Muchos,
en Cuba y otras latitudes, han incorporado a su memoria visual,
quizás sin saberlo, la huella artística de Umberto Peña, en la
medida que las publicaciones de Casa de las Américas, a partir de la
segunda mitad de los años sesenta y por casi dos décadas más,
penetraban las bibliotecas institucionales y los estantes privados
con propuestas editoriales que hacían honor al espíritu de
integración y diálogo plural de las culturas del continente
propugnado por su fundadora Haydée Santamaría y los colaboradores
que siguieron sus pasos. La revista Casa, por ejemplo, llegaba a los
lectores no solo como una fiesta por su contenido sustancial, sino
por la impronta visual de su formato casi cuadrado en el que se
presentaban en la portada las más disímiles variantes del círculo.
Eso fue obra del ingenio de la dirección artística asumida por Peña.
Pero, además de su prodigioso oficio de diseñador gráfico, Peña
fue (y es) pintor y grabador de suficientes méritos como para ser
tomado en cuenta como uno de los creadores indispensables en el
panorama artístico de la Isla entre los sesenta y los setenta, como
lo acaba de probar la exposición que la Casa de las Américas abrió
en su Galería Latinoamericana, titulada Regreso a un pintor
visceral, la cual podrá verse hasta marzo próximo como colofón
del megaproyecto del Año de la Nueva Figuración.
Destaca la cuidadosa curaduría y el coherente despliegue de las
piezas en el espacio de la galería, debidos al concepto de Silvia
Llanes, Wendy Amigo y Romy Martínez. Peña como una de las vertientes
más significativas de la estética neofigurativa ganó adeptos en
Cuba, entre los cuales Silvia Llanes, en las palabras del catálogo,
señala a Antonia Eiriz, Raúl Martínez, Servando Cabrera Moreno,
Ángel Acosta León, Santiago (Chago) Armada, Alfredo Sosabravo y
Manolo Vidal, memoria a la que me atrevo a sumar a Rafael Zarza y,
cómo no, a José Gómez Fresquet (Frémez).
Alguien dirá que se trata de poéticas con notables diferencias
entre sí, pero lo importante está en que todos responden, a su
manera, al replanteo de la figura y las situaciones humanas con una
ostensible carga de violencia visual que trasvasa los límites de la
abstracción y reubica los presupuestos del pop, tal como lo
hicieron, desde sus propias vivencias, otros ilustres creadores
latinoamericanos de la época, como Antonio Berni, Norberto Onofrio,
José Balmes y Augusto Rendón.
La particularidad de las obras de Humberto Peña contenidas en la
muestra, que abarcan el periodo entre 1963 y 1971, reside en la
intensidad de una mirada que descubre el interior de los seres
humanos, apelando a metáforas en que lo fisiológico se entremezcla
con lo psicológico.
Por momentos hay referencias al lenguaje de los cómics, a
la geometrización del arte óptico, ciertos guiños al informalismo,
pero cuando se juntan tales referencias la obra de Peña se separa de
lo que pudiera parecer un cajón de sastre para emerger como una
visión orgánica de conflictos relacionados con el sentido mismo de
la existencia.
No poco de lo que consiguió Peña en fechas tan tempranas se
adelanta a determinadas estrategias conceptuales y rejuegos formales
que fueron apareciendo en la pintura y el grabado cubanos en las dos
últimas décadas del siglo pasado y que llegan hasta hoy.
Nada es fortuito en las composiciones de Umberto Peña.
Descubrirlo (redescubrirlo) en la Casa de las Américas equivale a
nutrir nuestra experiencia visual.