Apenas hubo viajero de paso por La Habana, en los casi sesenta años que duró la república McKinley-Estrada Palma, para quien no fuera Cuba punto menos que un cadáver insepulto, podrido hasta el hueso. Se decía: «Es imposible que este pueblo se levante frente a una dictadura, o simplemente contra la vieja politiquería criolla heredada de España, porque su dependencia del Norte le traba y embaraza cualquier propósito de acción...»
Después de medio siglo de guerra colonial, de guerra hispano-cubana, ya con el triunfo ante los ojos, y las tropas insurrectas «tocando con el pomo de sus machetes a las puertas de La Habana», ¿no habían bastado unos meses de guerra hispano-norteamericana para que el león fuera abatido por el águila, Madrid reemplazado por Washington y los capitanes generales sustituidos por sátrapas voraces y leguleyos, al estilo de Magoon y Crowder? ¡Vae victis! ¡Ay de los vencidos! Se olvidaba, sin embargo, o se escondía, el hecho de que sin la presencia de Calixto García en Oriente, les habría sido imposible a Shafter y a Sampson la batalla de Santiago, así por mar como por tierra, ni hubiera tenido lugar el privilegio insultante de que fueran norteamericanos y no cubanos quienes negociaran en París el término de la guerra con España, como si la sangre de Yara y de Baire hubiera corrido en vano.
McKinley declaró la guerra a España cuando ésta, desangrada y vencida por los cubanos, no tenía más puerta de escape que la capitulación pura y simple. El naciente imperialismo conquistó de esa manera su dominio sobre la isla –la manzana y el cesto–, transformando la vieja colonia en un flamante protectorado, con el limitado poder ejercido por capataces de confianza. Existe (yo lo tengo) un mapa impreso en Filadelfia en 1898 por J. L. Smith, bajo el título de «Our new colonies», en que ya figuran como tales Cuba, Puerto Rico y Filipinas, con todas las «ventajas» que traerían a sus nuevos dueños tan ricas posesiones.
Y no sólo territorios; había también personas. Tomás Estrada Palma, por ejemplo, el primer presidente «cubano» venía a ser una especie de «posesión» norteamericana; era yanqui de educación y de carácter. Nunca tuvo fe en sus compatriotas; se sintió muy cómodo con esa capitis deminutio de su autoridad; no vaciló, llegado el caso, en poner la Enmienda Platt al servicio de su orgullo y soberbia, haciendo posible de ese modo la entrada «legal» de las tropas yanquis en Cuba, afligida a la sazón por la primera guerra civil republicana, que provocó precisamente la intransigencia de su más alto mandatario.
Hay que decir, por otra parte, que todos los presidentes cubanos gobernaron bajo la tutela yanqui hasta el triunfo de la Revolución: Gómez que sucedió a Estrada Palma; Menocal, que sucedió a Gómez; Zayas, que sucedió a Menocal; Machado, que sucedió a Zayas; Batista, que sucedió a Machado; Grau, que sucedió a Batista; Prío, que sucedió a Grau... Sin contar las estrellas fugaces en el cielo del supremo mando, como Miguel Marianao, Hevia, Laredo, Mendieta, Céspedes... ¡Toda la lira!
Reparemos, además, en que cada uno de aquellos gobiernos tuvo su asonada, desde la de agosto, bajo Estrada Palma, hasta la de febrero, con Menocal; desde la de los veteranos y patriotas, con Zayas, hasta la de Machado, que fue la más vigorosa y revolucionaria, con la huída del dictador (como luego Batista) abandonando el poder. Gómez aplastó sin piedad el alzamiento de los independientes de color, en Oriente. Por supuesto que merece sitio aparte en esta lista la huelga de 1933, que no fue una asonada, sino un movimiento de gran envergadura. Mediante el mismo lanzóse por primera vez en Cuba la clase obrera a la conquista de un sitio en las luchas políticas del país.
Con todo ninguno de esos levantamientos alcanzó la dimensión histórica y la profundidad política de la lucha organizada y dirigida por Fidel Castro contra la tiranía de Batista. Porque se trata de una guerra nueva desde el punto de vista militar, es decir de su técnica, y nueva también en cuanto a su alcance revolucionario. ¿Qué hacían antaño «los alzados» cuando querían expresar (no sin ingenuidad) sus discrepancias con el gobierno? Se iban p’al monte, a la vieja manera de los «pronunciamientos» contando ya con el ejército. Pero no tenían un programa ideológico salvo muy raras ocasiones, ni una plataforma política. El hombre que se quedaba en la casa percibía vagamente, si los alzados eran liberales que estos pretendían apoderarse del presupuesto ante la negativa de los conservadores, y quedarse así con los cargos públicos, que eran repartidos de acuerdo con el ardor bélico demostrado por cada quien. El mismo razonamiento, pero al revés, hacían los conservadores. Firmada la paz el hombre que se quedó en su casa comprobaba que había tenido razón, que había visto claro, y trataba de vivir sin complicaciones, acercándose a los amigos que tenía en el bando ganador. «Nada es más parecido a un liberal que un conservador» reconoció alguna vez el cinismo de Lanuza.
La vida pública cubana transcurría así bajo un sopor de ciénaga. Ese sopor fue sacudido, hace veinte años, por la explosión del Moncada. Los insurrectos no corrían a pelear por el presupuesto. Eran alzados, sí, pero de otro tipo; muchos de ellos iban a morir dentro de breves horas, y lo sabían. No se trataba de salir al campo, al son de una rumba sino de enfrentarse a la guarnición de un cuartel situado en una gran ciudad, para dominar desde él todo el territorio nacional. Una empresa heroica, por primera vez acometida por nuestra patria y la que con razón atrajo hacia ella la atención del mundo asombrado. ¿Fracaso? No... Cierto que el gobierno de Batista segó decenas de vidas jóvenes y útiles; cierto que las puertas de la cárcel se abrieron para los supervivientes; cierto que la tiranía corrió el telón sobre el escenario como si hubiera terminado el espectáculo, cuando sólo había transcurrido el primer acto. Al ataque al Moncada siguió el desembarco del «Granma», y enseguida la lucha ardorosa que abarcó todo el país, del monte a la llanura. Aquella gesta vino a decir que a pesar de la doble tenaza del imperialismo y de la tiranía, el pueblo cubano tenía un poder inagotable. Y si a primera vista, una gran ciudad como La Habana pudo parecer entregada a la molicie, al afeminamiento, a los vicios de una sociedad que se deshace, el mal era epidérmico: la carne íntima estaba sana.
Pues bien, es en ese pueblo profundo en el que piensa Fidel Castro cuando se apresta al asalto del Montada; y se apoya en Martí y lo responsabiliza de cuanto va a hacer, porque Martí, de haber vivido, habría hecho lo mismo. La guerra de independencia, preparada por el Apóstol y desencadenada en 1895, quedó detenida tres años después por el ejército norteamericano, como ya vimos. El peligro de que Estados Unidos cayera «con esa fuerza más, sobre las tierras de América», estaba allí, vigente, suspendido en el aire de las islas, seguro trampolín del imperio para arrojarse a tierra firme. Los sesenta años de república falsa, con su oropel chillón y su tambor electorero, con sus tiburones y sus mayorales, con sus delatores y sus policías, con su charada, con su lotería, con su bolita, con aquella mezcla, en fin, de lodo y sangre que parecía manchar todo, era una pústula inmensa que reclamaba cauterio implacable. Esa fue la bandera que tremoló la juventud del Moncada, la bandera de la continuidad revolucionaria cubana: reinició la guerra del 95, se comprometió con los más profundos planteamientos de esta y puso en práctica el ideario martiano de cerrar el camino a Estados Unidos con la violencia armada, como en su día lo aprendió España del machete de Maceo, que hoy se prolonga en el rifle de Fidel.














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