Igualdad, sin reticencias ni escondrijos

Dicen que el hombre no es hombre mientras no oye su nombre de labios de una mujer. -Antonio Machado

Alfonso Nacianceno

Detrás de cada gran hombre siempre hay una gran mujer. Solía decirse desde épocas inmemoriales con el ánimo de exaltar al genio masculino, mientras la dama permanecía cual cuña que calzaba al puntal desde la sombra.

foto: Jorge Luis GonzálezEn la fábrica de losas de Artemisa, las mujeres son protagonistas de la producción

Los tiempos cambian —aunque algunos pretendan retrancar el devenir— y las tantas veces repetida palabra "detrás" ha variado de color hasta tomar una tonalidad más pareja, real, consecuente, cuando al influjo de lo ganado por ellas en Cuba hoy decimos: "La mujer va al lado, junto, o a la par del hombre".

Realmente, a nosotros nos ha llevado más tiempo aceptarlas como líderes en actividades antes vedadas para el sexo femenino que a ellas empinarse y comandar a un universo varonil en cualquier sitio, desbrozando las reticencias plantadas en el sendero.

Todavía persisten los negados a admitirlas en un lugar destacado del diario quehacer y, al tratarlas, desvirtúan la igualdad con su indelicadeza. Así reflotan actitudes como la de no darles la mano cuando van a descender por una escalera, hacerse los de la vista gorda para no cederle el asiento a una embarazada que sube al ómnibus, o negarles la colaboración en las labores de la casa. En esas situaciones, la frase machista acompañante —lanzada a despecho— insulta a más no poder: "¿No dicen que ellas son iguales a los hombres?"

Pasear tomado de la mano de nuestra compañera llevándola por la parte interior de la acera, abrirle la puerta y cederle la prioridad al entrar a cualquier recinto, compartir los quehaceres hogareños, participar en la educación de los hijos y la atención a los abuelos, son maneras de respetarlas que fomentan la unión familiar.

Hoy, en el hogar, ya no existen tareas únicamente destinadas a la mujer. Desterrar la vergüenza porque un amigo llegue de visita a la casa y lo vea "metido en la cocina" mientras la esposa lava la ropa de trabajo para la semana, lejos de lacerar la masculinidad, la refuerza a partir de concebir esa ayuda mutua como un noble sentimiento de amor y consideración expresado a la persona que comparte junto a usted la vida.

Años atrás si una joven practicaba deportes como el judo, la lucha, el softbol u otros más, no era vista con buenos ojos. En cambio, si en la actualidad una cubana escala al podio de premiación en el nivel internacional de estas disciplinas, su éxito despierta el orgullo patrio. También dirigen en muchas instituciones y en cualquier instancia, cumplen misiones internacionalistas; llevan los destinos de una fábrica como protagonistas de la producción, conducen un taxi, son maestras, ingenieras, doctoras y se desempeñan en numerosas responsabilidades de la nación.

Junto a esa versatilidad van los quehaceres caseros, que no terminan nunca. De regreso al hogar —después de la diaria jornada de trabajo— comienza para ellas la rutina que garantiza a la familia en pleno estar a la mañana siguiente otra vez al pie del cañón. Sin respiro ante el cansancio, así transcurre esa realidad, porque como madre, obrera y esposa se saben un puntal insustituible.

Más allá del tiempo en que le tocó vivir, cuán justo las ponderó en su ternura el insigne poeta Antonio Machado.

 

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