
En la camisa solo tiene un botón abrochado. Hay un calor contrario a la nubazón del día y, aunque el sol dejó a medio hacer la sequedad de la yerba, alguien está sentado en ella, mirando al frente por el único hecho de mirar, como si lo complicado de la vida le huyera de pronto, como si lo que pasa por su mente hubiera pasado tantas veces que la costumbre le queda chiquita.
Es un guantanamero de esos a los que uno sabe guantanamero por lo rápido que lo sueltan, más que por cualquier otra cosa. Pero uno es de por allá y a la gente de por allá la cala a la legua y –si tiene chance– indaga en los porqués de la ida; en el repertorio de lo que se dejó, porque en las mudanzas nunca hay espacio para toda una vida y siempre habrá que dejar algo.
A Alexey se le quedaron cinco hermanos, tíos, tías… Vino para Güines –Artemisa– porque es donde vive la familia de su esposa; vino, hace tres meses, con ella y con su hijo, de 24 años, que «es un hombre ya».
En Guantánamo era custodio de una escuela. «Siempre vivía pescando en la presa» y eso, probablemente, sea una de las cosas que más extraña porque «aquí no; aquí pa’ ir a pescar tienes que ir a la costa y ahí hay bichos que comen gente».
Ahora pastorea carneros en la cooperativa Alberto Torres. Les dice «ven» para que vengan y «vira» para que regresen «al bando» cuando «van mandaos por ahí pa’llá». No les pone nombre. Contra todo pronóstico de la mala memoria, habría que ver cómo se nombran 170 cosas sin caer en eso de llamar a unas con los nombres de otras.
Solo una oveja tuvo tilde y no por buena, sino por ser la que más «jodía». La mandaron para «la otra cochiquera. Esa “eeeraaa”. Tenía hasta el lomo pela’o de meterse por los alambres. Le puse la conuquera. Cuando yo miraba y no la veía, decía: “anda conuquiando pa’ allá, pa’ cualquier la’o”».
No hay un día en que Alexey descanse. Los animales de eso no entienden. «Desde que ven que voy pa’l corral forman la gritería. Be, be, be, hasta que llego allí». Por 200 pesos diarios, hay que «sacarlos a comer, meterlos pa’ adentro, echarles su agua limpia en la canoa»… Ahora mismo casi todas las ovejas «están parías». Menos mal que «paren solas».
Cada tanto, les da por comerse la yerba que hay al otro lado de la cerca. Entonces Alexey vocea eso de «Viiira, viiira», en lo que dos perros las reprenden sin ladrar mucho. Eran de la sobrina de su mujer, pero él les echa comida «siempre y se pasan el día entero atrás» suyo. Algo de buena ha de tener la gente por la que un perro cambia de dueño.
A las ovejas hay que sacarlas después de las nueve porque antes «el rocío tiene unas bacterias que pueden enfermarlas». Pasan las 11 y a estas alturas la yerba está seca o, al menos, aparenta estarlo. Alexey agarra un «gajo» de la cerca y basta para dar forma a un tumulto de bocas que parecen no haber comido en horas.
Dice él que no virará para Guantánamo, pero allá vivió más de 40 años. Por eso, cuando le preguntas si extraña «aquello», con la certeza de las respuestas que no hace falta pensar, suelta: «¡Claaaro!».

















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