La tarima se ha convertido en el mayor adversario de la cultura.
La tarima como concepto de un mercado dispuesto a imponer patrones
de consumo, que es la mejor manera de vender.
La última lista de los denominados "libros más leídos del mundo",
al igual que la lista anterior, y la de hace tres meses, y la del
año 2011, 2003, 1990 y así casi hasta el infinito, vuelve a
demostrar que en los países sujetos a las leyes de la mercadería se
lee lo mismo.
Y aunque no dejen de aparecer en esas listas libros realmente
buenos, lo predominante es el best seller ramplón,
construido sobre la base de "fórmulas inteligentes", que es la
manera más elegante de no decir "patrones", palabra que se capea, se
evita, se le da de lado.
En las listas de los diez libros más leídos en países
latinoamericanos persisten mensualmente cuatro o cinco títulos (y a
veces más) de autores estadounidenses de moda (espionaje, horror y
misterio, policíacos y sus variantes). En las listas norteamericanas
solo resaltan autores de lengua inglesa, entre otras razones porque
su industria editorial no es dada a las traducciones, a no ser que
se trate de un disparo al seguro proveniente de un peso pesado de la
literatura.
En el cine, lo anterior se traduce en parte de una manera harto
conocida: si un filme latinoamericano es un éxito, en lugar de ser
exhibido comercialmente en territorio USA, compran los derechos de
autor y hacen su versión "americana", en ocasiones copiando plano a
plano, como sucedió con la argentina Nueve reinas.
En el camino se difuminan las riquezas y particularidades de una
cultura, pero en los trillos de los negocios, eso a nadie le
importa.
Lo más perturbador en el campo del cine es que la misma película
taquillera en las salas norteamericanas es también la más vista en
el cualquier capital que "se respete" y no quiera quedarse atrás en
materia de gustos colectivos, aunque, una vez vista muchas de esa
cintas, no sean pocos los que se pregunten "cómo es posible que
esta... haga pagar tanto dinero".
Si se revisan los títulos en cartelera ahora mismo en los cines
estadounidenses se apreciará que durante julio y agosto dominan los
filmes para niños, adolescentes y adultos con mentalidad de ambos.
Mucho héroe del cómic llevado a la pantalla (con la clásica
americanización del héroe reafirmando evidencias), "muñequitos" de
cien millones el costo de la producción, aventuras disímiles llenas
de efectos especiales y todo lo que se supone (o se dispone) debe
verse durante el verano en los cines y televisores de ese país, y
también en los cines y televisores de no pocos lugares del orbe,
prestos a copiar y a consumir —más que nunca en los meses de calor—
los mismos patrones de entretenimiento que desde tiempos
inmemoriales les disciplinan.
Gusto uniforme amasado por una industria cultural frívola,
insustancial y con poco riesgo en sus lances creativos.
Neocolonialismo cultural se le llamaba en mis tiempos de
estudiante, pero ahora, con las mil y una teorías justificadoras
impulsadas por un mundo globalizado, el concepto pudiera resultar
(para algunos) algo fuera de moda.