Pocas veces Hollywood ha tenido en sus manos un argumento trazado
por "hechos reales" que, trabajados en carrera contra el reloj,
apunten a un éxito rotundo.
El nerviosismo impera y se duerme poco en las casas productoras
empeñadas en contratar a guionistas que solo tendrán que copiar y
dramatizar lo que se ha informado oficialmente, mientras se prueba a
actores capaces de representar al personaje del momento.
El mismísimo The Hollywood Reporter, que se las sabe todas, opinó
que en las próximas semanas se observará "probablemente una tonelada
de nuevos proyectos sobre Bin Laden, especialmente en la medida en
que se conozcan los detalles sobre la misión estadounidense para
asesinarle".
Nuevos proyectos que apuntarán en buena medida a una
reconstrucción épica de los hechos a partir del factor dramático que
más dividendo le ha reportado a la industria de Hollywood desde el
mismo nacimiento del cine: la venganza.
La venganza como resorte emotivo para satisfacer agravios en
filmes del oeste, y de guerra y de mafias y muchos más.
John Wayne matando mexicanos en El Álamo y vietnamitas en
Boinas verdes, siempre con el pretexto de que a él le dieron
primero, aunque sin preguntarse nunca dónde estaba y qué había hecho
para que le dieran.
Al cine estadounidense no le ha ido nada bien en taquilla con las
películas y seriales que retratan las intervenciones bélicas en
Afganistán e Irak. Incluso la gran ganadora de los premios Oscar del
pasado año, En tierra hostil (una producción finamente
patriotera), recaudó una cifra ridícula.
Las causas resaltan a la vista: mientras la realidad en esos
escenarios está lejos de ser miel sobre hojuelas y los conflictos
persisten, no es fácil recrear el optimismo heroico tan al gusto de
una audiencia norteamericana acostumbrada a consumir victorias.
Ahora ha llegado el momento de hacer la gran película y su
construcción se divisa a partir del siguiente esquema, que podría
tener sus lógicas variantes y combinaciones de tiempo en el montaje:
atentado terrorista, persecución infructuosa, décimo aniversario del
hecho, presidente del país en declive de popularidad, acción comando
(unos cuarenta minutos en pantalla para desplegar poderío táctico y
físico en medio de una banda musical apropiada) y de nuevo el
presidente (ya en alza) poniéndole fin a la historia con su discurso
cumplidor.
Esa será la película que muchos querrán ver salir del horno y la
tendrán al calor de las viejas fórmulas dramáticas ligadas con la
venganza.
Luego podrían venir otros filmes realizados por artistas más
agudos y menos apresurados que, ante un rosario de contradicciones y
enigmas creciendo por día, tendrán necesariamente que recurrir al
suspenso y al misterio cómo géneros.
¿Por qué se mata a un hombre, que puede ser capturado, en lugar
de llevársele a un juicio público, internacional si se quiere, de
donde ––es lógico pensarlo–– saldría con la pena máxima? ¿Acaso para
evitar que el hombre hable más de cuatro cosas que pudieran vincular
de una manera indecorosa al perseguido con su perseguidor?
Cada día salen a la luz nuevas versiones y contradichos y sería
largo repetirlos aquí, desde la niña que jura que a su padre lo
ajusticiaron desarmado delante de ella, hasta ese enterramiento
marino que recuerda los filmes de piratas.
Pero ya habrá tiempo para hablar de las cintas que vendrán, luego
de que la película ahora contada desde el poder, se convierta en la
película filmada.