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Once por una isla
VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ
Mirar a Cuba, retratar a Cuba, sentir el peso de Cuba en la
imagen, desde una mirada exterior, siempre implica los riesgos de la
extrañeza y de la comprensión superficial. No han faltado tampoco,
dada la peculiar condición de un país que decidió darse una libertad
inédita en su historia y un sistema sociopolítico a la medida de sus
necesidades y aspiraciones, quienes han medrado con las dificultades
y han hecho el juego, con un realismo sucio exacerbado, a los que
pretenden que Cuba deje de ser.
Pocos
meses antes del triunfo revolucionario de enero de 1959, el
fotógrafo español Enrique Meneses captó, en plena Sierra Maestra,
imágenes de los principales protagonistas de la gesta libertadora.
Aquí muestra una imagen muy entrañable de Celia Sánchez y Vilma
Espín.
De esos peligros trata de salvarse, aunque no siempre, la
exposición La tierra más fermosa, que reúne el contacto
visual de once fotógrafos españoles con la realidad cubana a lo
largo del último medio siglo y que se exhibe hasta enero en el
Edificio de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes.
Es visible la diversidad temática y estética, a partir de la
experiencia personal de los artistas representados. Enrique Meneses
comparte la visión épica de los días de la insurrección popular y el
triunfo de enero de 1959. Estamos ante uno de los mitos del
periodismo gráfico español, aún en activo a los 82 años de edad. Sus
imágenes de los días de la gesta de la Sierra Maestra quedarán para
siempre como invaluables testimonios de una sensibilidad abierta a
la objetividad noticiosa, cualidad que, por cierto, ha ido perdiendo
el maestro si se juzga a partir de lo que su memoria le dicta acerca
de sus vivencias cubanas. Las crónicas que ha escrito en los últimos
tiempos lo muestran alejado de la realidad de la Isla e incapaz de
comprender retrospectivamente la etapa que compartió con los
rebeldes.
El
arte fotográfico se aguza en la mirada de Isabel Muñoz.
Los restantes diez artistas se corresponden con momentos más
cercanos. José Ramón Bas recrea, con una inteligente manipulación
gráfica, lo que percibe de la vida cotidiana. En diálogo con
espacios abiertos y elementos mínimos, Castro Prieto trata de hallar
la poesía de lo inefable. Toni Catany cultiva el retrato, con
énfasis en la población afrodescendiente, con un ascetismo cuya
mayor carencia es la insuficiente contextualización de los sujetos
fotografiados. Juan Manuel Díaz Burgos se adentra en las calles y
los interiores habaneros, a los que saca partido con limpieza y
equilibrio en la composición.
Por los fueros del paisaje rural y los habitantes citadinos se
decanta José María Díaz-Maroto: algunas imágenes no dejan de ser
tópicas, pero cuando toma desde lo alto una encrucijada callejera o
ausculta en rostros de un grupo de jóvenes revela sus mejores armas.
Con Ángel Marcos sucede algo por el estilo en sus versiones
coloreadas de edificios decadentes y el retrato de un anciano negro
delante de una puerta desvencijada, en contraste con la lírica
estampa de un pescador que lanza sus redes al agua.
Muy en sintonía con las historias mínimas de la gente que hace
historia día a día, Cristina García Rodero nos ofrece imágenes de
sorprendente realismo poético, mientras que Alberto García-Álix se
concentra en los retratos de los viejos inmigrantes españoles.
José María Mellado se deja seducir por los almendrones, el
mercado agropecuario, las casas apuntaladas y el Malecón después de
la lluvia, reiterando una fórmula desgastada de acercamiento a la
realidad.
Mucha mayor agudeza, a partir de una estética minimal, se observa
en los trabajos de Isabel Muñoz. Cuba se devela en el detalle de
unas manos anudadas, en los pies de una estudiante de ballet, y en
el talle de los bailadores de un son.
Podría concluirse en que la diversidad de la muestra es sinónimo
de desigualdad. Pero está bien que así sea. El riesgo de conquistar
a Cuba desde la imagen implicará siempre el no menor riesgo de
saberse sometidos al escrutinio de la observación crítica de los
espectadores. |