Al
fin El cimarrón se hizo teatro en La Habana, ciudad que vio
nacer hace medio siglo el recital para voz y tres instrumentistas
con el que el compositor alemán Hans Werner Henze llevó la historia
de Esteban Montejo, magistralmente registrada por Miguel Barnet en
Biografía de un cimarrón, al territorio de la vanguardia
sonora del siglo XX.
Esta
vez la pieza escapó de los límites de la ópera de cámara para ser
espectáculo con todas las de la ley, por obra del director escénico
alemán Andreas Baesler, de reconocida trayectoria en plazas tan
exigentes como las de Geselkirchen, Essen, Hamburgo y Nuremberg, y
la colaboración del director de orquesta Guido López Gavilán, los
diseñadores Kaspar Zwimpfer y Marina Müller, y el coreógrafo Isidro
Rolando.
Un escenario ubicado entre las gradas de la sala Tito Junco, del
Centro Bertolt Brecht —Baesler declaró que atribuía un valor
simbólico al hecho de que el estreno tuviera lugar en una
institución habanera que honra al más revolucionario de los
teatristas alemanes de la pasada centuria—, acogió la
representación. Una jaula rodeando una escalera en espiral al centro
del espacio, sacos de azúcar amontonados en uno de los extremos; en
el otro, una cortina de cañas separando la acción del conjunto
instrumental: elementos escenográficos de fuerte impacto visual y
fácil desmontaje, como para poder ilustrar sin interrupciones el
tránsito de la esclavitud a la libertad. En cada esquina del
cuadrilátero, mesas con micrófonos, que recuerdan al espectador, en
un procedimiento digno de la estética del Peter Weiss de La
indagación, la raíz testimonial de la narración.
Luego de hora y media de función, el público estalla en aplausos.
Más de diez minutos de sostenida ovación no se explican únicamente
por una pasajera simpatía ni por la obligada pleitesía ante un
estreno. Máxime cuando la partitura, por sí misma, transgrede
convenciones y la puesta en escena multiplica en cuatro instancias
las voces y la acción del protagonista. Habrá que hallar razones en
el genio de Baesler para la conjunción de una elaborada y hasta
sofisticada concepción dramatúrgica y el despliegue de resortes
emocionales de alta densidad y poderosa comunicación, que salva
incluso la menguada inflexión del último de los quince cuadros de la
obra, donde impera la opacidad y pierde fuerza el mensaje explícito
del cimarrón que proclama: "Quiero quedarme aquí para todas las
batallas / que están por venir. / No me enterraré vivo / ni tampoco
usaré ningún fusil moderno. / Mi viejo machete, mi gran machete / es
todo lo que necesito".
En el orden de la interpretación sobraron los méritos de quienes
encarnaron los cuatro Esteban: el bajo Marcos Lima (en la actuación
de su vida) y el alto Yunié Gaínza, impecables en proyección vocal;
el actor Jorge Ryan, con su fuerza escénica convincentemente
arrolladora, y el bailarín solista Carlos Luis Blanco, con una
plasticidad dramática a toda prueba. Lo mejor estuvo en la
coherencia y complementariedad de sus discursos. El cuerpo de baile,
integrado por los bailarines de Danza Contemporánea de Cuba Amalia
Fabars, Iosmaly Ordóñez, Norge Cedeño, Francis Iznaga, Yadira
Hernández y Yoerlis Brunet, asumió las audaces y maduras propuestas
coreográficas del maestro Rolando.
Ahora bien, el alfa y omega de la representación pasa por la
música. Sin la apasionada y responsable interpretación de la
partitura de Henze todo hubiera sido imagen sin sustento. Cierto que
Baesler fue fiel al credo de Henze: "Todo va en dirección al teatro
y regresa desde allí". Pero El cimarrón es, en su esencia
primigenia, música y como tal hay que descifrar sus códigos, a veces
de arriesgado acceso, aunque el compositor, conocedor de su oficio,
haya apelado, en más de un pasaje, a recursos formales consagrados
en las combinaciones tímbricas y la construcción de duetos.
A Guido López Gavilán, altamente sensibilizado con los gestos
sonoros de Henze, y a la maestría y ductilidad del guitarrista
Eduardo Martín, el percusionista Luis Antonio Barrera y la flautista
Zorimé Vega se debe el grandísimo mérito de haber recreado una
partitura que exige suma precisión en el manejo del aleatorismo y la
dinámica y duración de los movimientos, y la imbricación equilibrada
entre los más deslumbrantes efectos aportados por la rica paleta de
las percusiones y la visibilidad de elementos prestados de la
tradición cubana: por allá una habanera, por acá una rumba, delante
y detrás un son.
Al final queda impregnada en la memoria visual y auditiva de los
espectadores la atmósfera de la rebeldía de Esteban Montejo, el
cimarrón que Miguel Barnet rescató y puso a pelear con su machete
por los nuevos tiempos de una Patria que, como quería Martí, es
Humanidad.