
Guantánamo. —Electricidad no hay, pero claridad sí: la de una muchacha en organizado ajetreo, que a ningún obstáculo le da tregua. El olor a café -ese puntual de las madrugadas- inunda todo el hogar. Ya están listas la merienda y el desayuno de Helen; también la ropa que la niña llevará puesta hoy a la casita infantil.
Son las seis y 20 de la mañana; el día está a punto de empezar para la pequeña; para la madre empezó mucho antes. Los ojos que a la vuelta de una hora planearán con autoridad sobre un batallón, frente a Helen son los más tiernos y cariñosos del universo.
Las manos de los gestos marciales que infundirán disciplina y respeto entre soldados y oficiales subordinados, ahora recorren con suavidad el rostro y la cabellera de la pequeña que aún duerme.
Cómplice y maternal en la alborada es la voz; de mando no, voz de madre. «Solecito mañanerooo…» La muchacha besa a su hija de cuatro años; «mi princesita hermosa, despierta, es hora de levantarse; vamos, que se nos hace tarde».
Helen abre los ojos como desorientada en la cuna; bosteza; sonríe; y con los brazos abiertos busca el cuello de la mamá, que en la mejilla le planta el segundo beso. Y se funden en delicado apretón. Después, el ritual de cada alborada: el baño, el aseo, el peinado, el desayuno…
Los de vestirla son también los minutos de la inocencia, de las mismas preguntas que, como siempre, a la madre le punzan el lado izquierdo.

«Mamita, ¿hoy tampoco vas a venir temprano a jugar con migo?».
- — No lo sé, princesita mía, vamos a ver si es posible.
- — Así tú me dices siempre, pero vienes tarde.
Danae levanta las cejas; le da un beso y casi sonríe. Acaso le golpeó el pecho la expresión de la niña que vuelve a la carga: «mamita, cuando tú vengas, ¿qué cuento vas a leerme pa' que yo duerma?».
—El que más te guste, te lo prometo
—¡Ay, qué buenooo! ¿Y también vamos a vestir a Lily (su muñeca)?
—También
—¡Qué ricooo, mamita!
De las manos salen del hogar, en un enlace que las lleva hasta la casita infantil; en la puerta del salón la mano de «la seño» ocupa el lugar de la de la madre, que le ha dado el último beso de la mañana.
UN RATO DESPUÉS
Batallón del Oeste, Brigada de la Frontera (BF), Orden Antonio Maceo. El carro se ha detenido a unos metros de la puerta de entrada; un subalterno marcha al encuentro; se cuadra: «Compañera Mayor; Jefe de turno, punto de control de paso; Sargento de Tercera, Lastre Avilés.
Ella desciende, hace preguntas. Entra en la instalación, se informa; puntualiza tareas; va al puesto de mando; recorre la unidad; observa, vuelve a preguntar; orienta, corrige, …
Después a la línea del frente; supervisa labores; habla con los soldados, se dirige a los puntos de observación; busca el servicio de guardia y les plantea misiones a los oficiales ocupados en la tarea.
En ese orden vendrán otras observaciones y contactos con subalternos; reajustes –de ser necesarios- de la jornada en curso, y la planificación para la siguiente. «No es una secuencia lineal -acota ella-, en la prácticas surgen muchas dinámicas».
Ahora mismo no puede afirmar con certeza, la hora del reencuentro de hoy con su avivada Helem. «Mi juventud se la he dado a las FAR, a la Brigada de la Frontera, a la patria -habla desde el orgullo-; mi vida entera se la daré, mientras sea necesaria y útil».
DESCORRIENDO EL TIEMPO
Año 2009. Algunos, viéndola regalar poesías, le vaticinaron un lugar entre artistas. Ella no había cumplido los 12 años, pero ya había escogido su arte: «el militar», y su escenario: «el teatro de operaciones de Cuba frente a cualquier agresor».
«Tenía claro que mi vida futura estaría en el Ejercito, y hacia él dirigí mis pasos. Al concluir el noveno grado matriculé en la Vocacional Militar Camilo Cienfuegos (Los Camilitos) de Bayamo, Granma. Si no accedo a Los Camilitos, optaré por la Orden 18; paso “el verde y de allí me oriento a lo militar», juró.
La hoy Mayor de las FAR, Danae Arjona Ramos, era el retoño de una familia granmense en su natal Monjará. Feliz vivió su niñez, entre montañas y un río de aquel sitio, donde todo es bosque y la naturaleza todavía guarda algo de virginidad.
En la complicidad del silencio de aquel lugar, leyendo testimonios de Celia Sánchez, y textos escritos por Ascela de los Santos, sobre la propia Heroína de la Sierra y del Llano, y otras como Vilma Espín, Danae soñaba con las alturas.
A Cuba la quería cuidar desde el cielo. «Me soñaba en la cabina de un avión de combate; yo quería ser piloto». Era el suyo un anhelo callado, secreto que incubaba en la mente y el corazón.
Hoy dice que en Los Camilitos se preparó, que allí se disciplinó y aprendió a organizar su tiempo y su vida personal. «Esos años me ayudaron a prepararme y a crecer como joven y ser humano».
Pero allí mismo, casi al egresar de esa escuela, la vida le hizo una mala jugada: «debido a una pequeña afección vertebral no pude acceder a la carrera de piloto; me la sentí, pero no me frustré».
Entonces sus profesores, que habían leído bien su carácter, le aconsejaron optar por la especialidad de mando; ella siguió el consejo. Cuatro años después descendía por la escalinata de la Academia Militar José Maceo, de Santiago de Cuba, con el título de Licenciada en Ciencias Militares.
Recuerda que, como estudiante y mujer, algunos entrenamientos les chocaban en los inicios de la carrera. Caminaban kilómetros y kilómetros a campo traviesa, dormían en la manigua, en campaña, pegados al salitre, entre rocas.
Otras veces en suelo cenagosos o de montaña; o en polígonos que imitan a una ciudad. Siempre con dinámicas y caminatas extensas; a la espalda el fusil, la mochila; medios para combatir y sobrevivir; «era fuerte», resume ella.
Esas pruebas les hacían recordar los pasajes que leyó, sobre desafíos superados por Vilma Espín, Celia Sánchez y tantas otras mujeres, en las sierras y los llanos de Cuba.
«Si pudieron ellas, tengo que poder yo, me decía; eso como que renovaba mis energías. Hoy veo a Raul con el pie en el estribo; a Diaz-Canel liderando batallas, y me digo: “yo tengo que estar aquí, en mi puesto, no importan las circunstancias; no puedo fallar».
JOVEN, MUJER… FRENTE A HOMBRES
Con 22 años, y egresada de la Academia Militar José Maceo, Danae llegó a la BF en el 2015. De entrega y de resultados hablan su tránsito por diferentes cargos (siete en total); desde jefa de pelotón hasta el mando del Batallón del Oeste, que dirige desde el 2024.
—Una mujer joven y agraciada físicamente, al mando de hombres, no desencadena prejuicios.
—En mi experiencia no. El respeto aquí es primordial; eso lo llevo mi relación con subordinados y compañeros; no admito ni la más ínfima suspicacia. Si la descubro, al emisor lo sitúo en su lugar. Le Repito; el respeto aquí es primordial. También el trabajo; el ejemplo.
DE SU TIEMPO LIBRE DICE…
«Es corto y escaso. Se lo dedico a Helem, y al hogar fundamentalmente».
Entre sus gustos: la literatura de perfil histórico. De vez en vez oigo algo de música romántica; uno de mis preferidos es (Ricardo) Arjona.
—Las nubes grises forman parte del paisaje, según Arjona. Como cubana y joven de estos tiempos, Mayor Danae, ¿ve nubes grises en el paisaje social de la Isla?
—Las derivadas de las dificultades que nos impone el bloqueo; de la obsesión de un imperio que nos impide la compra de medicinas, insumos, combustibles, alimentos, porque como país soberano nos negamos a acatar sus dictados. Eso es criminal.
—En tiempos como el actual, de amenazas y peligros crecientes, en el perímetro del único lugar de Cuba donde el enemigo está desembarcado; con la responsabilidad que usted ocupa de este lado, ¿no llegan los sobresaltos, no late más agitado el pecho?
—No. En lo absoluto. Laten más fuertes el desvelo, el compromiso; el juramento de cuidar la tranquilidad de mi pueblo, la felicidad de Helen de los niños. Lo que se agita en el pecho es el amor a la patria.
—Del ser humano desprecia: «la deslealtad, la traición, la hipocresía, la mentira». Admira, «la lealtad, la honestidad, el valor»
—¿El liderazgo o el mando?
—El liderazgo que irradia la disciplina, forma y educa con el ejemplo.















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