"El gobierno de Estados Unidos ha sobrestimado la cuantía de
vergüenza que tanto el propio gobierno como los ciudadanos de este
país pueden soportar", denunció el conocido economista y ensayista
Paul Craig Roberts, respecto a un discurso pronunciado el 15 de
febrero por la secretaria de Estado, Hillary Clinton.
Paul Craig Roberts fue secretario asistente del Tesoro durante el
gobierno de Ronald Reagan y fungió como editor y columnista de The
Wall Street Journal y la revista Business Week, aunque en tiempos
recientes ha sido crítico sistemático, tanto de las administraciones
demócratas como de las republicanas.
En un artículo aparecido en el sitio alternativo VDare.com, el 16
de febrero último con el título La vergüenza de ser un americano
(The Shame of Being an American), Roberts denuncia que "el
gobierno de Estados Unidos fabrica contra Julian Assange un caso de
conspiración para castigarlo por revelar documentos oficiales que
prueban, más allá de cualquier duda, la mendacidad del gobierno
estadounidense".
Por grave que esto sea, dice Roberts, el hecho palidece ante otra
noticia que apareció el 15 de febrero en el periódico británico The
Guardian: "Rafid Ahmed Alwan al-Janabi, el ciudadano iraquí que
Estados Unidos presentó como el confidente digno de todo crédito que
confirmó la existencia de armas de destrucción masiva, para dar el
pretexto para la agresión militar a Iraq en el 2003, declaró después
que todo aquello fue pura fantasía inventada por él para perjudicar
al presidente Saddam Hussein".
Cuando se recuerda que esa mentira de Rafid al-Janabi, que el
entonces secretario de Estado, Colin Powell, oficializó ante la ONU,
provocó una invasión que dejó un saldo de no menos de un millón de
iraquíes muertos, cuatro millones de desplazados, un país destruido,
4 754 soldados estadounidenses muertos y 40 000 heridos y mutilados,
se comprende la vergüenza monstruosa que pesa sobre la conciencia de
los ciudadanos norteamericanos. Ello, unido a diez años de engaños
sobre supuestas conexiones de Iraq con Al Qaeda y de propaganda
estadounidense en favor de una "guerra contra el terror", que está
costando un número incalculable de vidas en Afganistán, Paquistán,
Yemen, Somalia y otras naciones.
Agréguense a esto los 3 000 millones de dólares en que esa guerra
ha incrementado la deuda pública de Estados Unidos y las violaciones
que de ella han derivado a la Carta de Derechos, la Constitución, y
las libertades civiles que estas están llamadas a garantizar, hace
notar Roberts.
De algo no menos vergonzoso trata el destacado cineasta y
politólogo estadounidense Saúl Landau, en un artículo titulado
Los aviones sin piloto como política exterior.
La administración Obama —dice Landau— está transfiriendo a la
tecnología la ejecución de los asesinatos selectivos que pretenden
practicar como alternativa a la invasión de los países "enemigos".
Pero, más allá de la vergüenza que el nuevo método provoca por su
inicua motivación de preservar las vidas de los verdugos, Landau
aprecia el peligro de que se esté promoviendo un nuevo terreno de
lucha que pudiera revertirse contra los poderosos.
El sistema parte de que, en vez de producir invasiones y
ocupaciones que pongan en peligro las vidas de sus soldados, las
agencias estadounidenses de inteligencia se valen de "infalibles"
espías y expertos para precisar exactamente la localización de los
enemigos, y los aviones sin piloto ejecutan las acciones asesinas.
Luego que "verificadores" desconocidos "verifican" los datos,
envían la información a los verdugos: jóvenes informáticos que
programan a los aviones sin piloto repletos de misiles para que
golpeen la casa, el auto, la motocicleta o la tienda del "blanco".
"Es mejor que enviar tropas norteamericanas a que invadan a otro
país y maten a decenas de miles. Ahora Washington asesina a grupos
más pequeños. Sin procesos embarazosos —acusaciones, juicios,
audiencias. Al final, habrá informes sólidos y secretos que probarán
que los blancos eran terroristas", ironiza Landau.
Pero ocurre que "esta táctica depende de las mismas agencias de
inteligencia que se equivocaron al evaluar las ADM en Iraq y
fracasaron en pronosticar los levantamientos recientes por todo el
mundo árabe, así como del mismo tipo de espías y expertos que juran
ante el Congreso y a escogidos reporteros que sus informes son
absolutamente precisos, aunque luego resulten ser inventados".
El derecho internacional prohíbe que un estado use la fuerza
contra otro estado o grupo no estatal sin la autorización del
Consejo de Seguridad, y las reglas de la guerra prohíben los ataques
contra civiles u objetivos civiles, pero el Departamento de Estado
asegura que los ataques de aviones sin piloto son en defensa propia,
y que las muertes son parte de un conflicto armado.
Según tal lógica —dice Landau—, los comandantes del Talibán en
guerra contra Estados Unidos podrían obtener de ingenieros
paquistaníes establecidos en EE.UU. el diseño de aviones sin piloto
a partir de los avioncitos operados con baterías que los niños hacen
volar en los parques, para usarlos contra objetivos norteamericanos
a fin de vengar a familiares asesinados por sus aviones sin piloto.