Largamente esperado tras aquella entrega de alta visualidad que fue Larga distancia (2010), Esteban Insausti vuelve a demostrar en Club de jazz (2018) que ambientación y fotografía siguen siendo sus niños mimados, en esta ocasión interesado él en recrear en blanco y negro la cara trágica del mundo del jazz.
Los tres cuentos que integran el filme consolidan una sugerente atmósfera vinculada a ese género musical, no obstante estar ubicadas las tres historias en tiempos diferentes y solo la última –Piano solo– en La Habana.
Las dos primeras –Saxo tenor y Contrabajo con arco– «disfrazan» elegantemente las locaciones, de manera de insinuar que los hechos pudieran ocurrir en cualquier escenario internacional, para lo cual se apela, en parte, a los planos cerrados, principalmente en las tomas citadinas.
La envidia es el hilo recurrente que une a cada una de las historias y no es primera vez que este pesar por el bien ajeno sale a relucir en filmes donde el arte y la literatura, en su dimensión de seres creativos, enturbian las relaciones de los artistas. Baste recordar el Amadeus (1984) de Milos Forman y la frase con que el resentido Salieri le reprocha a Dios haberle dado el gusto por la composición, pero no así el talento que le permita sobresalir frente a su rival Mozart.
Una faceta, la de la envidia, con suficientes matices para ofrecer un recital de máscaras sin evidenciar con demasiada premura las intenciones y métodos del que sustenta el avieso sentimiento. O si se opta por ello, impregnarles luego a las historias los giros y sorpresas indispensables que rompan con la nada beneficiosa carga de predicción del relato, recursos que, no obstante su complejidad narrativa, se echan de menos en los tres cuentos de Insausti.
Quizá el tanto reiterarse en la promoción del filme que este trata sobre la envidia, alerte demasiado al espectador acerca de lo que le vendrá encima, y de los juegos malabares indispensables para sortear los caminos trillados consustanciales a las historias tétricas relacionadas con el jazz.
Cuando en los minutos iniciales del primer relato aparece un niño bien, hijo de un maestro de música que es todo un potentado en el pueblo y, en contraste, un niño negro y pobre que también aspira a ganar un concurso que llevará a Nueva York al ganador, el espectador barrunta –sin equivocarse– por dónde se trenzarán las esencias del conflicto.
El personaje del maestro de música (Héctor Noas), que obliga a su hijo a tocar el saxo –cuando el muchacho lo que anhela es la música clásica–, está concebido en el guion de manera aplastante, lo que viene a subrayar los propósitos de moraleja per se de una historia que, sin embargo, concreta con ironía el mejor de los tres finales.
Los dos restantes relatos, principalmente el segundo, se alargan innecesariamente sin poder evadir reincidencias en su dramaturgia que atentan contra las buenas interpretaciones, que no faltan. Contrabajo con arco, referido a la ascensión y caída –drogas y alcohol mediante– de un genio de las cuerdas, se sustenta en un envidioso crítico-ensayista (Mario Guerra) que, como el maestro de música, resulta un personaje de una sola pieza, casi caricaturesco, mientras a la mujer del músico (Claudia Valdés) se le hace repetir escenas de angustias hasta la llegada de un final que, por visto, a nadie sorprende.
Piano... solo trata sobre el desarrollo de un joven talento católico proveniente de un pueblo que, ya en La Habana, se las tiene que ver con un maestro de las teclas capaz de aplaudir a otros, pero no de permitir que le hagan sombras. El personaje del maduro divo (Luis Alberto García) se construye con un rigor que prometía en la consecución del relato, pero el desbarranco existencial del protagonista está algo forzado, así como la implicación religiosa que se le confiere a la historia.
Amparada en una excelente fotografía a dos manos (Ángel Alderete y Alejandro Pérez) que torna el claroscuro en filosofía de una existencia musical, Club de jazz destila una apreciable factura visual, pero tiene su mayor inconveniente en un guion de detectables influencias literarias, necesitado de un toque mágico que le haga ganar en giros y matices y perder en predictibilidad.










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Mario dijo:
1
21 de noviembre de 2018
14:54:33
A. T dijo:
2
22 de enero de 2019
01:00:35
A. T dijo:
3
22 de enero de 2019
12:13:52
Sonia Dopico dijo:
4
9 de mayo de 2024
17:52:06
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