ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Arnaldo Santos

En las últimas horas, la muerte de Luis Báez ha estado presente en nuestros medios de prensa, en sus compañeros de profesión y especialmente en sus lectores. Para mencionar su principal característica nada mejor que una definición de otro de los grandes del periodismo cubano, el desaparecido Félix Olivera: “El buen reportero —solía decir— debe ser capaz de llegar al lugar del crimen antes que el asesino”. Luis Báez fue uno de esos sagaces recolectores de noticias, la materia prima fundamental con la cual los diarios construyen sus ediciones cotidianas.

Fue una máquina de recopilar información, cualquiera que pudiera serle útil en su camino hacia la conquista de la primicia, reflejada desde el mejor de todos los ángulos; o sea, desde adentro. Comprendió, como pocos, que el trabajo no acaba con el punto final de la nota; que aquellos datos, personajes, testimonios y detalles curiosos, imposibles de incluir en la premura y rigidez de un despacho de agencia o una reseña periodística, son tesoros cuyo valor el tiempo acrecienta. Los libros de Luis Báez, siempre agotados a poco de ver la luz, son una especie de caja de sorpresas cuyo resorte el autor liberaba para asombrar a sus lectores con las maravillas de una historia humana de gran interés.

A Luis lo conocí a mediados de los sesenta en la redacción del periódico Granma, era joven y entregado a un periodismo de nuevo tipo, en el que coincidían colegas que habían ejercido el oficio antes de 1959 —él era uno de ellos—, los que se desempeñaron en las publicaciones clandestinas y los de nueva generación, que mientras trabajan empezaban a prepararse en la Universidad. Su nombre estaba siempre relacionado con las coberturas de primera magnitud, en especial las de acontecimientos extraordinarios y los viajes al exterior del Comandante en Jefe Fidel Castro.

Fueron decenas de jefes de Estado y grandes personalidades de renombre a quienes entrevistó, siempre poniendo de manifiesto su extraordinaria capacidad de ponerse en el lugar del lector, haciendo las preguntas que este haría para obtener la respuesta necesitada. A esta particularidad profesional fue fiel hasta sus últimas consecuencias, sin renunciar nunca al papel que le tocó desempeñar como periodista revolucionario, en función de transmitir ideas, conceptos y principios que contribuyeran a formar corrientes de opinión en el mismo sentido de la lucha de nuestro pueblo por la justicia social, la dignidad humana y la solidaridad internacional. En esa senda sobresalió a la hora de exponer el pensamiento y la acción del Comandante en Jefe, cuya figura fue una constante en su obra.

No debemos solo recordar a Luis Báez, debemos imitarlo. Él nos legó el valor de la lealtad a la palabra, a los lectores, a la profesión que honró y a la Revolución que defendió sin descanso hasta el final de sus días.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.