Las
claves para entender el trasfondo político de la crisis económica en
Europa no parecen estar en las rimbombantes declaraciones de la
prensa, sino en la letra pequeña que sustenta los acuerdos de
Bruselas.
A finales de junio pasado, el Consejo Europeo celebrado en la
capital belga desató una ola de euforia con la aprobación por parte
de los 27 países miembros de la Unión Europea (UE) de "nuevas"
medidas para enfrentar la grave situación económica que vive el
bloque.
La recapitalización directa de los bancos sin intervención de los
Estados nacionales y la posibilidad de que los mecanismos de
estabilidad financiera europeos interviniesen en los mercados para
controlar las tasas de interés que pagan los países por emitir deuda
—ambas iniciativas impulsadas principalmente por España e Italia—,
ocuparon los titulares de buena parte del mundo, al tiempo que
llevaron un hálito de esperanza a los países más afectados por la
actual crisis económica.
Cerca de dos meses después, la implementación de esos acuerdos ha
borrado toda huella de optimismo. Algo que no debería sorprender a
quienes revisaron minuciosamente "la letra pequeña" de los
documentos de Bruselas.
En el caso del rescate directo de los bancos, una medida vital
para España —que solicitó un salvamento para su sector financiero de
100 mil millones de euros—, se impusieron una serie de condiciones
previas que hacen inviable su aplicación, al menos en el mediano
plazo.
Para que este tipo de acciones se lleve a cabo, la UE tiene que
poner en marcha el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE)
—sustituto permanente del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF),
de carácter temporal— y establecer un supervisor común para el
conjunto del sistema financiero del bloque, lo cual no se espera
hasta entrado el 2013, confirmó entonces el vicepresidente de la
Comisión Europea (CE) y titular de Asuntos Económicos, Olli Rehn.
Rehn agregó que esa "reforma de calado" supone, de hecho, un paso
hacia la integración bancaria de la Unión Europea, una de las
variantes que se han manejado para solucionar los problemas de un
bloque en el que conviven países casi en bancarrota como Grecia y,
en menor medida, España, con una nación como Alemania, cuyo
superávit comercial es similar al de China con Estados Unidos.
España no podía esperar un año para el socorro de sus bancos, por
lo que los primeros 30 mil millones de los 100 mil millones
prometidos llegarán por la vieja ruta FEEF-Estado español. Esto deja
indemne, al menos por ahora, el ciclo vicioso entre la deuda de los
bancos y la deuda pública.
A mediados de julio, cuando trascendió el Memorando de
Entendimiento para el otorgamiento de los fondos a España, El País
reportó que este incluía 32 condiciones para el sistema financiero y
alguna más, en paralelo, para el conjunto de la economía española.
"El documento lo componen 20 páginas plagadas de exigencias que
cambiarán de arriba abajo el mapa bancario español y, de paso, parte
de la política económica de los próximos años, empezando por una
nueva tanda de recortes", precisó el diario.
También alertó que los acreedores podrán acceder, "bajo estrictas
condiciones de confidencialidad", a todos los datos del sistema
financiero español que necesiten, lo cual despoja al Ministerio de
Economía ibérico de muchas de sus competencias y deja al Banco de
España bajo la tutela efectiva del Banco Central Europeo (BCE).
Y si a alguien le quedaban dudas de que dicho rescate
repercutiría en los ciudadanos españoles, baste mencionar que los
recortes establecidos por el Gobierno conservador de Mariano Rajoy
hasta el 2014, cifrado en 102 mil millones de euros, coincide casi
milimétricamente con el monto de la "ayuda" europea.
El otro supuesto hito de la Cumbre de junio, la intervención
europea en los mercados de deuda o el "escudo antiprima de riesgo",
como lo llamaron algunos, ha corrido una suerte similar.
Desde el inicio se alertó que solo un país "virtuoso" —esto es
que cumpla con las exigencias de Bruselas en materia económica—
podría demandar que los mecanismos de estabilidad financiera del
bloque adquiriesen títulos de su deuda pública para forzar a la baja
los tipos de interés (o prima de riesgo), sin asumir a cambio nuevas
condiciones con los prestamistas.
Nuevamente la "letra pequeña" de marras establece que la
intervención de los fondos queda subordinada a un Memorándum de
Entendimiento con el país receptor, lo que supone un plan de rescate
en toda regla, según los analistas.
Al respecto, todavía persiste el oscurantismo sobre cuáles serían
las condiciones impuestas por Bruselas para realizar esta operación
y muchos esperan a que las próximas Cumbres de la CE aclaren este
tema antes de tomar una decisión.
Pero lo cierto es que Italia, una de las naciones más necesitadas
de este tipo de ayuda —pues tiene una balanza comercial positiva
hasta el momento de pagar su deuda pública—, no ha recurrido todavía
a esta opción, a pesar de que los tipos de interés a los que está
sujeta en los mercados están asfixiando su economía.
En medio del alborozo del encuentro a fines de junio, las
impresiones de la canciller alemana, Angela Merkel, no fueron las
más destacadas, pero la realidad ha demostrado el laconismo de sus
palabras: "No nos hemos salido del sistema: prestación,
contrapartida, condicionalidad y control".