Deudas desde el mar

DILBERT REYES RODRÍGUEZ

Bastan dos días con sus noches en el mar, sobre la cubierta pequeña de un ferrocemento y a 65 kilómetros de tierra, para descubrir, personalmente, por qué la piel curtida, la temeridad y el trato siempre familiar, caracterizan a las tripulaciones de pescadores cubanos.

Foto: Ibrahín Sánchez CarrilloPareciera que la excelencia del pescado va en proporción al esfuerzo del hombre.

Por sus habilidades y experiencia, la mayoría de estos hombres son verdaderos "lobos" de mar, aunque nada relaciona el mote con el periodo de luna llena, en el cual Granma abordó un barco y zarpó a confirmar la rutina de un oficio sacrificado y rudo; pero de gratísimas recompensas a la economía nacional y la mesa familiar, si se pensara y explotara mejor la inmensidad azul que nos limita como archipiélago.

LA CIUDAD DE PUNTALÓN

A cuatro horas de navegación desde el municipio granmense de Niquero, se llega a Puntalón; un lugar que fuera de los plenilunios de abril, mayo y junio, solo se distingue en la vastedad por las coordenadas cartográficas y las marejadas que lo singularizan casi todo el año.

"¡Estamos de suerte, el agua es un plato, esto es una excepción!", celebran los marineros cuando hay calma.

La luna llena asoma en el horizonte, y casi al instante comienza la picada que repite la misma escena a intervalos de pocos segundos: lanza al fondo el cordel y la carnada, siente el tirón de la mordida.

La tanda vuelve en la madrugada; de día es esporádica, y cuando hay receso, a todos toca eviscerarlos, lavarlos y acomodarlos en la nevera.

Solo a la orden del joven capitán —en nuestro caso Onelio "Ogue" Varona, del ferro langostero 266— se puede dar un pestañazo.

"La vida del pescador no es fácil. Los resultados dependen mucho del clima y de la manifestación de las especies."

De pronto, las bonanzas de la calma pueden acabar de un porrazo en Puntalón. "Habrá chubasquería", afirma tranquilo el capitán.

Unos minutos después el mar es un enredo de olas que pasan sobre el barco, lo ladean, levantan y dejan caer. "Esta es la cara fea aquí", dice. Sin embargo, la pesca debe seguir de cualquier modo, incluso literalmente amarrado al barco. Amanece y la rutina continúa sobre olas encrespadas que tal vez permanecen hasta el séptimo día de la luna... pero nadie renuncia.

Sobran comentarios. El oficio de pescador marino merece tanta consideración como el deleite que ofrece el fruto de su trabajo. Pareciera que la excelencia del pescado va en proporción al esfuerzo del hombre. Sin embargo, aunque incómodo reconocerlo, los cubanos de esta nación privilegiada por el mar, todavía le debemos a la mesa familiar la regularidad del plato de pescado; asimismo como de la agricultura y la tierra disponible demandamos suficiencia y variedad.

Esta relación ya había sido analizada por Fidel en Cárdenas, en 1963:

"A los campesinos podremos decirles: hay que producir más leche, hay que producir más café, hay que producir más cacao; que los pescadores les van a enviar a ustedes más pescado (...)

Nuestros pescadores lo demuestran a diario: el mar de Cuba es un tesoro más allá de las playas, y desde sus aguas, la economía insular también puede levantarse a fuerza de palangres y cordeles.

 

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