ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
«La necesidad ha sido siempre líder oculto de todas las revoluciones y, como siempre, ella ha sido  quien  ha  movilizado  a  los  campesinos  del  Realengo  18  a  una  lucha  por  la  posesión  de  la tierra, su único patrimonio», escribió Pablo. foto: archivo de Granma

EL ESCENARIO

El que quiera conocer otro país, sin ir al extranjero, que se vaya a Oriente; que se vaya a las montañas  de  Oriente  donde  está  el  Realengo  18  y  en  donde  se  extienden  otros,  como  el  de Macurijes,  el  de Caujerí, El  Vínculo,  el  Bacuney, Zarza, Picada, Palmiján  y algunos  más. Que se vaya a Oriente, a las montañas de Oriente. El que quiera conocer otro país. Que monte en una mula pequeña y de cascos firmes y se adentre por los montes donde la luz es poca a las tres de la tarde y  los ríos, de precipitado correr, se deslizan claros por  el fondo  de  los barrancos, con las aguas frías como si vinieran del monte.

Allí  encontrará  no  solo  una  naturaleza  distinta,  sino  también  costumbres  diferentes  y  hasta hombres con sentido diverso de la vida.
Y, aunque acaso a un occidental no le sea grato, encontrará también el orgullo de una historia considerada como propia; la satisfacción de que no haya río por el que no hubiera corrido sangre mambí, ni monte donde no pueda encontrarse el esqueleto de algún héroe. (...)

TIERRA O SANGRE
Los campesinos del Realengo 18 que tanta nombradía han merecido alcanzar con su protesta rotunda y viril ante las ansias geofásicas de compañías de nativos y extranjeros, han celebrado durante  tres  días,  con  un  son  interminable,  unas  cuantas  botellas  de  ron  y  unos  cuantos «machos» y chivos asados, la tregua de un año ofrecida por el Gobierno y el coronel Fulgencio Batista,  por  boca  del  gobernador  de  Oriente,  doctor  Ángel  Pérez  André  en  la  Asamblea celebrada en Lima, al lado del río Jaimo, de aguas frías como si saliera de un refrigerador. Cerca de  mil agrarios bajaron  de las  montañas para participar de la Asamblea  y allí  desde temprano, aguardaron  la  llegada del Gobernador, que tuvo que demorarse a causa del entierro del  mayor general Capote, verificado en Bayamo el mismo día.

Ante la Asamblea, el doctor Pérez André celebró un cambio de impresiones con la Directiva de la «Asociación de Productores Agrícolas del Realengo 18 y colindantes» y en ella le dirigió la palabra Lino Álvarez, el Presidente, hombre  de singular personalidad,  de  quien  hablaré  más adelante con  detenimiento.  Le  habló  con  la  energía  que  le  ha  valido  la  real  jefatura  del Realengo. Y sobre lo que le dijo, como sucede con las cosas de los individuos de personalidad, existe  ya la leyenda  y  la  historia (...). Baste con decir  ahora,  que  Lino Álvarez le aseguró al Gobernador que ellos no querían guerra ninguna; que lo que querían era la tierra,  solamente  la  tierra,  que  era  suya  porque  la  habían  conquistado  para  la  República  y  la República se la debía (...).

Con esa esperanza, los hombres del Realengo, que son hombres de trabajo y no de guerra, y que  llevaban  varios  meses  sin  trabajo,  partieron  hacia  las  montañas  entre  cantos,  décimas  y rasgueos de «tres» y golpes de bongó, a divertirse un rato después de tanta espera. (...)

De los labios del propio Lino Álvarez recogí la historia íntegra de las luchas por la posesión del  Realengo  18;  su  aporte  personal  a  las  mismas;  el  relato  de  las  celadas  que  le  han  tendido; todo el proceso de leguleyerías al que se han prestado desde el Juzgado de Guantánamo hasta el Tribunal Supremo;  el  deseo ferviente  de  ellos  de acogerse a la justicia  y a la  decisión final de hacerse la justicia ellos mismos, porque como dice él mismo, con maravillosa certeza, ellos no le deben esa tierra más que al Estado y el Estado son ellos (...).

De sus labios recogí también acusaciones concretas contra las empresas imperialistas que los han cercado y contra los individuos –no tan extranjeros– que han servido de testaferros a esas patrañas. (...)

A LAS ÓRDENES DE JOSÉ MACEO
 Hoy  Lino  Álvarez  tiene  57  años,  y  es  un  negro  bien  negro,  de  pequeña  estatura,  pero  bien musculado,  fuerte;  y  tiene  los  ojos  silenciosos  y  profundamente  oscuros.  Habla  con  lentitud, como el hombre a quien no le gusta rectificar. Y nunca ha estudiado. Su firma, que aprendió a trazar  no  hace  mucho,  se  enreda  como  un  bejuco  del  monte. (...)

Cuando  Lino  Álvarez  tenía  18  años,  vino  la  revolución  y  se  fue  a  ella,  incorporándose  en Morón  de  Oriente  el  13  de  mayo  de  1895,  al  Regimiento  Moncada  que  mandaba  entonces  el Coronel  No  me  Friegues...  Pronto  pasó  a  las  órdenes  de  José  Maceo  y  peleó  en  El  Triunfo, Sabana,  Hato  del  Medio,  Dos  Caminos  de  San  Luis,  Jiguaní,  Cascorro  y  otros  combates  hasta que  murió aquel león,  enamorado del  machete, y  entonces se puso bajo  las órdenes  de Calixto García, combatiendo en las Yerbas de Guinea. Y en todos los tres años de guerra no recibió una sola herida, terminando la campaña con el grado de teniente.

De  estos  recuerdos  de  «tres  años  haciendo  patria»,  Lino  ha  sacado  estas  conclusiones: «No han hecho más que política con nosotros (...) Y ya no tenemos fe en los ofrecimientos de los gobernantes,  porque  hasta  estas  tierras  que  conquistamos  nosotros,  los  extranjeros  nos  las quieren arrebatar en complicidad con los gobiernos (...)Pero aquí habrá que venir a buscarnos a la Sierra (...)».

Después de la lucha por la libertad, Lino Álvarez solo peleó en La Chambelona (...).

EL QUIMBUELERO DE ALMEYDA

Cuando vino la paz, Lino, que era un hombre de campo, volvió al campo. Se consiguió unos bueyes, unos  quimbuelos  y unas carretas y  empezó a tirar caña para los ingenios  en  la zafra y madera para las líneas en el tiempo muerto. Y como los tiempos fueron buenos y él trabajaba de sol  a  sol,  fue  reuniendo  bueyes  y  carretas  y  quimbuelos  y  dinero  y  llegó  a  tener  varias  yuntas magníficas  y  unos  cuantos  miles  de pesos.  Por  este  tiempo  fue  que  Lino  Álvarez  llegó  a  ser quimbuelero  de  Almeyda,  de  Federico  Almeyda,  el  isleño  avaricioso  que  reunió  tierras  y amontonó millones en la provincia de Oriente.

Pero  allá,  por  el  año  1920  más  o  menos,  Federico  Almeyda,  que  había  extendido  sus tentáculos  hacia  las  tierras  del  Realengo  y  colindantes,  por  medio  de  uno  de  sus  altos empleados,  Manuel  Delgado,  le  trasmitió  la  orden  de  que  notificara  a  los  vecinos  que  fueran desalojando aquellos montes (...).

Entonces Lino Álvarez partió para el Realengo y dio comienzo a la lucha que le costó su dinero, sus  bueyes,  sus  carretas  y  sus  quimbuelos,  aparte  de  tres  balazos,  pero  que  le  ha  dado  la oportunidad para figurar acaso con desusada brillantez, en las páginas de la historia de Cuba. Porque en las luchas del Realengo 18, de las cuales él es el máximo sostén, no hay otra cosa que  la  rebelión  campesina,  la  revolución  agraria  que  comienza  a  germinar  y  que  habrá  de arrancar algún día a los «propietarios» las tierras obtenidas «legalmente», para la explotación de los hombres.

HOMBRES DE LEYES Y HOMBRES DE GUERRA

 Lino  Álvarez,  en  las  luchas  por  obtener  la  libre  posesión  de  las  tierras  del  Realengo  18  y colindantes para los campesinos que las trabajan y viven de ellas, ha demostrado ser, a la par, un «hombre de leyes y un hombre de guerra». Conocedor instintivo de todas las triquiñuelas de la ley  y –sobre todo– de  los leguleyos, no vaciló  en  entablar la batalla por la vía legal. (...) En cambio, de Luis Echeverría, Presidente de la Audiencia de Oriente, a quien llaman «el hombre bueno de Almeyda», solo hablan despectivamente, por considerarlo el mejor servidor de las empresas latifundistas de la provincia. (...)

¡Un año, él y José Pradas recibieron 244 citaciones para declarar! (...) ¡En solo un año! Pero  como  las  luchas  legales  eran rotas a trechos  por  las  incursiones  violentas de las compañías,  entonces  aparecía  en  Lino  el  «hombre  de  guerra» y fue  él  quien,  al  mando  de los realenguistas,  se  apareció en las trochas comenzadas,  a  encararse con  los  ingenieros  y  los soldados  para  impedirles,  por  la  fuerza  si  era  necesario,  la  continuación  de los  trabajos.  Estos son los momentos dramáticos de la lucha por la tierra. Fue el 3 de agosto cuando en el Charco de  los  Palos,  en  el  lindero  de  Macurijes,  160  hombres  con  sus  machetes  le  notificaron  al ingeniero Félix Barrera que no podía continuar la trocha de los deslindes.

Y el 20 de octubre en El  Saíto  vino  el  primer  choque  con  las  fuerzas  del  cabo  Danger,  a  las  que  impidieron  los montunos  continuar  la  marcha;  y  a  los  tres  días  después  vino  el  choque,  que  no  terminó sangrientamente,  porque  los  soldados  comprendieron  que  iban  a  ser  aplastados.  Este  es  el clímax de la lucha de la que seguiré dando cuenta lo más exacta posible. De la lucha que desde aquel día tiene por lema Tierra o sangre.

El autor de este texto fue Periodista, escritor y revolucionario cubano (Puerto Rico, 1901-España, 1936)

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Roberto dijo:

1

17 de mayo de 2018

08:06:03


Sirva este artículo como recordatorio, para las nuevas generaciones, de las luchas campesina por su DERECHO a las tierras que trabajaban y que eran la base de su sustento. Que distinto es hoy, donde el estado entrega las tierras en usufructo a todo aquel que desee trabajarla y aportar a la seguridad alimentaria del pueblo.

Miguel Angel dijo:

2

18 de mayo de 2018

08:37:04


Así era la vida miserable del campesinado cubano, a quien la Revolución le cambió radicalmente sus oprobiosas condiciones de vida y de trabajo, brindándoles mucha dignidad. Para no olvidar, pues los campesinos tienen una gran deuda de gratitud con la Revolución. Esta crónica de Pablo de la Torriente Brau, quien además de lo expresado en el presente trabajo fue uno de los miles de internacionalistas cubanos que participaron en defensa de la República española, cayendo en combate en Majadahonda España, el 19 de diciembre de 1936 (se cumplirán 82 años de su caída en combate), expone de manera brillante lo ocurrido en Realengo 18. Recordar que este heroico hecho de los campesinos orientales quedó testimoniado en una excelente novela televisiva cubana titulada "Tierra o Sangre" (1973), con el papel protagónico de Mario Limonta como Villo Casanova y el fallecido Carlos Gilí. No podemos permitir que tal ignominiosa situación, presente en muchos países de nuestra región, se repitan otra vez en Cuba.