LAS
TUNAS.— La presencia aquí de la prima ballerina assoluta
Alicia Alonso, junto al Ballet Nacional de Cuba, volvió a constituir
uno de esos acontecimientos que impregnan un sello inolvidable, de
profunda sedimentación artística, cultural y humana para la diva,
para su compañía, para la ciudad.
Tres funciones desbordaron el Teatro Tunas. El gesto danzario de
Sadaise Arencibia derramó lirismo sobre el escenario, al igual que
la entrega suprema de Viengsay Valdés. No solo refulgieron las
primeras figuras; todo el colectivo estuvo a la altura de la
jerarquía mundial de la escuela cubana.
Y en ese firmamento brilló y se emocionó la estrella del ballet.
Sucedió desde el mismo primer día: sorprendida con su canción
mexicana favorita (Paloma querida) por intermedio del
Mariachi Tunas, minutos antes de que en gesto inesperado el cantante
Alfredito le regalara allí mismo su ancho sombrero.
Tampoco imaginó ella encontrar a una Alicia universal pintada por
el trazo autodidacta de Osvaldo Rodríguez, otra obra a punta de fino
pincel por el artista Wílber Ortega, el Premio Alma Mater concedido
por los universitarios tuneros, las décimas de un niño y de un
adulto, el diálogo siempre familiar con una prensa que la pone a
danzar sobre los preparativos del próximo Festival Internacional de
Ballet... y en especial ese recorrido en coche tirado por caballos,
acaso mágica alfombra, para reoxigenarse con el aire puro de la
ciudad.
No por casualidad el cochero, "seguro de que ella volvería",
mantuvo guardado todo el tiempo su coche, desde el pasado año,
cuando la diva no pudo venir por imprevistos con el vuelo. Por ello,
a su paso, miles de personas salen a balcones y aceras para
reiterarle: ¡Alicia, te queremos mucho! Una niña se desprende del
brazo de su madre, corre e insiste en subir también; entre sus
deditos lleva un Príncipe negro. Alguien por fin la sitúa encima del
criollo vehículo. Alicia siente la flor, siente el beso, siente... y
mucho.
¿Dónde está mi rosa? —preguntará un rato después, quizás tratando
de recordar o de imaginar el cándido rostro de la niña.
Tu rosa está aquí, Alicia está aquí: en toda la ciudad.