El
pasado martes 24 de abril, Mitt Romney obtuvo la victoria en las
elecciones primarias celebradas en Pennsylvania, New York,
Connecticut, Rhode Island y Delaware, con lo cual reafirmó de manera
definitiva su condición de seguro nominado como candidato
presidencial por el Partido Republicano, hecho que solamente será
oficializado a finales de agosto durante la Convención Nacional del
Partido Republicano.
A partir de esos resultados y extrapolando lo que en el mundo de
la física y la teoría de la relatividad se conoce como las
"Transformaciones de Lorenz", postuladas por el científico holandés
Hendrik Antón Lorenz, co-ganador del Premio Nobel de Física de 1902
por sus estudios sobre magnetismo, podemos afirmar que se ha
dilatado el tiempo político y se ha contraído el espacio electoral
para la elección del próximo presidente de Estados Unidos.
Mientras las elecciones primarias tienen como objetivo
seleccionar los candidatos de cada partido a los diferentes cargos,
la etapa llamada de elecciones generales es aquella donde los
candidatos de cada partido se enfrentan para ganar un determinado
cargo electivo. Las elecciones del 2012 aún están en la etapa de las
primarias, pero como se conoce quienes serán los nominados como
aspirantes al cargo presidencial, en la práctica ya ha comenzado con
cuatro meses de antelación la elección general. Una etapa que debía
cubrir los dos meses desde el 5 septiembre hasta el 6 de noviembre,
será tres veces más larga.
Obama y Romney estarán obligados durante esos meses a defender
constantemente sus posiciones, opiniones y actuaciones frente a los
ataques del rival; enfrentar los cambios en las actuales complejas y
críticas condiciones económicas y políticas nacionales e
internacionales; y contar con muchos más recursos financieros que
los contemplados inicialmente.
El objetivo de todo el proceso es el mismo para ambos:
conquistar, el 6 de noviembre, 270 de los llamados votos electorales
que en un total de 538 se adjudican a los cincuenta estados y la
capital del Distrito de Columbia y obtener así la presidencia de la
nación.
En los últimos cincuenta años se ha ido formando un patrón de
votación en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, porque
un mismo grupo creciente de estados votan de manera sistemática por
el candidato republicano (estados "rojos", según el argot político
norteamericano, por el color que identifica a ese partido); otro
grupo lo hace por el demócrata ("azules", por iguales razones), y un
tercer grupo de estados oscilan eligiendo uno u otro candidato
(estados "morados").
En la práctica y la realidad política norteamericanas de las
elecciones del 2012, este objetivo tiene un escenario crucial: los
entre 13 y 16 estados catalogados como el "campo de batalla". (Debe
tomarse en cuenta una característica particular de las elecciones
presidenciales en Estados Unidos; el concepto federalista aplicado
que da un peso específico en el colegio electoral a cada estado
según su población, la convierte en 51 elecciones separadas y no en
una elección nacional, desde el punto de vista de la mecánica
electoral).
En un trabajo de la BBC del pasado 21 de abril se señala que 23
estados, principalmente del sur y del medio oeste del país, muchos
de ellos menos populosos y de mayor población rural, votan
sistemáticamente a favor del candidato republicano y le aportan 191
votos electorales de los 270 necesarios para ser electo como
presidente. Otros 15 estados, incluyendo en ellos al Distrito de
Columbia, principalmente del nordeste y los tres de la costa oeste,
más populosos y de mayor población urbana, votan por el candidato
demócrata y le otorgan 186 votos electorales.
La BBC analiza que en las elecciones del 2000 y el 2004 otros 13
estados no tuvieron ese comportamiento sistemático (se excluye el
proceso del 2008 porque en esa ocasión Obama ganó todos esos estados
y nadie considera que ese resultado puede repetirse). Seis de ellos
(Ohio, Nevada, North Carolina, Virginia, Florida y Colorado) votaron
en ambas ocasiones por el candidato republicano, aportándole 91
votos electorales. Otros cinco, lo hicieron por el demócrata y
representan 46 votos electorales: Michigan, Wisconsin, Iowa,
Minnesota y New Hampshire. Otros dos (Pennsylvania y New Mexico) lo
hicieron una vez por el republicano y otra por el demócrata.
Una simple cuenta aritmética muestra lo obvio: si se repiten los
resultados del 2004, Romney resultaría electo como el próximo
presidente de Estados Unidos con 283 votos electorales, mientras que
Obama solamente alcanzaría 255 votos electorales contando con los de
los dos estados restantes que votaron indistintamente por uno de los
candidatos. Y en esas condiciones, para ser electo, Obama tendría
que arrebatarles al menos otros 15 votos "morados" o "rojos" a los
republicanos.
Por tanto, las estrategias electorales republicana y demócrata,
priorizan esos estados, que representan en su conjunto 161 votos
electorales.
Por supuesto que estos resultados, aunque reflejan una tendencia
histórica basada en numerosos factores de composición demográfica,
predominio de determinados intereses económicos, tradiciones
culturales, desarrollo histórico, entronización de las maquinarias
políticas, no son inexorables y los equipos de campaña de cada
candidato están ahora enfrascados en realizar sus propias cuentas
para determinar la combinación de estados de cualquier color que
deben ganar para llegar a la cifra mágica de 270 votos electorales.
La importancia de este tema la reflejó Michelle Obama en un
discurso que pronunció el pasado 24 de abril en el "morado" estado
de Iowa ante unos 400 partidarios: "Solo quiero recordarles que todo
al final (la reelección de Obama) puede reducirse a esos pocos miles
de votos que registremos para votar".
Obama goza de ventaja de más de un año en la organización de su
campaña para la elección general que comenzó desde que en abril del
2011 anunció su aspiración de reelegirse, sin ningún rival de
consideración entre los demócratas, lo cual le permitió trabajar sin
pausa, sistemáticamente, y sin las distracciones y desgaste físico
que representan las primarias, además del acervo electoral acumulado
en la campaña presidencial del 2008.
Mientras que Romney, aunque también está en el ruedo electoral
desde hace un año, ha tenido que luchar arduamente en las primarias
contra un nutrido grupo de aspirantes de su partido y es ahora que
empieza a reforzar su equipo con vistas a la etapa de las elecciones
generales.
Según informaciones del New York Times del 19 de abril, el
cuartel general de Romney, ubicado en lo que fue una tienda de
muebles de Boston, Massachusetts, será incrementado de 87 a 400
empleados a tiempo completo y el equipo de la Convención Nacional
Republicana en Tampa triplicará sus integrantes hasta la cifra de
150 personas.
Entre los principales nuevos integrantes del equipo de campaña se
destacan muchos ligados directamente a la maquinaria electoral del
partido y en particular al grupo encabezado por los Bush, lo que
evidencia un fortalecimiento de los elementos conservadores en el
entorno cercano de Romney. Por ejemplo, el caso del nuevo asesor
principal de la campaña, Ed Gillespie, expresidente del Comité
Nacional Republicano y asociado de Karl Rowe, quien fuera estrecho
colaborador de George W. Bush. Gillespie fue fundador, junto con
Rowe, del SuperPac American Crossroads, que ha anunciado se propone
gastar unos $200 millones de dólares en apoyo a Romney.
Otras dos personas del equipo de Romney que asumen importantes
funciones son Lindsay Hayes, como responsable de redactar los
discursos de Romney, quien realizó un papel similar para Sarah Palin
en el 2008, y el exdirector de comunicaciones de la Misión
Permanente de Estados Unidos ante Naciones Unidas, Richard Grenell,
muy identificado con su antiguo jefe, el guerrerista y
archirreaccionario John Bolton. Grenell será el vocero de Romney
sobre asuntos de seguridad nacional y política exterior.
Sobre estos y otros asuntos habrá ocasión de volver en
oportunidades futuras. Por el momento, hay que observar cómo les va
a Obama y a Romney en estas complejas nuevas dimensiones del espacio
y el tiempo.
(*) Fue jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington
entre 1977 y 1989 y Viceministro de Relaciones Exteriores.