ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Sucedió una tarde cualquiera de un mes cualquiera en un aula cualquiera de la Universidad de Matanzas.

La profesora estaba muy entusiasmada en su turno de clases y a mí la digestión empezaba a llevarme hasta los brazos de Morfeo. Mi subconsciente sabe que por pena, por ser pocas personas en el aula y no tener detrás de quién ocultarme, no debo dormirme en clases. Entonces me deja en un limbo existencial, donde la profesora se mueve por toda el aula, habla, hace preguntas y yo no estoy ahí.

Y en ese estado grandioso de despiste y sueño, escuché unas voces a coro y unos aplausos. Desperté, me estrujé los ojos y agucé el oído. «No estoy loca», pensé.

Otra vez las voces. «Sigues estando cuerda», repitió mi yo interior.

–Rachel, ¿tú oyes las voces?,  le dije bajito.

–¿Qué voces, niña?

–Mija, las que gritan algo a coro y unos aplausos. Afina bien el oído, expliqué en voz baja, evitando un caos en el turno vespertino de clases.

–Claudia, despierta, no hay voces, dijo, intentando que no insistiera una vez más.

Rasgué un trozo de papel y se lo hice llegar a Arletis, en la mesa de al lado. «¿Tú también oyes las voces?». Rió con los ojos e hizo una mueca con la boca. «¿De dónde tú sacas eso?», escribió al dorso.

He de confesar que fueron varios días a la semana, en los turnos de las 2:30 p.m. que yo escuchaba las voces. Mis amigas sugirieron que me viera un otorrino –además de miope, sorda–.

Alguien aludió que estaba escuchando voces del más allá y otros pensaban que me dormía con los ojos abiertos.

Hasta que una tarde, después de tanto preguntar, Arletis las escuchó. No estaba loca, un grupo de personas coreaba algo y aplaudía.

Ese día, al salir, nos cruzamos con un grupo de cadetes que venían de ensayar una marcha.

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