
«Patria o Muerte». Ese era el lema siempre que se despedían.
Aunque a sus 22 años –y en tales circunstancias– también pensara: «¿dónde me darán los tiros? ¿qué pasará si me entierran y mi madre viene a verme?», el Patria o Muerte era para Ramón González Suco la única alternativa posible si de defender a su país se trataba.
Pertenecía al batallón formado en Cienfuegos, integrado por combatientes que habían estado en el Escambray en los primeros días de abril, quienes, armados con fusiles, partieron sin saber su destino final.
«En ese entonces decían: “Vamos para el Escambray”. Pero, desde el aeropuerto de Cienfuegos, si se dobla a la derecha, es para el Escambray; si se dobla a la izquierda, es otro destino. Y empezaron las ideas y terminamos en el central Australia, en Matanzas, cerca de Playa Larga».
Allí, González Suco fue designado jefe de una escuadra de cuatro hombres para ir a un punto de observación. «Las mujeres revolucionarias nos llevaron leche, comida, y estábamos alerta contra los bandidos de la zona. Era una cosa dramática».
Sin embargo, la madrugada del 17 de abril, desde su posición divisó resplandores hacia Girón. Poco después, escucharon el motor de una lancha por la zona de Buenaventura.
«Habíamos formado una trinchera en forma de L. Yo pensé que podía ser una lancha de la marina de guerra y les digo a la gente: “Me voy a retirar unos metros para dar el alto a esa lancha”. Me retiro y veo que viene un individuo en la proa, parado con un fusil, y los demás venían así también. De ahí, me acuclillo, monto la metralleta y grito: ¡Altoooo!».
La respuesta fue una ráfaga que, afirma, le pasó por encima. «Luego grito a un compañero, José Israel Hernández Fernández: “¡Patria o Muerte!”, y él hace ¡prrrr! con la metralleta. Ese era el mensaje».
Ese aviso, no obstante, que fue transmitido por «microonda, porque cada 25 minutos debía transmitir a la jefatura del batallón, basificado en el central Australia, un informe de la situación», llegó a la esposa de Abraham Maciques, «luego a Celia Sánchez, y de ahí al Comandante en Jefe Fidel Castro, y es como se enteran del ataque hostil por la Ciénaga de Zapata.
«Resultado: un ejército de mercenarios entrenados, muy superior en número a las fuerzas regulares que participaron, había perdido el factor sorpresa por la acción de cinco milicianos».

DEFENDER A CUBA
Andrés Castillo Campos, entonces con 16 años, recuerda que sobre la 1:30 de la madrugada del día 17 fue movilizado el batallón 117 en el aeropuerto en construcción de Villa Clara. «Rápidamente partimos para Playa Girón».
El batallón estableció tres vías. La primera compañía especial de infantería se dirigió a Yaguaramas, donde establecieron el primer contacto con paracaidistas enemigos. «El batallón bajó de los camiones, se organizó la compañía y creamos un grupo de exploración con un campesino del lugar».
Fueron sorprendidos por el fuego invasor. «Era un potrero, había poca posibilidad de protegerse. Decidí avanzar buscando la protección de un árbol caído, a base de ráfagas, y logré neutralizar a un mercenario que estaba a unos 50 metros».
Y Castillo Campos recuerda al niño que era, y a ese compañero, bazuquero que cayó en combate y quien, horas antes, había dicho que, «si él caía, recogieran su pistola personal, una 38-45 con cachas de plástico dibujadas de verde y blanco, y que no la dejaran perder».
También recuerda a El Gallo, que se paró a gritarle al enemigo: «¡Tírenme aquí y salgan! Y le tiraron de verdad. La bala le dio en la frente y cayó muerto».
***
El Che decía que ser revolucionario era el estado más alto de la especie humana. Estos dos combatientes dicen agradecer al Comandante en Jefe por acercarlos a ese estado.
«Ya en Girón yo era un revolucionario. Represento a decenas de jóvenes, a todos los que tenían 30, 40 años, en ese tiempo», agrega González Suco.
Por eso dice que, unos días después de la aplastante victoria, se fue con sus compañeros de combate a La Habana a desfilar el 1ro. de mayo. Comparados con «los bellos uniformes de otras tropas», recuerda que ellos parecían «desaliñados».
Pero lo dice sin pena, al contrario, con orgullo: «Otro uniforme nos estaba cubriendo». Con ese combatieron en Girón…, y vencieron.













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