ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Por él, el tren no correrá peligro alguno. Foto: de la autora

Eran las cuatro de la mañana cuando José Luis Segrelles caminaba hacia la estación para «coger el tren, que pasaba una hora después», porque el pasatiempo mañanero favorito era subirse a esos vagones, «siempre con cuidado, claro».

Sus tres primos, maquinistas del antiguo central Mario Muñoz, en Jovellanos, le «encendieron la chispa por las vías». Quizá por eso, por jugar entre los trenes estacionados, anhelaba estudiar en la escuela ferroviaria. «Pero no pude. Comencé el servicio en la estación de bomberos, por seis años, y luego me trasladaron a otra unidad, en la que estuve unos cinco años».

Cuando terminó esa etapa, marcada por el uniforme y la disciplina, la academia ya había cerrado y sus problemas de salud le impidieron convertirse en maquinista. Por ello, durante años sintió que estaba en deuda con su primer amor: los trenes. «Siempre me disculpé con los ferrocarriles», dice, mientras su mirada se pierde en la distancia. ¿Qué verá en ese horizonte?

La vida conoce mucho de azares. Bien lo sabe José, quien, 15 años después, empezó a trabajar en la estación de trenes de Cien y Boyeros como custodio. Más tarde, comenzó a desempeñarse como guardacruceros, una profesión que hoy defiende con voz cargada de orgullo.

Tras contarme sus inicios, le avisan que el tren está llegando. Toma su chaleco naranja y sus dos banderas, una roja y una azul. Dará la señal.

Mientras el tren pasa, se asegura de que no haya obstáculos en la vía, de que todos los vagones circulen completos, que no esté nada fragmentado.

Ahora entiendo lo que quiso decir cuando me explicó que su oficio consistía en «proteger los trenes».

Hoy, a sus 61 años, al preguntarle sobre su retiro, afirma: «A pesar de los achaques de salud, pienso jubilarme y seguir trabajando en el tren. Es lo que me gusta».

José Luis se mantiene firme en su garita. «Soy la seguridad del maquinista». Por él, el tren no correrá peligro alguno.

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