ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Pastor Batista

Al suroeste de Manzanillo, recostado a una ladera que baja al mar, el ingenio La Demajagua jamás había recibido tanta gente como aquella que desde el día anterior, 9 de octubre, repletaba sus predios.
Afirmada en sus horcones de jiquí desde ocho años atrás, la hermosa campana del ingenio no había dejado nunca de sonar al alba, con toques suaves en intervalos cortos que llamaban al trabajo; pero aquel 10 de octubre de 1868 el badajo estuvo quieto hasta cerca de las diez de la mañana, cuando el ruido del metal se oyó distinto al pedir el silencio, la atención del medio millar de hombres en pie frente al caudillo bayamés.
«Ciudadanos…», empezó Céspedes, y con la carga inédita de aquella forma de nombrarlos a todos, incluso a sus esclavos, comenzó también una Revolución.
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Cuando la histórica campana tocó la última vez en Santiago de Cuba, el 10 de octubre del 2017, César Martín García alzó el mentón y giró la cabeza en la dirección del repique.
Sentado en las filas primeras de invitados a la apertura solemne de la Senda de los Padres Fundadores de la Nación, en Santa Ifigenia, se orientó por el sonido, como hace quien ya no ve con la luz de sus ojos.
Buscó profundamente emocionado a aquella que reconocía mejor que nadie, pues desde Céspedes a hoy, ninguno como él –31 años director del Parque Nacional La Demajagua– estuvo tanto tiempo junto a ella, ni la tuvo como joya más preciada.
«Tiene una grieta a la izquierda. Si el badajo choca allí, suena seco. Si la tocan transversal, entonces vibra bien. La reconozco donde sea». Y así, llevado por su memoria extraordinaria a un relato en detalles y cronología perfecta, narra como quien cuenta la vida de una celebridad.
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«Fundida en 1859 en Normandía, Francia, fue trasladada a Cuba al año siguiente. De bronce, con badajo interior de hierro (porque el bronce contra el bronce no suena igual), la campana pesa exactamente 204 libras y media.
«Encargada por Francisco Javier de Céspedes, hermano del Padre de la Patria y poseedor de un ingenio que todavía pagaba a la firma Venecia-Rodríguez, llevaba ya seis años instalada en La Demajagua cuando el patricio Carlos Manuel asumió la hipoteca de la fábrica.
«Aún lejos de convertirse en símbolo, tenía tres funciones básicas. La primera, llamar al trabajo y marcar los cuartos –cada 15 minutos– de las jornadas cortas de 12 horas, y largas de 14. La segunda y tercera funciones eran de auxilio, toques ininterrumpidos ante la fuga de esclavos o incendios de algún cañaveral», detalla César.
Después del tañir del 10 de octubre, colgó en sus jiquíes originales hasta la tarde del 17 siguiente, sábado, cuando los cañonazos del Neptuno, fondeado en la ensenada, la derribaron sobre los escombros en que la rabia y la impotencia española convirtieron al ingenio La Demajagua.
Cuenta César que allí permaneció hasta enero de 1869, cuando Francisco Venecia Pedraja, –de la firma a la cual Céspedes debía todavía plazos de pago por la hipoteca– y Fernando Palma y Formén –apoderado de la compañía–, acudieron al lugar acompañados por el juez militar de Manzanillo para ejecutar un embargo judicial de los bienes del prócer allí.
Azorados por la destrucción encontrada, Venecia Pedraja ordenó trasladar los hierros a una segunda propiedad ubicada en La Esperanza de Caño Adentro, en el lado opuesto de Manzanillo; en cuyo barracón de esclavos, al centro, indicó sepultar la campana; más que consciente del símbolo, temeroso de los ánimos que podría inspirar.

EN EL NUEVO SIGLO
Casi 32 años permaneció bajo tierra el ícono bronceado de las gestas independentistas, hasta que el 8 de octubre de 1900, Venecia Pedraja decide revelar la información al distinguido veterano puertorriqueño Modesto Arquímedes Tirado Avilés, quien había sido Comandante del Ejército Libertador, ayudante de campo del General José Maceo, y entonces elegido primer alcalde de la ciudad de Manzanillo.
«Modesto Tirado lo informa de inmediato al Mayor General Bartolomé Masó, quien se encontraba en el Ayuntamiento de la ciudad, y este ordena formar una comisión para el rescate urgente de la campana».
Exactamente el 10 de octubre se excava en Caño Adentro, se encuentra, se pule y se traslada al edificio del gobierno local, donde es colocada adjunta a la tribuna, para que presida las sesiones a las cuales eran invitados los veteranos de guerra.
A su pequeña, pero honradísima ara regresó siempre que se desmontó, generalmente en torno a los aniversarios del octubre levantisco; siempre con autorización expresa del ayuntamiento manzanillero.
Sin embargo, es 1947 el año en que protagoniza la historia más movida. Fieles a su herencia revolucionaria, los patriotas del ayuntamiento aceptaron por un lado la petición de la logia masónica santiaguera «El gran oriente de Cuba y Las Antillas» –madre fundadora de la Buena Fe, de Manzanillo, en que Céspedes se tituló Venerable Maestro–, y por otro negaron rotundamente la solicitud de la comitiva encabezada por Alejo Cossío del Pino, ministro de Gobierno de Grau, para llevarla a La Habana como apoyo de actos politiqueros y demagogos.  
Enterado del vergonzoso pedido, un joven de 21 años, alumno de Derecho en la Universidad de La Habana, recaba el permiso del presidente de la feu en el foro capitalino y se dirige a Manzanillo a solicitar la campana para un homenaje estudiantil que limpie la afrenta a que pretendieron exponerla los gobernantes de turno. Fidel Castro llegó a la ciudad del Golfo de Guacanayabo en la mañana del 1ro. de noviembre.
Fervorosas y elocuentes en grado sumo debieron ser las palabras del letrado en formación, cuando en la tarde del propio día la campana bajaba sobre hombros la escalera del Ayuntamiento, era montada en un carro de bomberos hasta el ferrocarril, y luego, custodiada además por miembros del gobierno local, partió en el coche-dormitorio del tren.
Recibida el 3 de noviembre con grandes demostraciones públicas de los estudiantes, la peregrinación la llevó al Alma Máter, donde tuvo guardia de honor hasta la madrugada del día 6, en que una banda del gánster Eufemio Fernández la secuestró a punta de pistola.
«Al amanecer, llegada la información, Manzanillo se declaró ciudad en luto, mientras La Habana era vuelta de revés en la búsqueda urgente. Tanto fue el asedio sobre los bandidos, que abandonaron la campana en el portal del General Enrique Loynaz del Castillo, quien la recogió y llevó al Palacio Presidencial».
César Martín narra las horas siguientes desde la altura firme de Fidel. Dice que Loynaz, Grau y él se vieron en Palacio. El primero, conocedor de su estancia reciente en la logia santiaguera, propuso llevarla allá; Grau, que quedara honrando el Capitolio, y Fidel, que ninguna de las dos. Fue un préstamo de los manzanilleros y a ellos volvería.
El historiador se deleita: «Grande Fidel. Qué presión habrá puesto sobre el mandatario para que el día 12 se dispusiera una avioneta al servicio del retorno y la custodia de un grupo de altos oficiales. El joven atravesó la campana con una cinta de Mayor General, prohibió que los militares la tocaran con las manos desnudas, los hizo llevar guantes blancos, y en las fotos de la prensa manzanillera se pueden ver todavía los dos bombarderos que vigilaron la ruta completa de la nave».

LOS TOQUES URGENTES
En el año del centenario, con los planos casi listos de lo que sería el Parque Nacional La Demajagua, el arquitecto y proyectista Fernando López plantea a Celia Sánchez la posibilidad de trasladar allí la campana.
Ella lo da por hecho, y cuando el 30 de agosto de 1968 concluye la construcción del monumento, dos meses y nueve días después de iniciada, el ícono libertario era fijado allí de un modo que parecía inamovible, refulgiendo al sol de las mañanas y los atardeceres.
«Difícil, muy difícil, fue encontrar la forma de bajarla de su altar cuando la dirección de la Revolución la solicitó para presidir el 5to. Congreso de la ujc, en abril de 1987. Sin destruir nada de la estructura monumental, cortamos las sujeciones de metal y diseñamos un mecanismo pasante que permitiera bajarla después, con menos dificultad.
«Siempre hubo un porqué para usarla, como en el 4to. Congreso del Partido, de 1991, en Santiago de Cuba. Fidel usó el tañido como clamor de unidad y resistencia».
El 24 de febrero de 1995 presidió también una sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular, para conmemorar el centenario del reinicio de las guerras de independencia, y no volvió a bajar de su balcón con vistas al mar y al jagüey, sino hasta el pasado año, en que otra vez acompañó al Padre Céspedes, cuando sus restos mortales, y de la Madre Mariana, fueron sembrados a la vera de Fidel y del Apóstol.
El silencio breve delata el trago en seco de César, al recordar el último repique. Aguarda con notable ansiedad el instante del sesquicentenario en que, seguramente, la escuchará otra vez.
¡Es ella!, dirá quizá, para sí, y querrá repetir la respuesta que dio a un músico eminente, cuando este sugirió repararle la grieta. «No sería ya la nuestra. No sonaría igual su música. Es imposible quitar las arrugas a un viejo. Cuentan su historia».

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