Las crisis económicas han dado lugar a filmes capaces de recordar que de un día para otro el glamour de un falso mundo se puede convertir en el hundimiento de un mundo verdadero. Uno de los más significativos de los últimos tiempos es Jazmín azul (Woddy Allen, 2014), con Cate Blanchett en el papel de una encumbrada de la alta sociedad neoyorquina que, a partir de la debacle bancaria del 2008, pasa a ser una mujer depresiva, vapuleada por las falsedades y el esnobismo.
La dama del filme mexicano en competencia, Las niñas bien (Alejandra Márquez Abella), también carga con el peso de esta historia ambientada en el México del presidente López Portillo (1976-1982), causante, en su última etapa, de un derrumbe monetario que puso de vuelta y media a la llamada clase media alta de ese país.
Excelente actuación de Ilse Salas como la esposa sofisticada que, lejos de cualquier caricatura –y ahí radica la excelencia de su desempeño en un tema ya recurrente–, ayuda a conformar los rasgos de una clase social que tras suponerse en lo más alto de la pirámide social se desinfla y entra en pánico.
Cierto que otras mujeres alrededor de ella danzan por igual en torno a la hoguera de la vanidades que consume sus vidas (mansiones, carros, marcas de perfumes, vestidos que de ningún modo deben repetirse en próximos convites), pero las revelaciones interiores de la protagonista van más allá de lo externo y de la postura chic, harto conocida, y enriquecen el personaje con el mundo paralelo que ella misma se edifica.(Porque además de «todo lo que tiene», incluyendo marido e hijos, la dama se nutre de una ensoñación amorosa con el cantante Julio Iglesias, lo que vendría a ser –canción melosa mediante– la coronación de una vida perfecta en un universo idílico concebido solo para almas superiores).
Es precisamente la sustancia del personaje, y el desempeño de Ilse Salas, lo que otorgan un extra a Las niñas bien y la hace avanzar más allá de un momento, a mitad del metraje, en que el espectador pudiera sentirse capaz de predecir los rumbos de la historia. Crítica social elaborada con elegancia y con más patetismo que sátira, aunque aparezcan frases tan ilustrativas como cuando la protagonista, mexicana ella misma, le pide a sus hijos pequeños, al salir de casa, que no se mezclen con mexicanos.
Atractiva y bien recibida por el público es la cinta argentina en competencia, Acusada (Gonzalo Tobal), thriller policiaco que trata sobre la inocencia, o culpabilidad, de una joven a quien se le acusa de haber asesinado a una amiga.
Convincente la joven Lali Espósito en el papel de una estudiante de clase media de quien sabremos pudo haber tenido un motivo emocional irrefrenable: la víctima colocó en la web un video de la muchacha en plena actividad sexual.
La trama tiene suficientes miradas cambiantes como para que el espectador quede atrapado en las incertidumbres. Películas de tribunales, lo que en el ambiente jurídico se dirime –a ratos con cierto tinte impostado– tiene menos contundencia que el cuadro familiar que arropa a la acusada. La Espósito, no obstante su poca experiencia, transita los estados anímicos más sorprendentes y, a medida que avanza el metraje, la película es todo ella, sin que dejen de resaltar asuntos tan importantes como la función dañina que puede adquirir la red y el papel nefasto de la prensa sensacionalista.
Al contrario de otros filmes manipuladores de la realidad, el director avisa desde el primer momento que su historia no se basa en hechos acontecidos, aunque, según la prensa argentina, hubo un caso en el país que se le parece bastante, incluyendo el entrenamiento por parte de su abogado que recibió la acusada antes de prestar declaraciones, lo cual –en el caso verídico– fue denunciado.
Excelente combinación de los tiempos narrativos, y un símil no logrado en toda su medida –el puma que escapa de una reserva y merodea el pueblo–, son aspectos para no perder de vista en este filme de saldo positivo.
Tres caras, del iraní Jafar Panahi, es uno de los platos fuertes del enjundioso panorama internacional paralelo al Festival de Cine. Guion premiado en Cannes, el realizador hace gala de su fértil imaginación para, con escasos recursos, volver sobre un tema recurrente en su cinematografía: la mujer en sociedad y el peso mutilador que como resultado de un viejo patriarcado se impone sobre ellas, en especial en las zonas rurales.
El mismo director –deudor de la obra de Abbas Kiarostami– es uno de los tres protagonistas, los otros dos son mujeres asumiendo sus propios roles en la vida, la actriz Behnaz Safari, y la joven Marziyeh Rezaei, quien desde una lejana aldea les enviará un video que recoge su ahorcamiento por no haber sido atendidos sus ruegos de ayuda para estudiar actuación. Bajo la incertidumbre de si la muchacha se ha quitado la vida, los dos artistas van en pos de ella. Un viaje en que ficción y documental se aúnan y ofrecen un cuadro social de profunda realidad e interés para el espectador, que hasta el último momento estará esperando un desenlace.










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