Convivir es confraternizar

Alfonso Nacianceno
alfonso.gng@granma.cip.cu

En una conversación cara a cara, rara vez, por no decir nunca, la razón ampara al que grita. Quien precisa acallar con su voz la del interlocutor —sin apenas dejarlo poner una— lo hace porque carece de sólidos argumentos para persuadir, convencer y mover a una modificación en la conducta del que lo escucha.

La autoridad no se impone, la reconocen los integrantes de la familia, los del centro de estudio o trabajo, los vecinos del barrio, a partir de su criterio sobre la honestidad y calidad humana para dirigirlos mostradas por una o más personas. Esos méritos los elevan como mentores y de ahí dimana el respeto que les profesan los demás, elemento decisivo para llevar adelante cualquier empeño.

En el ir y venir de nuestros días se abren paso las decisiones colectivas, consensuadas, ajenas a presiones o coacción, lo que realza el valor del líder y lo legitima ante los ojos de la sociedad para asumir su papel.

Pretender imponer autoridad desde la orfandad de razones es violentar. Sin desembarcar en la agresión física, igualmente el uso de un lenguaje soez, avasalla al congénere en cualquier escenario. Por ejemplo, cuántas decisiones en el seno familiar pudieran tomar un cauce de mutuo acuerdo si predominara el diálogo respetuoso, que conceda espacio a todos los implicados para exponer sus argumentos, sin punzantes tonos de voz que en nada ayudan a zanjar las diferencias.

Una vez aguijoneados por la irritación y la impulsividad, salta la frase hiriente, dicha con ánimo de maltratar, salida de un agresor cegado por su afán de predominar a toda costa. Ya en franca hostilidad, la probable "solución" al desencuentro viene expresada en dejar de hablarle al familiar, negarle el saludo mañanero, evitar coincidir con él en la casa, mostrar indiferencia ante sus problemas y vilipendiarlo a sus espaldas, agresiones que dan brecha al rencor y la incomprensión.

Si el quehacer hogareño transcurre en medio de habituales lipidias, los niños y los adolescentes crecen reproduciendo esas reacciones violentas, descorteses, porque las viven cuando el simple llamado para realizar una tarea de beneficio colectivo cabalga sobre el grito del padre al hijo, del hermano a la hermana, o peor, del nieto al abuelo. Uno o más pueden sentirse preocupados por dificultades en el trabajo, en los estudios, o de índole económica, pero la válvula de escape, la salida a cualquiera de esas situaciones no ha de ser emprenderla contra el prójimo, sino buscar la ayuda en el seno de la familia, creando un ambiente factible para opinar y proponerse soluciones.

Cuando la violencia intrafamiliar viaja sin freno a la calle, encarna lo mismo en el descamisado que de una punta a la otra de la cuadra se desgañita llamando al amigo, que en quien maltrata la propiedad social y pretende pasearse impune, porque nadie en el entorno le salió al paso para reprimirlo en el momento de cometer su fechoría.

Tan indeseable ruta de marcado desprecio por el respeto a los demás eslabona una cadena de desafueros y desgarramientos que cobra sus presas entre nosotros mismos, con impredecibles consecuencias. Son actitudes ajenas a los nobles valores como la amistad, la generosidad y el espíritu solidario que agigantan a nuestro pueblo ante los ojos del mundo.

Esos sentimientos también deben primar en el devenir cubano. Tengamos presente que, a diario, unos requerimos de la colaboración o los servicios brindados por otros, porque vivimos en comunidad. Así, por ejemplo, quien atiende al público, ha de hacerlo con respeto; quien recibe un trato acorde con lo exigido, gana en autoestima y consideración cuando muestra agradecimiento.

En ocasiones olvidamos o nos cuesta trabajo decir Gracias; sin embargo, en esa sola palabra navega un sinfín de oportunidades para hacer el día a día más placentero, porque convivir es confraternizar.

 

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