ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Pepito Tey sintió que tenía el deber de cubrir con su cuerpo a sus compañeros. Foto: Archivo de Granma

Ya en Santiago, me puse a las órdenes de Frank otra vez y comenzamos a trabajar rápidamente. Yo no tenía mucha idea de lo que iba a ocurrir, sabía de un desembarco, pero más nada. Ya Fidel había dicho: «En el 56 seremos libres o seremos mártires».

En casa teníamos un jeep y una máquina que yo manejaba, y los utilizábamos para ir a hacer las prácticas de tiro, que hacíamos con tres o cuatro balitas, una para cada fusil porque teníamos tres fusiles. Hacíamos las prácticas en una finca cerca de San Luis, y allí mismo escondíamos las armas.

Mientras Frank tuvo el Estado Mayor en mi casa, yo era la que hacía los contactos por teléfono, y lo hacía con el nombre de Alicia.

Hicimos conexiones con varios médicos, enfermeras, organizamos cursos de primeros auxilios para un grupo de muchachas y pedimos casas a diferentes personas. A estos sitios les llamábamos «los botiquines». En cada uno habría un médico, un enfermero o una enfermera y mi grupo de muchachas de las que habían pasado los cursos de primeros auxilios.

A principios de noviembre se les entregaron las armas a los grupos más aguerridos, como el de Pepito Tey. Otros grupos recibieron su armamento pocos días antes de la acción y en algunos casos el día anterior.

El día 23 de noviembre se dio la orden a los jefes de grupo que participarían en la acción, de estudiar y rendir informe del objetivo militar que les correspondía. Tres días más tarde, la dirección del Movimiento decidió que los puntos fundamentales serían: la Policía Nacional y el cuartel Moncada.

***

En la mañana del 29 Frank habló conmigo y me explicó que ya había salido el barco, y eso quería decir que debíamos tener todo listo para la madrugada del 30. Yo tenía que hacer muchas cosas, tenía incluso que dar todas las direcciones de los botiquines a todos los grupos de acción. Bueno, aquello fue un corre corre tremendo, hubo que preparar todas las cosas en el último momento, pero el secreto se guardó rigurosamente todo el tiempo hasta el momento mismo de la acción. A todo el mundo se le había planteado que eso era una prueba, es decir, que se iba a dar una alarma falsa para probar a la gente. Así se hizo, y a las seis de la mañana se le dijo a todo el mundo: «Bueno, esto no es prueba, ya salió el barco y debe llegar hoy».

Era la primera vez que se veía el uniforme verde olivo en las calles, este fue un hecho de gran trascendencia que levantó mucho la moral de los compañeros y del pueblo en general.

A las siete de la mañana del día 30 de noviembre comenzaron las acciones. Pepito Tey, al pasar frente a la casa con sus compañeros en un carro repleto, con las armas en alto y uniforme verde olivo nos vio, hizo el saludo militar y gritó: «¡Viva Cuba Libre!».

El bombardeo al cuartel Moncada era la acción inicial, la que falló al ser hechos prisioneros Léster Rodríguez y Josué País, que eran los encargados de disparar el mortero. Esto creó cierta confusión, no obstante se llevaron a cabo las acciones preparadas. Minutos después de las siete de la mañana, el comando que realizaría la acción del asalto a la ferretería Marcé cumplía exitosamente su misión.

El asalto a la Policía Marítima duró aproximadamente dos horas, la acción fue exitosa, fueron ocupadas 37 armas largas, entre otros avituallamientos, el edificio fue tomado por los jóvenes revolucionarios, pero con la llegada de refuerzos del ejército tuvieron que retirarse.

La acción de la Policía Nacional fue la más difícil y dejó un saldo doloroso para el Movimiento al caer tres valerosos combatientes: Pepito Tey, Tony Alomá y Otto Parellada.

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Yo creo que Pepito Tey pensó que iba a morir en la acción del 30 de noviembre, y en realidad se arriesgó mucho, quizás porque siendo jefe del grupo sintió que tenía el deber de cubrir con su cuerpo a los demás; se quedó parado allí. Él sabía que era una posición arriesgada, un ataque difícil, y aunque se realizó con éxito, él pensó que no era fácil que saliera con vida de aquello. Incluso se despidió de los compañeros aquella noche; les dijo que lo único que quería era que le pusieran una rosa blanca. A mí me llamó a las siete de la mañana y me dio un recado para Frank, pero era un poco para despedirse de todos porque iba a morir, pero estaba convencido de que la acción era necesaria.

Histéricos estaban los soldados que al otro día cruzaron con una ráfaga de ametralladora todo el frente acristalado de la funeraria cuando velábamos a Pepito. Armando, Yeyé (Haydée Santamaría)  y yo nos cuadramos saludando militarmente cuando salió el carro mortuorio.

Durante todo el día se mantuvieron francotiradores hostigando a las fuerzas de la tiranía, aunque ya no había posibilidades de mantenerse en las calles...

Mientras, se empezó a plantear que estaban rodeando la casa. Salí a la casa que estaba detrás, que era de un médico que conocía, porque yo sabía que esa casa tenía un cielorraso grande, de madera, y quería meter allí las armas que teníamos, los uniformes y las cosas, para no perder nada cuando nos fuéramos. Se lo propuse a Frank y me fui a la casa esa. Claro, al estar fuera me di cuenta de que no estábamos rodeados, pero los compañeros que iban llegando pensaban que los venían siguiendo, con mucha lógica, porque en definitiva, como a las dos horas, así fue, comenzaron a rodearla, pero yo no quería irme sin meter las armas en la casa de al lado.

Entonces llegué allí y le dije a la familia: «Váyanse para la casa de enfrente ahora mismo, porque va a pasar por aquí todo el mundo, y los van a acusar a ustedes después». Y se fueron corriendo todos para la casa del frente, aterrados, hasta en bata de casa. Cuando vuelvo para buscar las armas, se había ido todo el mundo; Frank había dejado dicho con Armando y Haydée que me fuera, había planteado que ya no había objeto de mantenerse en la casa, que se fuera cada uno para su lugar, pero muchísimas cosas se quedaron allí.

Armando y Yeyé me decían: «Frank dio la orden de que te fueras enseguida», y yo inventé que se me había quedado la cartera con la cartera dactilar. Entonces Haydée y yo subimos otra vez a la casa.

El claro amanecer del 30 de noviembre no podrá borrarse jamás de la memoria de los que tuvimos la dicha y la honra de participar en aquellos hechos. Recuerdo vívidamente cada uno de los pensamientos que bullían en mi mente; la preocupación y ansiedad por Fidel y los compañeros que creíamos arribando a nuestras costas, el cuidado por cumplir eficientemente las misiones a mí encomendadas por Frank y, sobre todo, la intensa emoción que nos embargaba, genuina euforia motivada por saber que aquel día podíamos ofrendar la vida a la Patria.

***

Era 1ro. de diciembre, y aún no sabíamos de Fidel, no cesaba la honda preocupación que desde el día antes nos martillaba. La idea de Frank era que, al terminar las acciones principales del 30 de noviembre y regresar sus participantes, nos fuéramos para la Sierra. Había parqueado un camión en el garaje del Estado Mayor y nos había advertido a Yeyé y a mí que lleváramos pantalones largos y zapatos cómodos.

Se había dado la orden de que todo el que se quedara regado tratara al otro día de hacer contacto conmigo en mi casa. Fuimos a casa de Agustín Navarrete, y se habían llevado a toda la familia presa. Fuimos a otros lugares, no encontramos a la gente...

Los días que mediaron desde el desembarco del Granma hasta que supimos de Fidel, fueron angustiosos e inquietantes, circulaban noticias de la muerte de los expedicionarios, incluidos el Jefe de la Revolución.

En los días siguientes, Haydée y yo estuvimos recogiendo las armas que habían quedado en dos o tres casas, hicimos contacto con los compañeros que se hallaban ocultos, se volvieron a integrar los grupos de acción y Frank comenzó inmediatamente a dar orientaciones. Al segundo día, se supo ya que Fidel había desembarcado, aquello nos alentó aún más; se decía que lo habían matado y, aunque pensábamos que no era cierto, siempre quedaba la preocupación de una posibilidad... Fueron días difíciles aquellos... Alrededor del día 20 tuvimos por fin contacto.

Vino un campesino de la zona a avisarnos que Fidel estaba vivo, y esto confirmó nuestra seguridad, porque estábamos seguros de que todas aquellas bolas de que lo habían matado eran mentiras. Al propio tiempo se comunicó que iba a bajar uno de los compañeros. Resultó ser Faustino, quien llegó el día 24 de diciembre...

El encuentro con Faustino fue extraordinario. Salíamos hacia Boniato, cuando vemos por la calle a un hombre flaco que venía subiendo. Y en plena calle lo cargamos en peso y lo llevamos así hasta mi casa. «Creo que estoy muerto», decía. Traía mucha hambre y se le mataron unos pollos de cría que tenía mi mamá. Él comía, comía, mientras decía: «Esto es un hambre orgánica». Entonces nos lo llevamos para una casa de mi familia que había en las afueras. Faustino se sorprendió porque cada vez que pasábamos por las postas registraban a todo el mundo; le tocaban las piernas a Frank y no se daban cuenta de quién era, pasábamos por las postas, nos registraban a todos...

(Testimonio tomado del libro Vilma, una vida extraordinaria).

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