ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Trinidad, una de las ciudades más filmadas, podría estimular el crecimiento allí de espacios museables de la cinematografía. Foto: Frank de la Guardia Rondón

En casa nos hemos vuelto espectadores fieles del Comisario Montalbano, principal protagonista del universo que el escritor Andrea Camilleri instaló en Vigata, tranquilo, bello e imaginario pueblo siciliano, donde la calma es rota por complicadas tramas criminales; disfrutamos historias, personajes y lugares, paisajes, arquitectura y hasta conversaciones sobre algún plato típico, pues el protagonista es gastrónomo exquisito.

Hace pocos días, buscando información sobre el ciclo de películas dedicadas al personaje, más de 30, descubrí que hay toda una industria cultural que despliega sus ofertas alrededor o a propósito de lo que se anuncia como «la ruta del Comisario Montalbano»; es decir, los pequeños poblados que aparecen en las novelas y en el ciclo fílmico, ejemplo de lo que Sue Beeton define como «turismo inducido por el cine» en su libro Film induced tourism (2016): «visitación a sitios donde han sido filmadas películas y programas de televisión, así como las excursiones y recorridos turísticos a los estudios de producción, incluyendo parques temáticos relacionados con las películas».

Mi entusiasmo con Montalbano conecta con un reportaje documental que vi entre las emisiones de Russia Today; un sugestivo paseo –toda una invitación– por el Macondo de Gabriel García Márquez; otro ejemplo de ciudad inspirada en espacios reales, elaborada por la imaginación y capacidad creativa de un escritor, y luego recreada por los múltiples actores que confluyen en la industria cultural para producir el encadenamiento de lugares relacionados con la infancia del autor de la novela Cien años de soledad, o mencionados en la obra.

Opciones para viajar por la geografía, disfrutar la gastronomía, acercarse a la creatividad de la cultura popular, absorber todo tipo de detalles que hagan más profunda la relación con la obra, sus historias y personajes. Para el lector se trata del privilegio de conocer los paisajes de José Arcadio Buendía, el gitano Melquíades, Piero Pietri, Remedios la bella, Pilar Ternera y Mauricio Babilonia, entre tantas otras aventuras de la imaginación.

De esta forma, autores, personajes, situaciones dramáticas, eventos deportivos, hechos científicos, obras de arte, edificaciones de valor patrimonial, esquinas de una ciudad, calles, paisajes de naturaleza, son todos susceptibles de aparecer como «marcadores», en los que se funden la historia y la cultura de un territorio o país; es decir, lugares, momentos o personas que dieron origen o participaron de historias que merecen ser organizadas, narradas y exploradas, incluso más allá de ellas mismas.

En mi caso, a escala de país, lo mismo he soñado con un gran circuito turístico-cultural que –con apoyo de universidades y actores de la industria cultural regional– multiplique sus ofertas en Bariay; como mismo extender la visión de modo que exista la posibilidad de otro recorrido para visitar las llamadas «ciudades fundacionales» cubanas.

Pero también sueño, como alguien nacido a solo una cuadra de distancia de Centro Habana, con la posibilidad de dar vida a lo que, en mi cabeza, concibo como el «circuito del feeling» y que incluye espacios de presentación artística, pequeños cafés, tarjas conmemorativas en los lugares donde vivieron o se reunieron grandes músicos, puntos de comercialización de música, publicaciones, instrumentos, ciclos de conferencias, eventos académicos y más.

Junto a ello, puesto que tengo mis raíces familiares en Trinidad, una de las ciudades más filmadas, estimularía el crecimiento allí de espacios museables de la cinematografía, acompañados de tiendas donde comprar las películas, eventos, visitas del personal que hizo las obras, un festival al efecto y mucho más.

Además de lo dicho, como vecino de Cojímar que actualmente soy, no dudaría en dar impulso a la creación de un circuito que enseñe ese episodio único que fue la toma de La Habana por los ingleses en 1762, y de lo cual Cojímar fue parte importante.

Aquí los recorridos se unirían a los hermanamientos con pueblos de pescadores ingleses, la celebración de la fecha mediante jornadas anuales de cultura, los encuentros académicos, la colocación de tarjas y otras marcas en espacios visibles; la creación de un espacio museable al respecto y la potenciación de producciones culturales conectadas a la fecha.

Finalmente, no perdería la oportunidad de celebrar esa figura mayor del patrimonio deportivo que es el extraordinario Martín Dihigo, todavía hoy considerado como uno de los más completos jugadores que ha conocido el deporte de la pelota; mi circuito turístico-cultural comenzaría en Cruces, pueblo donde Dihigo falleció, e incluiría el recorrido desde el Palmar de Junco (lugar del primer juego oficialmente reconocido como tal en el país) hasta el Latinoamericano, ampliado con el esfuerzo de miles de cederistas (siendo un niño, fui con mi padre en más de una ocasión).

Solo que recorrer es revivir, en fotos, materiales audiovisuales, entrevistas, revistas, libros, los más grandes momentos de la épica del deporte en el país; o sea, es disponer, en paralelo a los estadios en los que presenciar los encuentros de equipos, de centros de información abiertos al público, tiendas en las que adquirir suvenires y todo tipo de memorabilia, librerías que oferten textos de interés al fanático, cafeterías, restaurantes y otros espacios de ocio que ofrezcan la posibilidad de que la experiencia una el aprendizaje con la socialización.

Es en todo este proceso en el que las mentes creativas que sostienen la industria cultural imaginan el encuentro y diseñan entornos, experiencias y objetos que se constituyen en oportunidades de conocer más de aquello que nos imanta, de ser –en un despliegue de la imaginación– parte de la experiencia y de celebrarla y agradecer.

Una industria cultural implica el conocimiento profundo, amplio y abierto de todo aquello a lo que podemos denominar cultura; cierto que en los directivos, pero igualmente en actores del sector empresarial y en quienes desarrollan emprendimientos en un determinado territorio, para entonces terminar incluyendo la participación de la población.

Esto último se logra cuando la invitación a soñar va acompañada del entusiasmo y energía que nacen del liderazgo visionario, al mismo tiempo que de una racionalidad tal que tome en cuenta, continuamente, factores de factibilidad, rentabilidad y sostenibilidad. Capacidad imaginativa y ciencia. Ese es el desafío. Hagámoslo.

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