ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

El miércoles 12 de marzo un grupo numeroso de personas realizábamos, en horas de la tarde, un viaje por carretera en uno de los camiones particulares que prestan este servicio en casi todo el país. Quienes han pasado por esta experiencia saben lo agotador y estresante que resulta.

Esta vez no voy a referirme a las precarias condiciones que muchas veces imperan en este tipo de vehículos, sobre todo el exceso de pasajeros que los convierte en sardinas enlatadas expuestas a sucumbir por estas negligencias, que ya han costado numerosas vidas. Eso nada importa a los propietarios de estos carros ante el afán de obtener mayores ganancias.

Tampoco parece importar mucho a las autoridades encargadas de velar por el cumplimiento de las leyes y regulaciones al respecto, pues en un trayecto de 300 km ninguna vez se vio la actuación de un inspector u otro responsable. El tema ha ocupado muchísimas veces esas páginas, y como dije, no es a lo que quiero referirme.

Cuando transitábamos desde la ciudad de Las Tunas hacia Bayamo, en las inmediaciones del kilómetro 52, junto a la entrada del poblado de Río Cauto, hay un pequeño y rústico puesto de venta. Allí el chofer del carro hizo una breve parada para dejar y recoger pasajeros. En el puesto estaban ofertando, entre otras cosas, pequeños pomos plásticos con agua fría por el precio de un CUP. Algunos de los sedientos viajeros, desde el mismo vehículo como es costumbre en estas peripecias, solicitaron ese servicio. Dos hombres, en ágil y desordenado ir y venir, trataban de vender la mayor cantidad de aquellos recipientes antes de que partiera el carro, a la vez que a gritos impulsaban a las personas para que bebieran de un sorbo el líquido y les devolvieran rápidamente las plásticas, reutilizadas y casi mugrientas minucias.

Una señora, con una niña de apenas un año en su regazo viajaba sentada junto a mí. Ante su petición por el agua traté de ayudarle, pero ya en aquel momento uno de los hombres y la mujer del puesto habían arremetido con improperios contra los viajeros que aún estaban bebiendo el líquido, y el hombre, con una palabrota me devolvió el dinero y se negó a prestar el servicio. Hasta aquí, ese hubiera sido otro de los infelices y amargos sucesos a los que seguramente, los que realizan regularmente estos viajes, ya están acostumbrados, pues hay que ser estoico, paciente y tolerante para aventurarse en esas travesías. Lo lamentable es que no terminó así, aquel hombre irrumpió violentamente dentro del vehículo y, atropellando más que apartando a quienes viajaban de pie en el pasillo, arrebató frenéticamente de sus manos los pomos de quienes aún consumían el agua.
Toda aquella barbarie iba acompañada de las palabrotas más obscenas jamás oídas, gritadas a viva voz. Todos quedamos perplejos e inmovilizados por tan brusca y ofensiva invasión. La señora de la niña comentó su malestar y aquel ¿hombre?, mejor digo aquella cosa enorme y vulgar, desafiante y fuera de control, se viró repentinamente hacia ella y con el gesto más cavernícola y salvaje que pueda uno imaginarse, a la vez que le profería en su cara las frases más crudas y groseras, levantaba y batía en el aire su manota amenazadora, mientras la mujer, atónita, con la pequeña criatura cargada en sus brazos, quedaba paralizada.

Por fin aquel extraño ser abandonó el carro de la misma forma que lo invadió; nada pudo hacerse pues el camión reanudó la marcha y, como suceso itinerante, solo quedaron los comentarios de los pasajeros durante una parte breve del recorrido.

Quise conocer algo de aquella señora que me sirviera de testimonio para este escrito, pero la aflicción que vi en su rostro y una dosis de discreción, me impidieron hacerle algún comentario.

Sin embargo, me propuse firmemente, de alguna manera, denunciar ese acto tan denigrante.

Cuando a diario, por todos los medios, se está convocando a los cubanos a rescatar tantos valores perdidos, entre ellos el respeto, la urbanidad y la postura cívica en general, ¿cómo no conmoverse ante estas cosas?

Lo que más deseo es que desde esta tribuna el mensaje llegue a las autoridades correspondientes que fiscalizan el trabajo por cuenta propia en un punto de la carretera Tunas-Bayamo, cerca del kilómetro 52. ¿Estas personas son idóneas para ejercer una actividad en la cual priman las relaciones interpersonales y para la cual debe tenerse un mínimo de educación, cultura y urbanidad? Sería muy bueno que a los que corresponda, revisen a fondo quiénes y cómo están ejerciendo una actividad tan vulnerable respecto a la salud poblacional. Debe revisarse esto, la obligación primera de los cuentapropistas debe ser prestar un buen servicio. Da la impresión que casi toda la atención oficial sobre la actividad ha girado en la dirección del aspecto tributario.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.