Mujer: si ofreces a diario tu dulzura –a veces, sin esperar nada a cambio– ¿por qué un solo día al año para atender tus esperanzas, reclamos e insatisfacciones?
Tú, que escondes en el vientre tibio la vida y los secretos del mundo, poseedora de una esencia vital que no logran atrapar los versos de los mejores poetas ni las más hábiles manos de un escultor.
Mujer: madre, hija, hermana, abuela, compañera, trabajadora, amiga… ¡cubana!... Que dejas en cada espacio de esta Isla una huella de ternura y rebeldía.
Tú, que levantas corazones con las manos –que también saben acunar, trabajar y crear…– y secas lágrimas ajenas antes que las propias, permítenos estar a tu altura en cada ocasión.
Permítenos merecerte, amarte, cuidar de ti, y perdónanos cuando en nuestra necedad te hayamos descuidado; que nunca te rocemos ni con el pétalo de una rosa…
Hoy y siempre, mereces que todos se detengan a valorarte. Ojalá nunca debas preguntarte por qué un solo día. Sepan que, sin ti, sencillamente, no hay mundo.




































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