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Las noches de Babilonia
ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
Un rápido repaso a la
historia de la cultura occidental pone a flote una certeza sobre la
que se sustentan los pies de nuestra civilización y que en estos
instantes salta por los aires tras los efectos de las bombas que
caen sobre Iraq:
Esa tierra fue cuna de
diversas civilizaciones, que tras un proceso de transfundición
terminaron por influir enormemente en la cultura griega y por ende
en nuestro mundo moderno. Bastaría con rasgar una vestidura
helénica para comprobar cuánto hay en ella de la cultura
babilónica y asiria, transmitida a través de los persas.
Una
tierra que viera morir a Alejandro Magno; y donde el rey asirio
Arsubanipal creara la primera gran biblioteca de la antigüedad, en
el 670 a.n.e. (mucho antes que la de Alejandría, en Egipto); una
Mesopotamia en la que cobraran vida manifestaciones literarias
concernientes a la épica, las lamentaciones y las disputas; un
suelo donde los sumerios legaran la ciudad-estado, las leyes
escritas y un sistema matemático basado en el número 60; también —se
asegura— el vehículo con ruedas y el bote de velas.
Larga sería la
enumeración, porque abarcaría el paso de más de cinco mil años y
el legado dejado en la hoy Bagdad, Basora y otras ciudades de Iraq
por sumerios, babilonios, asirios, hititas, arameos, persas, griegos
y romanos. Los jardines colgantes de Babilonia —entre las siete
maravillas del mundo— templos, ruinas de un valor incalculable,
pero no solo herencias culturales e históricas, sino también mitos
iniciáticos que se entroncan con la humanidad, tales como la Torre
de Babel, el Diluvio Universal y el Arca de Noé.
Se sabe que en enero de
este año un grupo de arqueólogos y otros estudiosos se reunieron
con funcionarios del Pentágono para expresarles la preocupación de
que diversos sitios y monumentos en Iraq —patrimonios de la
humanidad— pudieran resultar dañados en caso de tener lugar una
guerra.
Trascendió por agencias
de prensa que los funcionarios se alegraron de anunciar a los
visitantes que "tal asunto" ya había sido considerado. Prestos y
eficientes desplegaron sobre la mesa de conversaciones una lista con
150 sitios que debían preservarse.
La comitiva de
estudiosos, sin querer ofender, mostró entonces otra lista
indiscutible de cuatro mil sitios intocables.
"Muy
bien", se difundió había sido la respuesta de los funcionarios.
Lo que no está claro es
cuál de las dos listas (¿o acaso ninguna?) tienen por delante
aquellos que hoy lanzan bombas y misiles sobre las tristes noches de
Babilonia.
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