Había recorrido el agromercado y varios puntos de venta de la agricultura urbana de la ciudad, y nada. Hizo el intento con cuantos vendedores ambulantes encontró a su paso, y no hubo arreglo. Su suerte no fue mejor cuando regresó a la placita próxima a donde vive.
Fue allí donde Yixer Hartman, quien procuraba la dieta del día para su familia, tuvo que comprar el abuso: tres aguacates pequeños, dos boniatos medianos y seis naranjas raquíticas. Cargó con ellos y una tonelada de indignación: «¡46 pesos por eso que usted ve ahí!».
No es único ni casual el enojo de esta mujer. Por ser cubana y vivir insumisa en su Isla, junto a más de 11 millones, ella enfrenta el rigor de un bloqueo que cada semana da vueltas de tuerca. A esa diabólica práctica se suma la coyuntura pandémica que le ha succionado más de mil millones de pesos a las menguadas arcas de Cuba y le ha restringido actividades económicas como el turismo.
Pero las dificultades inéditas creadas por el bloqueo, la pandemia y los eventos meteorológicos, lejos de justificar hacen más reprochable el oportunismo de quienes inflan sus billeteras en el día a día, a costa de la estrechez que vive el país.
Un rebrote de «precios cósmicos» golpea de nuevo a la familia cubana. Dosis de insensibilidad y arribismo fertilizan a ese pernicioso fenómeno, salpicado por la indolencia y el descontrol. Cuando uno lo ve así, desafiante, piensa en las estructuras e instituciones que tienen la responsabilidad de enfrentarlo.
Y también acude a la mente la figura del inspector, y la duda de la efectividad de este funcionario en el desempeño de su labor, cuya naturaleza se infiere del propio vocablo: inspector, y de sus sinónimos, que van desde supervisor hasta detective, sin que en este caso hagan falta los Sherlock Holmes, pues, en la novela cubana de los precios adulterados, los pillos ni siquiera se esconden.
Bien lo saben quienes acuden a diario a mercados, placitas, puntos de venta y otros establecimientos –privados y estatales–. En no pocos de ellos están esos personajes a los que el vicepresidente de la República, Salvador Valdés Mesa, los denominó como lo que son: «pillos, que siempre tratan de sacar la mejor tajada».
En ese sentido, se está violando lo establecido en el comercio minorista, advirtió el dirigente, y exigió elevar el control popular y las acciones de fiscalización: «una tarea que corresponde al Gobierno, no puede quedar a la espontaneidad».
Que no existen razones para elevar los precios, Valdés Mesa lo dejó claro, «no le hemos incrementado ni un centavo en impuestos a los que prestan servicios. Y ellos son parte de la familia cubana, que recibe atenciones gratuitas, incluidas las de Salud. No podemos permitir precios abusivos; hay que reunirse con toda la cadena de comercialización... A eso hay que ponerle coto».
Buena falta que hace, porque hay gente que tiene el corazón en la billetera. Pillos que se frotan las manos detrás de los mostradores y, ante los cambios que se avizoran, hasta ensayan sus nuevas tarifas.
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