las que me valieron luego para matricular en la Marta Abreu. Pero a tu pregunta respondo que fue la Revolución la que hizo posible que estudiara en ese centro y me hiciera ingeniero eléctrico allí.

¿De dónde le viene la pasión por la electricidad?

–Mis padres querían que fuera médico, pero mientras ejercía como farmacéutico ocurrió algo que me decepcionó mucho. Los especialistas, para poder cobrar más dinero a los enfermos, mandaban varias medicinas, aunque estos no las necesitaran. Era una estafa. Entonces me incliné por la parte eléctrica, profesión que no me desanimaba, la cual fue una decisión de la que no me arrepentiré jamás.

Usted fue uno de los pioneros de la automatización en Cuba, ¿qué lo hizo inclinarse a esa rama de la ciencia?

–Durante las visitas a los centrales me daba cuenta de lo rústico que era el proceso, entonces ideé automatizar la parte de los tándems, teniendo como centro el central Espartaco, en Cienfuegos, experiencia que luego se extendió a otros ingenios y que sirvió de base a otras investigaciones.

¿También trabajó en la robótica?

–Junto a un grupo de alumnos muy aventajados, como el hoy líder en esta materia en Cuba, el Doctor Luis Hernández, iniciamos algunos proyectos en la fábrica de calderas de Sagua la Grande y la Inpud Primero de Mayo. Aquella semilla ha germinado y con creces en la Universidad Central, que hoy está a la cabeza de la robótica en Cuba, con ideas muy interesantes para su aplicación en la agricultura y otros sectores de la sociedad.

De sus resultados científicos, ¿cuál es el que más quiere?

–Los padres aman a todos los hijos por igual, pero indudablemente tengo especial cariño por la automatización, aunque también aprecio mucho la labor realizada en la rehabilitación de la hidroeléctrica Hanabanilla y en otros terrenos de la ciencia.

¿Es cierto que en más de 50 años como profesor, nunca ha faltado a una clase?

–Jamás. Yo me respeto mucho para faltarles a los alumnos y a mi persona. Por ahí comienza el respeto al profesor. Te cuento una anécdota: hace unos años sufrí un infarto al corazón y aun en el hospital, tras recuperarme un poco, le dije a mi esposa Olguita –mi brazo derecho–, busca papel y lápiz que te voy a dictar la prueba que debe aplicarse a mis alumnos. Así lo hice, aunque te parezca una barbaridad.

¿Qué ha representado para usted laborar durante tanto tiempo en la Universidad Central?

–A este centro le debo todo lo que soy. Aquí me hice ingeniero, profesor, investigador y mejor ser humano, además de tener la suerte de compartir en la facultad y en tareas partidistas con el actual presidente del país, Miguel Díaz-Canel Bermúdez. Por eso he pedido que el día que ya no esté entre los vivos, esparzan mis cenizas por este campus, de modo que ellas sirvan de abono para el futuro de esta casa.

¿Cómo quisiera que lo recordaran?

–Como un hombre que lo dio todo por su Patria sin esperar nada a cambio. Siempre he creído, como Martí, que «las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque sí; y porque allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los demás. Eso es mejor que ser príncipe, ser útil».

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Osmín Díaz Laborde dijo:

1

28 de diciembre de 2019

07:40:36


Honor a quien honor merece, formador de varias generaciones de especialistas en automatización, que todos agradecemos su esmero en nuestra formación, gracias por estar para todos nosotros

Jesus Fernández Lorenzo dijo:

2

29 de diciembre de 2019

07:41:25


Mi maestro...incluso un amigo con quien comparti espacio en el local 414 de la FIE. Todo el reconocimiento no cubre su grandeza. Hay mucho mas para quienes lo conocieron...