En 1969 el profesor Philip Zimbardo, de la universidad
estadounidense de Stanford, decidió abandonar una pareja de
automóviles de idéntica factura en dos sitios con poblaciones
diferentes: el Bronx, un barrio pobre y conflictivo de Nueva York, y
Palo Alto, una comunidad rica de California.
El experimento, que formaba parte de un ensayo de psicología
social, desmintió la relación directa entre la pobreza y los actos
delictivos pues, aunque el primero de los vehículos fue saqueado
casi de inmediato, el ubicado en Palo Alto también fue víctima del
vandalismo dos semanas después cuando Zimbardo, al notar que
permanecía intacto, decidió romper una de sus ventanas. ¿El
resultado? Su desarme total en pocas horas.
La conclusión del grupo de científicos fue severa: no se trataba
de la pobreza, sino de tendencias conductuales y relaciones humanas
que obedecieron proporcionalmente al patrón de deterioro de las
ventanas rotas.
Y es que no existe impulso más simple para la descomposición o el
resquebrajamiento, que el menoscabo mismo. Ya sea en el
comportamiento social, en la educación... o en el plano material, la
inercia o la dejadez ante las posiciones erróneas conlleva siempre a
un estado superior de la aceptabilidad apática.
¿Cuántas veces ha transitado usted sobre una calle recién
asfaltada cuya planicie rápidamente se deteriora? ¿En cuántas
ocasiones se ha sentido timado con el pesaje de los productos que
compró en el agro-mercado o con la calidad de los panes que recién
adquirió? ¿Ha pensado alguna vez que el cliente puede no tener la
razón? Las interrogantes podrían ser más; sin embargo, una es
imperativa: ¿qué posición ha asumido ante esos hechos?
La nación cubana atraviesa hoy una etapa crucial para su futuro:
el perfeccionamiento de su modelo socialista, como parte del cual
está llamada a desterrar, definitivamente, la mentalidad de inercia.
Y no es esta inercia una condición netamente física; su
significado desborda los límites de la literalidad para entronarse
como una actitud, un sentido de vida que se resiste al cambio y no
concibe mejoras sobre la base "inmejorable" de lo que ya existe y
conoce de antemano.
La mentalidad de inercia supone una posición conformista ante los
hechos, una apatía hacia todo lo que exista fuera de la
responsabilidad individual... , es un freno al desarrollo y al
progreso, una corrosión del ímpetu y del entusiasmo.
Sin embargo, el mayor perjuicio de ese fenómeno radica en su
efecto de negación, no solo en el que impide el cambio, sino en el
que obstaculiza el reconocimiento del estatismo. Es la indolencia,
antes que cualquier obstáculo de tipo económico o financiero, quien
podría arriesgar la materialización de los nuevos proyectos.
La pasividad ante lo incorrecto, la duda ante las alternativas,
el burocratismo, la falta de acometividad y creatividad: rostros de
la inercia social que se ocultan tras la rutina y terminan
adoptándose como comunes e incorregibles.
La implementación de los Lineamientos de la Política Económica y
Social del Partido y la Revolución depende no solo de la validez o
viabilidad de las propuestas, sino también de la responsabilidad con
que sean asumidas.
La actualización del modelo económico implica una renovación de
las formas de gestión humana, de pensamiento y de acción sociales.
No deben superar las ventanas rotas el deseo de construir una nación
donde todos los cristales permanezcan intactos o, al menos,
restablecidos.