Soy una joven que admiro, disfruto y aprendo de la labor del profesor-psicólogo Manuel Calviño y pertenezco al selecto club de los que pudimos adquirir su libro (que sugiero a todos), homónimo con su excelente programa televisivo. Uno de los Escritos con Psicología que nos presenta el profesor Calviño se titula Estamos en Cuba, pues es esta la respuesta que él recibió o escuchó dar a otros, ante determinadas situaciones. Sin dudas que todos podríamos pensar en que esta es una insustituible respuesta ante alguien que se asombra del calor abrasador de nuestra isla, o de la belleza de nuestros paisajes, o de la sabrosura con que se disfruta aquí un concierto de Van Van, o del fervor con que se defiende en cualquier esquina un equipo de pelota, o de la ciencia que se aplica a un juego de dominó… en fin, por tantas razones podríamos afirmar con orgullo que ¡estamos en Cuba!, pero no es ninguna de estas las razones que describe el profesor, sino situaciones de indisciplinas en nuestro pueblo, tan inexplicables como aborrecibles, ante las cuales apareció la frase como una “justificación”.
Sin dudas, resulta muy doloroso que tengamos que reconocer estos sucesos y muchos estamos haciendo todo y más por desterrarlos de nuestra realidad, pero más doloroso aún resulta cuando se viven experiencias que también podrían haber sido descritas por el profesor. El pasado 8 de mayo, aproximadamente a las seis de la tarde, al regresar de mi trabajo, me dirigí a mi farmacia, que se encuentra en la esquina de las calles Teresa Blanco y Jardín, en Luyanó, en el capitalino municipio de Diez de octubre. Pregunté por el último de una cola de aproximadamente diez personas, me puse a conversar con una amiga que me hacía compañía y tras 20 minutos de espera, ambas nos percatamos de que todavía estaban en el mostrador las personas que compraban cuando llegamos. Hicimos el comentario y uno de los “desesperados” dijo que ya llevaba allí más de media hora. La situación es perfectamente explicable al observar que solo había un dependiente prestando el servicio, mientras la administradora y otra dependienta trabajaban en un buró, al fondo del salón. Sin dudas, un inmejorable ejemplo de organización del trabajo en una institución que existe para atender al público. No pude evitar ir a conversar con la administradora, que me explicó que ella estaba haciendo un arqueo de caja, que era lo que le tocaba en ese momento, “reconoció” que la dependienta debía haberse ido desde las 4:30 y sin embargo todavía estaba allí (no despachando, sino haciendo papeles) y que la que debía acompañar al que despachaba estaba ausente, dejándome muy claro que a mí lo que me tocaba era esperar. Pero todavía no era suficiente: la muchacha que me antecedía en la cola traía un certificado médico para que llenaran su tarjetón y poder comprar su medicamento, pero el joven, único dependiente le dijo (la verdad muy amablemente) que él era nuevo y no sabía hacer eso (ciertamente se le notaba temeroso al hacer los “vales” y le costaba encontrar los medicamentos en los armarios) así que ella tendría que regresar al otro día por la mañana para que la atendieran las que sabían. La muchacha reclamó su derecho, lógicamente por su necesidad de consumir el medicamento, y ante la sugerencia del joven de que viera si la administradora quería hacérselo, esta acudió y asumió el trámite, no sin antes intercambiar comentarios con el público ya exaltado, haciendo gala de una “educación” que no considero necesario describir y dejándonos claro que para ella era muy normal que su trabajador novel no supiera hacer lo que debía saber hacer y que no entendía nuestro estrés.
Inevitablemente muy molesta recibí mi producto y, casi una hora después de haber llegado, me retiré del lugar, a la sazón de los inextinguibles comentarios de mis vecinos que todavía demorarían en ser atendidos. Una vez más la reflexión del profesor Calviño en mi cabeza, para seguir alimentando la voluntad de combatir en todas las trincheras, para que un día, lo que hoy es para algunos una penosa respuesta, se convierta para todos en una incrédula pregunta: ¿estamos en Cuba? Yo también estoy convencida de que vale la pena.
Arait González Noda
Juan Alonso 567 e/ Infanzón y Juan Abreu,
Luyanó, municipio de Diez de octubre



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Jge dijo:
1
20 de junio de 2014
08:40:27
welner dijo:
2
20 de junio de 2014
11:10:32
niba dijo:
3
20 de junio de 2014
12:19:28
Leonid dijo:
4
23 de junio de 2014
06:49:41
ili dijo:
5
23 de septiembre de 2014
14:06:03
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