Ajustarle las cuentas al derroche

PASTOR BATISTA VALDÉS

Es loable que en todos —y en todas partes— se hable de ahorrar o de usar lo estrictamente necesario. Pero tan importante como esa aspiración es lograr que nadie, ninguna empresa, entidad u organismo derroche.

foto del autorLas luminarias encendidas a toda hora le “arrancan” millones a la economía.

Por eso, más allá de la morosidad, lentitud o indiferencia que todavía marcan a algunos directivos y entidades, es indudable que solo con proponernos acciones concretas para evitar el derroche, sumarían millones de pesos que beneficiarían en este minuto al país.

Numerosos ejemplos confirman cuán provechoso es para una empresa u organismo (y por supuesto, para el país) lograr la producción o el servicio planificados, con menor empleo de recursos y sin llagas para la calidad del producto o del resultado final.

Acude a mi memoria, por ejemplo, la capacidad que ha desplegado la provincia de Las Tunas durante el presente año, para realizar mes por mes sus actividades fundamentales sin exceder el plan de consumo energético asignado por el país, e incluso para evitarle a la nación el gasto de casi un millón de dólares por ese concepto. En casos así, puede hablarse de ahorro.

Observaciones de lectores y de colegas, en cambio, centran pupila en algo que tal vez no ha acaparado en igual medida la atención a la hora de concebir y ejecutar los planes, o durante reuniones, asambleas y otros espacios donde se "cocina" el modo de obrar con la mayor eficiencia posible... y es el fenómeno del derroche.

Poco se avanza si por una parte hay quienes se ciñen el cinto para "ahorrar" y por otro lado mantienen su inalterable paso los que derrochan. No hay que ser genio para saber que al echar cuentas, el saldo de esa incongruencia lacera la economía.

Muchos lectores consideran que el derroche va más allá de los grandes volúmenes de agua que se fuga por pérdidas en conducción, salideros en distintas redes o escapes domiciliarios, que pudiendo ser atajados siguen sumidos en un bostezo de espera, por la inercia de entidades estatales y de núcleos familiares incapaces de mover un dedo para cambiar una simple zapatilla o para sustituir un segmento de tubería.

Según estimados, por diversos motivos en una ciudad como esta se pierde el 58 % del líquido que se bombea, derrochándose —de hecho— sumas incalculables de dinero y de recursos que intervienen en la cloración, tratamiento integral, empleo de energía, pago de salarios...

Derroche, para seguir coincidiendo con amigos lectores, es también lo que signa a las luminarias "prendidas" a toda hora (incluso del día) en calles y avenidas o dentro del hogar, arrancándole millones al mismo bolsillo de la economía que solemos pedirle más —y hasta criticar de modo superficial— cuando sobre la mesa no humea el plato preferido o cuando se prolonga la espera de aquel transporte que, dicho sea de paso, tampoco escapa a ciertas formas de derroche en el uso del combustible, piezas, agregados y otros insumos, no siempre bajo el adecuado control.

Pero hay "modalidades" que quizás no llamen tanto la atención, aun cuando están ahí, al alcance de la mirada.

¿Cómo se define el fenómeno mediante el cual una inversión mal planificada se eterniza inconclusa, o un mismo bache es reparado ahora y luego requiere igual o mayor cantidad de recursos, por la pésima calidad con que se realizan las labores una vez, y otra, y muchas veces más?

Lugares "emblemáticos" hay en esta ciudad. Y no son pocos. Algo muy parecido ocurre en todo el país con la pálida calidad de obras que son reportadas como "concluidas" y a la vuelta de un corto tiempo demandan reparación o arreglos, con el consiguiente e innecesario gasto (derroche por partida doble) de nuevos fondos.

Lo que no siempre se "derrocha" en casos así —y bien valdría la pena empezar a hacerlo ya— es suficiente exigencia para pedirle y cobrarle cuentas a quien permite, propicia o autoriza el despilfarro de cuantiosas sumas que desangran al Estado.

Lo mismo sucede con quienes reciben pienso, fertilizante y otros insumos para producir determinado alimento y usan indebidamente esos recursos, o con quienes mantienen el improcedente vicio de pagar salario sin respaldo material: deformación que hasta la fecha remonta los 2 600 000 pesos aquí. ¿Y en el país?

El llamado —totalmente necesario— a un cambio en la mentalidad y en el modo de actuar, no puede terminar siendo un hueco de frases hueras. Quienes han dado los primeros pasos en firme saben que se derrocha bastante en detrimento de la economía nacional, tanto en la esfera estatal como a ras de hogar.

Desde hace algún tiempo, hospitales como el Ernesto Guevara cubren iguales servicios —e incluso más— con menos consumo de torundas, gasas, algodón, material de rayos X, medicamentos, recetas, exámenes... Entonces: ¿Se despilfarraba o no "antes de"? Y lo más importante: ¿Se puede impedir todavía más el malgasto o no?

 

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