Los tiempos cambian —aunque algunos pretendan retrancar el
devenir— y las tantas veces repetida palabra "detrás" ha variado de
color hasta tomar una tonalidad más pareja, real, consecuente,
cuando al influjo de lo ganado por ellas en Cuba hoy decimos: "La
mujer va al lado, junto, o a la par del hombre".
Realmente, a nosotros nos ha llevado más tiempo aceptarlas como
líderes en actividades antes vedadas para el sexo femenino que a
ellas empinarse y comandar a un universo varonil en cualquier sitio,
desbrozando las reticencias plantadas en el sendero.
Todavía persisten los negados a admitirlas en un lugar destacado
del diario quehacer y, al tratarlas, desvirtúan la igualdad con su
indelicadeza. Así reflotan actitudes como la de no darles la mano
cuando van a descender por una escalera, hacerse los de la vista
gorda para no cederle el asiento a una embarazada que sube al
ómnibus, o negarles la colaboración en las labores de la casa. En
esas situaciones, la frase machista acompañante —lanzada a despecho—
insulta a más no poder: "¿No dicen que ellas son iguales a los
hombres?"
Pasear tomado de la mano de nuestra compañera llevándola por la
parte interior de la acera, abrirle la puerta y cederle la prioridad
al entrar a cualquier recinto, compartir los quehaceres hogareños,
participar en la educación de los hijos y la atención a los abuelos,
son maneras de respetarlas que fomentan la unión familiar.
Hoy, en el hogar, ya no existen tareas únicamente destinadas a la
mujer. Desterrar la vergüenza porque un amigo llegue de visita a la
casa y lo vea "metido en la cocina" mientras la esposa lava la ropa
de trabajo para la semana, lejos de lacerar la masculinidad, la
refuerza a partir de concebir esa ayuda mutua como un noble
sentimiento de amor y consideración expresado a la persona que
comparte junto a usted la vida.
Años atrás si una joven practicaba deportes como el judo, la
lucha, el softbol u otros más, no era vista con buenos ojos.
En cambio, si en la actualidad una cubana escala al podio de
premiación en el nivel internacional de estas disciplinas, su éxito
despierta el orgullo patrio. También dirigen en muchas instituciones
y en cualquier instancia, cumplen misiones internacionalistas;
llevan los destinos de una fábrica como protagonistas de la
producción, conducen un taxi, son maestras, ingenieras, doctoras y
se desempeñan en numerosas responsabilidades de la nación.
Junto a esa versatilidad van los quehaceres caseros, que no
terminan nunca. De regreso al hogar —después de la diaria jornada de
trabajo— comienza para ellas la rutina que garantiza a la familia en
pleno estar a la mañana siguiente otra vez al pie del cañón. Sin
respiro ante el cansancio, así transcurre esa realidad, porque como
madre, obrera y esposa se saben un puntal insustituible.
Más allá del tiempo en que le tocó vivir, cuán justo las ponderó
en su ternura el insigne poeta Antonio Machado.