Hay lugares que no son solo geografía. Son símbolos que perduran en el tiempo, donde la memoria germina cada vez que el pueblo se congrega. Eso sucedió en la Plaza de la Libertad, este 4 de enero cuando la Caravana de la Libertad volvió a entrar a Camagüey, con la firmeza de los pasos de los jóvenes de hoy y de ayer, en la luz decidida de sus miradas, en el eco vibrante que recorrió toda la plaza, en este pueblo en Revolución dispuesto a seguir construyendo y defendiendo esta obra de infinito amor.
El sol de la tarde dominical de Camagüey, ese mismo que iluminó aquella jornada fundacional de 1959, caía ahora sobre las banderas de la continuidad, de las pañoletas pioneriles y la certeza en el futuro. No se conmemoraba un hecho del pasado; se reeditaba un pacto vivo, porque la Revolución, como dijeron de una y otra forma los oradores, sigue siendo una obra joven e inacabada.
Desde el podio, como hilo conductor que une el ayer con el hoy, las palabras de Orlin Alexei Ochoa López, pionero de la Escuela Vocacional de Arte Luis Casas Romero, recordaron que la Revolución fue también un suceso cultural, transformador y genuino que creó un sistema de enseñanza artística solo comparado con el de países desarrollados. «Tengo la alegría y el orgullo de pertenecer a generación que celebra el triunfo de la Revolución y eso significa crecer en un país que me brinda oportunidades para aprender y expresar lo que siento a través del Arte».
A las tragedias humanas de la guerra, las que no queremos que se vean en Cuba, se refirió la periodista Laura Marian Bacallao Padrón, quien además denunció las múltiples intervenciones militares de Estados Unidos en una región que ha considerado, por años, su patio trasero. «Lo que suceda en Venezuela jamás no será indiferente, porque para generaciones de cubanos la patria de Bolívar es más que una nación vecina, es el ejemplo del internacionalismo y la hermandad entre los pueblos».
Se evocó al Fidel de 67 años atrás, pero el orador de hoy no era solo un hombre; era la voz colectiva de una generación que se sabe con la responsabilidad de seguir haciendo Revolución. A nombre de ellos habló Yurisney Gil Monteagudo, primer secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas en Camagüey, quien recordó, ante las recientes amenazas de los señores del imperio, que la historia de Cuba está hecha de grandes hombres y mujeres que no conocen el miedo, que a este pueblo le bastó un puñado de hombres para iniciar la Revolución. «Por gobiernos como el de Estados Unidos hubo que hacer una Revolución socialista en Cuba y por ese mismo gobierno tenemos que cuidarla».
En la tribuna, bautizada con el nombre que no admite medias tintas –antimperialista y de reafirmación revolucionaria–, cada aplauso era una confirmación de que este pueblo está resuelto a ser libre, como mismo lo hicieron los combatientes del Ejercito Rebelde Luis Portales, Wilfredo Pérez y Ramiro Rodríguez, quienes volvieron a entrar triunfales a Camagüey, como hace 67 años, y como muestra del agradecimiento eterno, la UJC les confirió la distinción Siempre Joven.
Una consigna estalla desde el fondo de la plaza. Brota espontánea, ¡Yo soy Fidel! No es una metáfora. Es una verdad tangible. En cada proyecto comunitario, en cada guardia estudiantil, allí está el pensamiento de aquel joven que entró a Camagüey para cambiarlo todo, y hoy sigue su marcha porque la Caravana de la Libertad no se detuvo en 1959. Ya no recorre polvorientos caminos de la geografía, sino el territorio más fértil y complejo: la conciencia de un pueblo. Camagüey, fiel a su historia rebelde, le demostró una vez más al imperio que la Revolución no envejece. Se rejuvenece, cada día, en el corazón y en las manos de quienes la llevan adelante. Fidel, efectivamente, acaba de entrar nuevamente a la ciudad. Y viene, como siempre, para quedarse.





















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