Nuevos estrenos de Danza Contemporánea de Cuba

Conjunción tripartita de una temporada

AMELIA DUARTE DE LA ROSA
amelia@granma.cip.cu

Quienes todavía creen que la danza radica básicamente en las posibilidades infinitas del movimiento, en la conciencia corporal del bailarín, hallarán un espectáculo hermoso en las funciones que, durante el próximo fin de semana, ofrecerá nuevamente Danza Contemporánea de Cuba (DCCuba), en el Teatro Mella de la capital.

Foto: Ismael BatistaMomento de Dejando el cascarón, de George Céspedes.

Con dos estrenos estéticamente distintos: Dejando el cascarón, del coreógrafo cubano George Céspedes, y Horizonte, del cubano-americano Pedro Ruiz, la compañía inició el pasado viernes el programa de su habitual temporada de invierno, que completó con la reposición de Carmen, versión masculina de una ironía exquisita, del finlandés Kenneth Kvamström.

La primera de las obras, Dejando el cascarón —basada en La leyenda del sagrado bebedor, del autor argentino Mario Corradini— es una composición inquieta y fascinante en donde cascarón equivale a personalidad, a ese mundo que ocupa interna y externamente a la mente. Se trata de una atmósfera y espacio vacíos que van creándose con frases sensuales, trazados simétricos y cuerpos en evolución que intentan redescubrirse. En medio de un ciclo análogo a las interrogantes existenciales, la coreografía incurre en líneas que si bien pudieran parecer reiterativas, plantean la esencia de la búsqueda y la necesidad implantada de salir del llamado cascarón.

La combinación propuesta busca el impacto en la naturaleza emocional a través de distintos elementos que como la música —primera fortuita incursión en la composición musical de Céspedes— y el estupendo diseño de luces, de Erick Grass —que destaca, motiva, corta y enlaza—, desempeñan también un papel protagónico en la transmisión de la acción sobre el escenario.

Una vez más los bailarines de DCCuba, Gabriela Burdsall, Rigoberto Saura, Aymara Vila, Joel Suárez, Osnel Delgado, Yelda Leyva, Jennifer Tejeda, Alberto González, Lisvet Barcia y Claudia Iglesias, regalan una interpretación pasional y agresiva en lo referido a la intención afectiva del movimiento. Es la técnica y la voluntad de estos jóvenes danzantes lo que genera una dinámica energética de alto voltaje expresivo que hacen de Dejando el cascarón una pieza orgánica, con juegos de interacción permanentes en la unidad témporo-espacial.

Sin embargo, no parece ser el creador de Mambo 3XXI y Carmina Burana de los que se preocupan solamente por la recepción estética en el observador, sino que incide además en la significación semántica de los movimientos que va seleccionando y uniendo para mostrar un todo, en realidad aparente y subjetivo, capaz de poner al espectador a armar su propia síntesis. Es usual en las coreografías de este Primer Bailarín —un extraclase sin dudas— potenciar el virtuosismo de los intérpretes y no explicitar el contenido de su mensaje. Válido estilo del joven coreógrafo que aunque defiende su línea y las ideas que le inquietan, en nuevas oportunidades pudiera reformular los pasos de su ecuación.

Por otra parte, el Horizonte de Ruiz, quien fue durante 21 años bailarín principal del Ballet Hispánico en el Joyce Theater, se decanta por la variante neoclásica. Una estela de ritmos afrocubanos y flamencos, perfectamente combinados por el norteamericano Aaron Jaffee y los mexicanos Rodrigo y Gabriela, ejecutan con una técnica depurada catorce bailarines de la compañía. Destacan los dúos de Osnel Delgado y Daileidys Carrazana, Yosmell Calderón y Heidy Batista, Marta Ortega y Wuilleys Estacholi, este último —Premio de Interpretación Danzaria Masculina 2010, que confiere la Asociación de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba—, exquisito en su desempeño con un rigor y fisicalidad impecables que lo convierten hoy en el mejor bailarín de danza contemporánea a nivel nacional.

Bajo la premisa de que el horizonte cada día cambia movido por tempestades de colores, Ruiz se propone con esta pieza desarrollar la danza como puente cultural y reencontrar sus orígenes desde una mirada que no escapa a lo nostálgico. Durante 30 minutos los bailarines mezclan emociones y calidades diferentes de movimientos en una puesta que también resalta por el diseño de vestuario de Eduardo Arrocha, sencillo pero preciso y oportuno para la visión que esta composición propone.

Versátiles y brillantes como siempre regresan los jóvenes de DCCuba a esta nueva temporada, otra más que indica que el trabajo de la compañía es la hélice de un motor en perpetuo movimiento.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Comentarios | Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

SubirSubir