ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
«Todo lo que comen lo siembro», dice Perico. Foto: José Llamos Camejo

La Tagua, Guantánamo. – «Una finca y una mujer se parecen en algo», proclama él, sobre esta meseta agroforestal del municipio de Manuel Tames, a casi 500 metros sobre el nivel del mar y a unos 35 kilómetros al norte de la ciudad de Guantánamo, donde tiene sus cinco hectáreas de una tierra que parece divina.

«Disculpe la comparación», pide con respeto. Y cuando explica, se sospecha de haber escuchado, en voz de su propio autor, una suerte de aforismo personal –honesto, aunque suene raro– y de intención inocente.

Es que Perico tiene más de 30 años de matrimonio y más de medio siglo –toda su vida, incluido un corto periodo como chofer– en trajines de agricultor, primero viendo a su padre y después imitándolo. Y en ese triángulo amoroso labriego-tierra-mujer, su esposa está en la cumbre del trono, «pero yo con mi conuco no quiero cuento», aclara él.

La comparación de la que se vale para ilustrar su filosofía de labriego es hija de esa experiencia vivida en el pedazo casi selvático de la altiplanicie, donde los amores de Perico han echado raíces.

«Ninguna mujer tiene dueño –repite–; dueña’ del mundo y de nosotro’ son ella’. La finca sí pertenece a alguien. Pero tampoco merece maltrato. Y el que no entienda eso se quema.  ¡Aaah!, pero si la cuida, la atiende, le dedica su tiempo y le pasa la mano, le dan todo, la vida; eso ’tá requeteprobao».

«Arriba de la tierra pa' hacerla parir». Foto: José Llamos Camejo

«EL PARAÍSO LO LEVANTÉ YO»

Hace 53 años, en La Hogada, a unos cuantos kilómetros más adentro del intrincado paraje que habita hoy en La Tagua, Pedro Basulto Verdecia (Perico) vino a este mundo, en una casita de tabla y guano levantada por su papá en la media caballería que le entregó la Reforma Agraria.

Allí, como todo niño de campo, aprendió las primeras letras y los secretos de hacer que la tierra dé frutos. Se escolarizó y se hizo adulto, pero siguió como atado al ombligo del monte.

Después hizo una familia y vino a dar a La Tagua. «Y aquí tengo mi paraíso –se jacta dando un giro con los brazos abiertos y en alto–. Lo levanté yo, con mi sudor y con gran esfuerzo; aunque todavía me falta».

«Mire», invita Perico, ya con las dos manos repletas de maíz: «pi, píí, pííí…». Dos o tres veces ha repetido el llamado cuando, entre cacareos y aleteando, llegan patos, gallinas, pavos. «Pasan de 70 –aclara él–. Ahora falta la mayoría. Acostumbran a comer tempranito, a irse y volver por la tarde, no ahora». 

En el desayuno de la casa no falta el huevo criollo, detalla. «Casi siempre hay leche, café, y un trozo de algo. Puede faltar el pan, pero se desayuna fuerte, y se almuerza y se come con lo que da la tierra –matiza–. «Y eso no es na'; si quiere le enseño mi rebaño de carnero, y la crianza de cerdo de capa oscura, un poco apartada de aquí».

DIVINOS TIERRA Y ESPÍRITU

Tras degustar un «cañangazo» de café de la finca, «sembrado, recogido y preparado por nosotro’», Perico toma en una mano la azada, se coloca el machete a la cintura, y «acompáñeme», invita.

«Vuelva otro día, a ver lo que no pueda ver hoy, y habrá conejo también; tengo casi todo para empezar la crianza», explica, mientras avanza por una tierra que es, dice él, «una divinidad; mire». Y señala una parcela de frijoles todo follaje.

Divina es la inconformidad de un espíritu así, que no mendiga salidas, porque las abre donde otros solo ven muros. Espíritus que encuentran soluciones donde algunos las creen imposibles.

La frijolera de Perico es pequeña, pero copiosa. Él la contempla, se detiene en uno de los pasillos, y con la azada reacomoda la tierra. Entre 20 y 25 quintales del grano leguminoso él calcula que le dará esta cosecha.

Pasamos luego a un cafetal de caturra rojo tradicional, que aporta en cada zafra unas 600 latas del cerezo. «Y por allí tengo media hectárea en preparación, quiero experimentar otra variedad con una tecnología vietnamita», anuncia, al tiempo que limpia de hojas secas una de las matas de plátano intercaladas entre los cafetos.

Al café, Perico tampoco le quitó la vista de encima. Foto: José Llamos Camejo

  

DE LOS PEDACITOS, ¿POR QUÉ NO AL TODO?

«De todo –responde Perico cuando le preguntan qué otra cosa produce además de café y frijoles–, «soy un agricultor to’ producto’». La lista es extensa: plátano, ñame, malanga, yuca, maíz, boniato, hortaliza, mango, mamey, naranja, aguacate, palmiche… «comida para la gente y los animales».

Fíjese que la mía es, como aquel que dice, una finquita. Aun así, de ella le entrego a mi cooperativa (de Créditos y Servicios), y dejo para los animales y para el consumo de mi casa y de mi familia. Y de todo eso que le enseñé, incluidas las aves, también le dono al consultorio médico de aquí.

Si en un pedacito de tierra se produce todo el alimento que necesitan varias familias, incluida la manteca de puerco –razona Perico–, «¿quién dice que explotando bien to’ esta área no se puede producir lo que se necesita aquí arriba y parte de lo que hace falta en el llano y en la ciudad?».

«Solo hay que trabajar duro, sin justificar tanto ni dar mucha vuelta, y hacerlo no por embullo de una semana o un mes, sino todo’ lo’ día’, porque no hay día que la gente no necesite comer. Mire, la tierra por sí sola no ve al que la necesita, pero premia al que anda arriba de ella to’ el tiempo y la hace parir».

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Lisa dijo:

1

11 de marzo de 2026

03:30:28


Verdaderamente, palabras sabias