Una procesión silenciosa y alegre inundó las calles de Cuba este 28 de enero. Eran los personajes eternos de La Edad de Oro de José Martí, que descendieron de sus páginas para recordarnos que la verdadera Patria se construye con la bondad aprendida en la infancia.
El sol de la mañana, el mismo que iluminaba las tertulias del siglo XIX, no alumbró hoy a transeúntes comunes.
Desde la Punta de Maisí, donde la isla se estrecha como un dedo índice señalando el horizonte, hasta el Cabo de San Antonio, donde el día se despide, una comitiva de otro tiempo tomó posesión de la geografía.

Abría la marcha Piedad, la niña de los ojos grandes, con su muñeca negra firmemente abrazada. Ya no dormía en su cuarto lleno de juguetes; caminaba solemne, pisando el asfalto como si fueran las páginas de su libro.
Su muñeca favorita miraba desde el regazo con una sonrisa de trapo que parecía comprenderlo todo, mientras a su espalda se escuchaba el eco lejano de sus padres preparando en sigilo los regalos para su octavo cumpleaños.
Lejos, muy lejos de la playa, está Pilar, con aro, balde y paleta. La brisa matinal jugueteaba con los lazos de su pamela glamorosa. Llevaba puestos sus zapaticos de rosa, y cada paso suyo era un compás, un canto sereno a la bondad que emana con naturalidad del corazón infantil.
La comitiva tomó un aire gallardo con la aparición de Alberto, el militar, con el porte orgulloso de quien defiende un castillo de sueños.
Y entre la multitud, ¡qué bello estaba Bebé! Con su sable de caballerito en la mano. Aquella espada que en las páginas dormía suspendida del cinturón, despertaba hoy centelleando bajo el sol caribeño.
Su filo no estaba puesto en el combate, sino en la luz; era un faro de honor y una espiga de lealtad, esos valores que Martí quiso grabar en el alma blanda de los niños.
Allí estaba también Nené, la traviesa, sosteniendo en una mano uno de los libros de su padre y con la otra despojando, con gesto serio y concentrado, las hojas.
Arrancaba así lo viejo y marchito para dejar espacio a la historia fresca, a la enseñanza nueva. Su gesto era la metáfora perfecta de la obra martiana: despojar al mundo de prejuicios para plantar ideas nuevas.
El cortejo lo cerraba la bailarina, soberbia y pálida. Avanzaba con gracia, como si imaginara el escenario de un teatro.
Su procedencia importaba poco —gallega, cubana, universal—; lo divino era su movimiento, un poema corporal que hablaba de la belleza del arte y de ese «culto a la gracia» que el maestro predicaba.
Y por todas partes, multiplicadas, vi muchas «Pilares» con aro, balde y paleta; niñas anónimas que eran el coro de esta epopeya silenciosa, demostrando que la felicidad habita en la riqueza del alma.
Al recorrer este desfile onírico, entre el gentío de personajes infantiles, surge una figura que no camina, sino que flota con la gravedad serena de un monumento: es José Martí, con su impecable traje de caballero del siglo XIX, su bigote cuidadosamente delineado y el garbo solemne del hombre de letras.
No es la imagen rígida del mármol, sino la esencia viva del maestro; su bigote, perfila la boca que forjó versos de amor y arengas de libertad, y su traje representa el ropaje digno de quien vistió de esperanza a toda una nación.
Su presencia no interrumpe la algarabía, sino que la dota de sentido: él es el arquitecto invisible de este mundo, el hacedor que con su pluma dio vida a Piedad, a Pilar y a todos los demás personajes, que en el aniversario 173 de su nacimiento, han cobrado vida para enseñar que el verdadero culto no está en los salones, sino en el corazón puro y en la mente curiosa en la felicidad de los niños por los que lo dio todo.



















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