, texto del
dramaturgo congolés Caya Makhélé inspirado en Las Bacantes de
Eurípides, reveló en las tablas nacionales una visión idílica de la
historia de Yemayá, deidad de la religión Yoruba muy arraigada y
querida entre nuestro pueblo.
La hija de los dioses del exilio, reina de las tululús, regresa,
en la dramaturgia, a su tierra —que no conoce la paz—, y desencadena
la adoración de sus habitantes y la confrontación entre el poder
político y espiritual.
Con la dualidad en mensajes de amor y odio, hegemonía y libertad,
esta obra logra aunar —sin hundirse en frases manidas—, los códigos
del lenguaje teatral con términos tan universales como la
religiosidad, la tradición, la cultura y el respeto a la diferencia.
Desde las notas del programa el propio director anuncia que "al
abordar este montaje, una de nuestras preocupaciones fundamentales
ha sido no representar los cultos religiosos sino acercarnos a los
valores artísticos de la cultura popular tradicional, intentando
alcanzar esa dimensión universal que toca lo esencial del ser
humano".
Así, se presenta ante los espectadores una figura mítica que
pretende hacer ver la cruel realidad del orbe contemporáneo. Una
Yemayá diosa libertaria y exiliada que, en la piel de la actriz
Amanda Cepero, encarna la dulzura, canta, baila, seduce pero a la
vez discute y polemiza con su antagónico jefe guerrero Balikul (Ury
Rodríguez) sobre la manera de entender al mundo.
A estos dos actores se unieron para el montaje jóvenes como Jorge
E. Caballero, Yaimí Kalay, Wendy Besada y Arianna Delgado e
intérpretes de tan consagrada experiencia como Coralia Rodríguez,
Corina Mestre, Fernando Hechevarría y Alden Knight, los últimos
excelentes y versátiles como siempre lo han demostrado.
Con La Extranjera, Kouyaté logra un trabajo homogéneo y
concreto pero, a la misma vez, una capacidad teatral expresiva rica
en diferencias. Utiliza música y sonidos alegóricos para que el
espectador entienda cabalmente el drama que se desarrolla sobre la
escena. Sintetiza los elementos de utilería, vestuario y máscaras,
dejando solamente lo medular. Virtudes estas que, unidas a la
sutileza y precisión del diseño de luces, tienen todas la firma de
calidad del maestro Eduardo Arrocha.
El director —que durante veinte años trabajó junto al británico
Peter Brook y dirige la compañía Dos tiempos y tres movimientos—, ha
dejado con esta puesta un sello de elocuencia, divertimento y
revelación luego de tanto tiempo de ausencia del arte dramático
africano en la Isla. Ojalá La Extranjera llegara a varias
ciudades del país para que, al igual que en La Habana, los
espectadores puedan deleitarse con una representación tan allegada a
nuestra idiosincrasia.