
Él le dijo: te haré poesía, pero ella sabía que no era cierto. Aun cuando la resguardara y regresara a ella agradecida, muchas veces, numerablemente muchas. Aun cuando, leyéndola vez tras vez, le descubriera nuevos sonidos. Junto a tales hallazgos, otras incertidumbres inmediatamente se colarían. Y a poco, o de golpe, se percataría, temprano o tarde, que esa allí escrita no era ella.
Él no quiso ser petulante, pero la verdad era que su ser abarcaba más que tan pocas palabras en verso. ¿Acaso capturaba lo que era ella en una circunstancia del tiempo, un instante? ¿Tal vez un lugar, un punto? Pero incluso ni tanto. Y no se trataba de alguna incapacidad literaria, o falta de talento. Es que, reconocía, no había palabras que la asieran y la ataran al papel, como no había tampoco cuadro, música, canción, ni poesía que pudiera tal hazaña. Todas ellas podían proponérselo, con la mejor de las intenciones, pero el error era de fondo. Por más que cualquier finitud intentara abarcarla, ella era, en toda su humanidad, universo.
Él le dijo: te haré poesía, y era sincero en su empeño en lograrlo. La había recorrido numerablemente muchas veces. Primero acumulando todo lo posible, luego ordenando y ahora hurgando todas las memorias, las de las sensaciones, las del intelecto, las otras también. Pero no bastaba. Por más que escribía ella se escapaba de las letras: una arista, un ángulo, la risa, una idea, un recuento, un memorable discurso que ella hubiera pronunciado, una tesis, un libro, un baile, la ira, ¿rabia?, una orden, un consejo, desconsuelo, esperanza. Una marcha, un cansancio, una euforia, hijos, padres, la figura entrando al agua, el pelo, ese que al paso del tiempo canas eran. El desnudo, lo contrario.
Con los años volvía, una y otra vez, al verbo, rehacía empeñado en tornarla verso. Desesperaba. Hasta en algún momento tuvo el llanto. Y de tanto contemplarla, de estudiarla, se hizo sabio, tanto que entendió el fútil esfuerzo de cazar, contrapuesto a la certeza más colocada de que no hubiera cacería alguna, por nadie. Se consoló entonces pensando que tal vez había logrado escribir un pedazo de inspiración para otros, un atisbo incitante, una puerta, ¿tal vez una entrada?, ¿tal vez una salida? Un comienzo. Eso sí, su satisfacción era que quien se asomara comprendiera que no había cantidad finita de palabras que la abarcaran, porque ella, en toda su humanidad, era universo.



















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Mariols Sablón Álvarez dijo:
1
8 de marzo de 2021
16:32:14
Maira Pupo Cutiño dijo:
2
9 de marzo de 2021
09:38:04
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