ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Rodolfo Blanco Cué

Hay ciudades que nacen de un decreto, trazadas con escuadra sobre pergamino virgen. Y hay ciudades que nacen de un tropiezo, del cansancio, de la testarudez de un puñado de hombres que, más que fundar, se enraizaron. Camagüey, la que hoy cumple 512 vueltas al sol, pertenece a esta segunda estirpe.

Dicen los papeles amarillos, aquellos que guarda la humedad con celo de archivero, que fue un 2 de febrero de 1514. Diego Velázquez, el Adelantado, puso nombre de príncipe y de puerto a un sueño que se asomaba al mar norte: Santa María del Puerto del Príncipe. Pero el Caribe, en aquellos años, no era un azul postal. Era una frontera líquida y hambrienta, donde los bergantines de filibusteros olfateaban como lobos. La villa, joven aún, sintió el filo del acero y el fuego en sus costillas de guano y embarrado.

Foto: Rodolfo Blanco Cué

Y entonces, la ciudad hizo lo que haría cualquier ser vivo acorralado: se echó a andar. No fue un traslado administrativo. Fue una huella hacia adentro, una retirada táctil hacia el corazón de la llanura. Un éxodo de sombras con sus santos a cuestas, sus miedos y sus tinajas de barro. Caminaron tierra adentro, buscando el refugio ciego de la geografía, el anonimato de los ríos sin nombre.

No se dejaron llevar por el capricho del terreno, por el serpenteo de los arroyos —el Hatibonico como una vena madre—, por la necesidad terca de que cada casa fuera un fortín y cada calle, una trampa para el invasor. Así nació el laberinto. Un diseño que no es desorden, sino una inteligencia profundísima: la de la supervivencia. Calles que se tuercen en ángulos imposibles, que se estrechan hasta una intimidad de susurros, que desembocan en plazas sorpresas como remansos de luz. No se podía saquear fácilmente lo que no se podía entender.

Y en el centro de este ovillo urbano, la razón de ser: sus plazas. Allí, con los años, la fe iría levantando sus cúpulas: la Catedral, la Merced… no como actos de sumisión, sino como afirmaciones de permanencia. Aquí nos quedamos, dicen sus piedras. Aquí, aunque el mundo venga por nosotros. Pero el genio de este pueblo no está solo en el trazado. Está en el barro. En los tinajones, esos vientres enormes y fértiles que salpican patios y zaguanes. No son meros recipientes. Son el símbolo de una ciudad que aprendió a beber de la lluvia, a guardar, a prever. Son la memoria redonda de la sed y de su remedio. Camagüey, la del laberinto, es también la ciudad que se inventó una manera de domesticar las nubes.

Camagüey no se fundó. Se anudó. Y hoy, celebra 512 nudos de historia, de barro y de luz. Pero este laberinto de piedra y leyenda no es un museo estático, ni un adorno del pasado para el disfrute turístico. Es, ante todo, un pacto vivo. Los 512 años que hoy conmemoramos gravitan sobre los hombros de quienes habitamos estas calles no como meros inquilinos, sino como herederos y guardianes. La responsabilidad ya no es escapar de los piratas, sino de un enemigo más sigiloso y corrosivo: la indiferencia, la negligencia, el egoísmo que mancilla una fachada o el desarrollo miope que rompe la armonía del conjunto.

Cuidar este patrimonio no es un acto de nostalgia, es un acto de justicia histórica y de futuro. Preservar el perfil quebrado de los tejados contra el cielo, el rumor del agua en los tinajones, la penumbra fresca de los portales, es salvaguardar nuestra identidad más íntima. Es honrar el sudor y la terquedad de aquellos que, al torcer las calles, nos legaron un código único para entender el mundo: que lo esencial a veces se protege no con murallas, sino con misterio, y que la belleza, cuando es auténtica, tiene la forma compleja y acogedora de un laberinto que se habita en comunidad. Nos toca, ahora, ser dignos del laberinto.

Hoy, 512 años después, el laberintico trazado sigue vivo. No para confundir al enemigo, sino para despistar al tiempo. Al caminar por sus calles adoquinadas, bajo la sombra de los tejados volados, uno no pisa simple piedra. Pisa la huella de aquellos primeros pobladores que, más que fundadores, fueron refundadores por instinto. Pisa la decisión callada de un pueblo que prefirió enredar su memoria antes que entregarla.

El rumor del tiempo, hoy, tiene sabor a fiesta. Suena a repique de campana en la torre de la Catedral, a rumor de versos en una tertulia de la Plaza del Carmen, a quejido del carretón sobre la roca. Es el sonido de una ciudad que, habiendo nacido dos veces —junto al mar y en el centro

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