ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El doctor Lacerda no le pierde ni pie ni pisada a sus pacientes ingresados en la sala de neurocirugía del hospital Roberto Rodríguez, de Morón. Foto: Ortelio González Martínez

El hombre tiene el pelo largo y la mirada quieta. No es un hombre de prisas. Cuando habla, parece que está desarmando un reloj: pieza por pieza, con una paciencia que solo dan los años de mirar dentro de cabezas ajenas.

Hay médicos que salvan vidas y médicos que, además, las entienden.

Ángel Jesús Lacerda Gallardo pertenece a ese segundo grupo, el más escaso, el que no se mide con títulos sino con la manera de mirar al otro. Por eso, cuando el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma) le entregó el Premio a la Innovación Tecnológica por su trabajo en el tratamiento del traumatismo cráneoencefálico grave, nadie que lo conozca se sorprendió.

Lo sorprendente, quizá, es otra cosa: que este hombre de voz pausada, hijo de un músico mayor, se haya pasado la vida entera tratando de entender eso que nos gobierna sin pedir permiso. Eso que llamamos cerebro.

Delante del «doctor Lacerda» –como suelen llamarle quienes lo conocen y quienes no– el currículum se queda mudo. No hay hoja que imprima la pasión de sus postulados, ni resumen que atrape la sencillez redundante de sus principios.

No es contradicción. Es apenas un hombre bueno que ama al ser humano. Y también un neurocirujano que le ha sumado hallazgos a la ciencia. Un ser cabal hasta en sus rincones más apartados, esos donde, con ingenio de equilibrista, ha logrado ser padre, esposo, profesor, doctor. Todo a la vez. Todo en uno.

Lacerda Gallardo creció entre acordes y partituras como quien respira. Su padre –maestro de músicos, creador de oficio y temple– debió mirarlo alguna vez con extrañeza.

La neurocirugía fue su destino. El canto, su fuga. O quizá al revés: tal vez la música fue lo primero, y después, por algún resquicio de ese mismo temple artístico, le entró también la vocación de salvar vidas. Lo cierto es que el hijo del maestro Lacerda Adán no dejó morir la herencia: la transformó. Cambió los escenarios por los quirófanos, pero conservó la afinación del alma.

No hay oficio que haya ejercido a medias. Todos los ha vivido en grado superlativo, y con una virtud que asombra: ninguna prioridad relega al resto.

Se ha dado el lujo de presidir la sección de trauma craneoencefálico de la Sociedad Cubana de Neurología y Neurocirugía -y al mismo tiempo, tener tres hijos-. Está felizmente casado, y aun así le dedica madrugadas enteras a ampliar sus conocimientos. No es un hombre dividido: es un hombre multiplicado.

Tanta gente confía en él. Tantos creen que en su cerebro está el éxito de otros, que de sus manos, del filo de sus certezas, depende la vida que sigue. Por eso, cuando Lacerda entra al salón de operaciones y se enfrenta a los aneurismas, lleva sobre sí un peso enorme. Un peso que, hasta ahora, ha podido cargar.

Los números hablan: Con el proceder quirúrgico «Craniectomía descompresiva para la hipertensión intracraneal en el trauma craneoencefálico grave», se logró reducir la mortalidad del 80 % al 31 % y eso constituye un impacto para la salud de las personas que sufren de este tipo de traumatismo.

¿Que no tuviera ambiciones? Claro que sí. Quien diga lo contrario no ha visto sus manos sobre un cráneo abierto. De lo contrario no sería ese doctor que ha introducido en la isla depuradas técnicas científicas con nombres que erizan y cargan el peso de años de ensayo: «fijación interapofisaria translaminar percutánea», «neuromonitorización continua de la presión intracraneal en el trauma craneoencefálico». Habilidades que, traducidas al lenguaje del más simple de los mortales, significan una sola cosa: vida.

Y ahora acaba de obtener el Premio a la Innovación Tecnológica, otorgado por el Citma, con el trabajo «Tecnología para el tratamiento integral al traumatismo cráneoencefálico grave», en el que participaron otros cinco especialistas del hospital Roberto Rodríguez, de Morón.

No se crea que carece de emociones. Al contrario. Se puso tan nervioso el día que le dieron un Geely –un carro nuevo, regalado por el Ministerio de Salud–: «No me costó nada, no tuve que pagar nada», dice feliz.

Mucho. Demasiado hemos hablado hasta aquí y se me ocurre la pregunta por la que estoy sentado frente a él:

–¿Por qué el cerebro?

–Porque ahí dentro vive alguien que no conocemos –dice y se ríe–. Y ese alguien decide quiénes somos.

Recuerdo entonces lo que él mismo me contó una vez que aprendió a mirar antes que a ver. Que cuando era niño inyectaba a los vecinos con un lápiz, y que eso, de alguna manera, era ya una forma de ternura.

«La primera vez que abrí un cráneo –continúa, y sus dedos dibujan en el aire una curva que no termina– pensé: esto es un universo. Y no he dejado de pensarlo desde entonces.

«El cerebro humano se parece a un universo en miniatura: nadie ha visto sus fronteras, nadie ha contado sus estrellas. Cien mil millones de neuronas se encienden y apagan en una sinfonía que llevamos dentro sin saber cómo la dirigimos.

«Los neurocientíficos han mapeado regiones, han nombrado lóbulos, han medido sinapsis con la paciencia de cartógrafos del infinito. Pero aún no explican por qué un recuerdo emerge intacto décadas después, o por qué soñamos con rostros que nunca vimos, o cómo es posible que un hombre como Lacerda opere un aneurisma con precisión milimétrica mientras, en algún rincón de su propia cabeza, guarda la letra de una canción de Los Selectivos, el grupo musical que integré en mi infancia.

«El cerebro es, quizá, el único órgano que se estudia a sí mismo. Y ahí radica su mayor paradoja: el instrumento que intenta descifrar el misterio es, al mismo tiempo, el misterio mismo.

«Los antiguos egipcios lo desechaban durante la momificación, convencidos de que el corazón era la sede del alma. Tuvieron que pasar siglos para que aprendiéramos a nombrar la amígdala, el hipocampo, la corteza prefrontal –catedrales diminutas donde habita el miedo, la memoria, la decisión. Y todavía hoy, con resonancias magnéticas, con inteligencias artificiales que imitan sus redes neuronales, el cerebro se nos escapa como el agua entre los dedos. ¿Por qué una descarga eléctrica devuelve la luz a quien vivía en sombras depresivas? ¿Dónde se guarda eso que llamamos conciencia?

«La ciencia avanza, abre puertas, enciende luces en la oscuridad. Pero el corredor no tiene fin. El cerebro es ese universo que sigue siendo el lugar más inexplorado del ser humano. Y quizás por eso nos fascina tanto».

Hubo un día en que el doctor Ángel Lacerda sostuvo entre sus manos el origen de todo. No era un aneurisma anónimo. Era el cerebro de su madre. El mismo cerebro que lo había mimado cuando él era apenas un bebé que lloraba por leche y sueño. El mismo que le enseñó las primeras palabras –mamá, agua, luz–, que le susurró los nombres de las cosas antes de que él supiera nombrarlas. El mismo que, en algún momento de la infancia, le ordenó al niño bellaco: «siéntate», «come», «no corras». Ese cerebro. Justo ese.

Y allí estaba, abierto sobre la mesa del quirófano. Palpitante. Vivo. Con sus circunvoluciones henchidas de historia familiar. Lacerda no lo contó con estrépito, no lo publicó en revista científica alguna. Pero quien lo escuchó supo que aquello no era una cirugía: era una ceremonia.

El hijo convertido en cirujano de la mujer que le dio la vida, devolviéndole con sus manos lo que ella un día le entregó con el vientre. Los mismos dedos que aprendieron a atar zapatos ahora bailaban con precisión milimétrica sobre la corteza más amada. Y cuando al fin la madre despertó y pidió un vaso y una cuchara, Lacerda sintió que el mundo, después de tanto escalpelo y tanta ciencia, por fin tenía sentido.

«Lo más difícil –dice– no es la técnica. Lo más difícil es recordar que el otro lado del bisturí hay alguien que también ha amado».

Quedó entonces con esas imágenes que no se van: el paciente de los cinco aneurismas, las nueve horas de cirugía, aquel hombre que se salvó y que quizás hoy camina por cualquier calle de Morón sin saber que aquí, en esta sala, un médico de pelo largo todavía lo recuerda. También pienso en su madre educadora y de sentimientos sanos, en el padre músico, en las giras con Los Selectivos, en aquel guajirito que pisó grandes centros científicos y supo, con esa claridad que dan los años, que su lugar era otro. Más pequeño. Más suyo. Más adentro.

Y entonces me viene una certeza: que el doctor Lacerda no buscó ciudades, prestigios, altos centros científicos, reconocimientos… El destino estaba en una sala de operaciones, con una bata blanca que ya no es tan blanca por el sobreuso, y un estetoscopio colgando como un amuleto. Ahí, entre el silbido del ventilador y la promesa de una nueva madrugada, encontró su destino; más bien, sin buscarlo, lo construyó. Hoja por hoja. Neurona por neurona.

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