En
una conversación cara a cara, rara vez, por no decir nunca, la razón
ampara al que grita. Quien precisa acallar con su voz la del
interlocutor —sin apenas dejarlo poner una— lo hace porque carece de
sólidos argumentos para persuadir, convencer y mover a una
modificación en la conducta del que lo escucha.
La autoridad no se impone, la reconocen los integrantes de la
familia, los del centro de estudio o trabajo, los vecinos del
barrio, a partir de su criterio sobre la honestidad y calidad humana
para dirigirlos mostradas por una o más personas. Esos méritos los
elevan como mentores y de ahí dimana el respeto que les profesan los
demás, elemento decisivo para llevar adelante cualquier empeño.
En el ir y venir de nuestros días se abren paso las decisiones
colectivas, consensuadas, ajenas a presiones o coacción, lo que
realza el valor del líder y lo legitima ante los ojos de la sociedad
para asumir su papel.
Pretender imponer autoridad desde la orfandad de razones es
violentar. Sin desembarcar en la agresión física, igualmente el uso
de un lenguaje soez, avasalla al congénere en cualquier escenario.
Por ejemplo, cuántas decisiones en el seno familiar pudieran tomar
un cauce de mutuo acuerdo si predominara el diálogo respetuoso, que
conceda espacio a todos los implicados para exponer sus argumentos,
sin punzantes tonos de voz que en nada ayudan a zanjar las
diferencias.
Una vez aguijoneados por la irritación y la impulsividad, salta
la frase hiriente, dicha con ánimo de maltratar, salida de un
agresor cegado por su afán de predominar a toda costa. Ya en franca
hostilidad, la probable "solución" al desencuentro viene expresada
en dejar de hablarle al familiar, negarle el saludo mañanero, evitar
coincidir con él en la casa, mostrar indiferencia ante sus problemas
y vilipendiarlo a sus espaldas, agresiones que dan brecha al rencor
y la incomprensión.
Si el quehacer hogareño transcurre en medio de habituales
lipidias, los niños y los adolescentes crecen reproduciendo esas
reacciones violentas, descorteses, porque las viven cuando el simple
llamado para realizar una tarea de beneficio colectivo cabalga sobre
el grito del padre al hijo, del hermano a la hermana, o peor, del
nieto al abuelo. Uno o más pueden sentirse preocupados por
dificultades en el trabajo, en los estudios, o de índole económica,
pero la válvula de escape, la salida a cualquiera de esas
situaciones no ha de ser emprenderla contra el prójimo, sino buscar
la ayuda en el seno de la familia, creando un ambiente factible para
opinar y proponerse soluciones.
Cuando la violencia intrafamiliar viaja sin freno a la calle,
encarna lo mismo en el descamisado que de una punta a la otra de la
cuadra se desgañita llamando al amigo, que en quien maltrata la
propiedad social y pretende pasearse impune, porque nadie en el
entorno le salió al paso para reprimirlo en el momento de cometer su
fechoría.
Tan indeseable ruta de marcado desprecio por el respeto a los
demás eslabona una cadena de desafueros y desgarramientos que cobra
sus presas entre nosotros mismos, con impredecibles consecuencias.
Son actitudes ajenas a los nobles valores como la amistad, la
generosidad y el espíritu solidario que agigantan a nuestro pueblo
ante los ojos del mundo.
Esos sentimientos también deben primar en el devenir cubano.
Tengamos presente que, a diario, unos requerimos de la colaboración
o los servicios brindados por otros, porque vivimos en comunidad.
Así, por ejemplo, quien atiende al público, ha de hacerlo con
respeto; quien recibe un trato acorde con lo exigido, gana en
autoestima y consideración cuando muestra agradecimiento.
En ocasiones olvidamos o nos cuesta trabajo decir Gracias;
sin embargo, en esa sola palabra navega un sinfín de oportunidades
para hacer el día a día más placentero, porque convivir es
confraternizar.