A cuatro horas de navegación desde el municipio granmense de
Niquero, se llega a Puntalón; un lugar que fuera de los plenilunios
de abril, mayo y junio, solo se distingue en la vastedad por las
coordenadas cartográficas y las marejadas que lo singularizan casi
todo el año.
"¡Estamos de suerte, el agua es un plato, esto es una
excepción!", celebran los marineros cuando hay calma.
La luna llena asoma en el horizonte, y casi al instante comienza
la picada que repite la misma escena a intervalos de pocos segundos:
lanza al fondo el cordel y la carnada, siente el tirón de la
mordida.
La tanda vuelve en la madrugada; de día es esporádica, y cuando
hay receso, a todos toca eviscerarlos, lavarlos y acomodarlos en la
nevera.
Solo a la orden del joven capitán —en nuestro caso Onelio "Ogue"
Varona, del ferro langostero 266— se puede dar un pestañazo.
"La vida del pescador no es fácil. Los resultados dependen mucho
del clima y de la manifestación de las especies."
De pronto, las bonanzas de la calma pueden acabar de un porrazo
en Puntalón. "Habrá chubasquería", afirma tranquilo el capitán.
Unos minutos después el mar es un enredo de olas que pasan sobre
el barco, lo ladean, levantan y dejan caer. "Esta es la cara fea
aquí", dice. Sin embargo, la pesca debe seguir de cualquier modo,
incluso literalmente amarrado al barco. Amanece y la rutina continúa
sobre olas encrespadas que tal vez permanecen hasta el séptimo día
de la luna... pero nadie renuncia.
Sobran comentarios. El oficio de pescador marino merece tanta
consideración como el deleite que ofrece el fruto de su trabajo.
Pareciera que la excelencia del pescado va en proporción al esfuerzo
del hombre. Sin embargo, aunque incómodo reconocerlo, los cubanos de
esta nación privilegiada por el mar, todavía le debemos a la mesa
familiar la regularidad del plato de pescado; asimismo como de la
agricultura y la tierra disponible demandamos suficiencia y
variedad.
Esta relación ya había sido analizada por Fidel en Cárdenas, en
1963:
"A los campesinos podremos decirles: hay que producir más leche,
hay que producir más café, hay que producir más cacao; que los
pescadores les van a enviar a ustedes más pescado (...)
Nuestros pescadores lo demuestran a diario: el mar de Cuba es un
tesoro más allá de las playas, y desde sus aguas, la economía
insular también puede levantarse a fuerza de palangres y cordeles.