Ahora, a medio siglo de la mencionada proeza educativa de 1961,
es interesante recordar la fuente de conocimientos que se derivaron
de la Campaña, como experiencia única en América, y del mundo.
Toda la experiencia de la Campaña —incluidos los testimonios de
sus protagonistas— está conservada en el Museo de la Alfabetización
inaugurado el 20 de diciembre de 1964 en Ciudad Libertad, antiguo
Campamento Militar de Columbia, el primer cuartel convertido en
escuela, cuyo pase de bandera fue realizado por el Comandante Camilo
Cienfuegos al doctor Armando Hart, ministro de Educación, en 1959.
En el Museo de la Alfabetizacón se encuentran los originales de los
más de 100 000 expedientes de los alfabetizadores, casi todos
adolescentes que, como un gran ejército —el lápiz como arma— fueron
concentrándose en Varadero en los inicios de la Campaña.
Junto a la cartilla del alfabetizador aparecen los trabajos
realizados por estos en cada lugar donde enseñaron. La labor
paralela comprendió un gran estudio social de terreno. Este
constituyó una encuesta del modo de vida, del hábito de alimentación
y posibilidades de vida, en el campo, sobre todo; condiciones de la
vivienda y de los caminos en llanos y montañas; incluso la fuente y
calidad del agua, medios de transporte; estado de salud de la
población, alimentos básicos y acceso a la salud de los campesinos,
entre otros datos que respondían 57 preguntas contenidas en una
encuesta sobre las viviendas y entorno donde convivían los
alfabetizadores con las familias —sus alumnos— que en ocasiones
podían ser sus abuelos o bisabuelos.
Semejantes datos conforman el mapa estadístico más grande y
exhaustivo que se hubiese podido imaginar. Llama la atención el
cuidado extremo con que esos 100 000 alfabetizadores realizaron su
labor, paralelamente con el proceso de enseñanza.
La constancia de la efectividad de ese ejército está dada por las
cartas que los alfabetizados dirigieron a Fidel, escritas de puño y
letra, cuando terminó la Campaña y que también se conservan en este
singular Museo, verdadero laboratorio pedagógico. Especie, además,
de museo del hombre.
Visitar hoy el modesto Museo de la Alfabetización, tomando en
cuenta el tesoro de sus arcas, se convierte en un descubrimiento
asombroso. Allí, perfectamente alineados, en orden, y sin polvo,
aunque las condiciones ambientales no fueron las mejores al
principio, están todos los elementos técnicos que se usaron durante
la Campaña, y antes de su inicio, tales como el estudio preliminar
para la confección de los medios, en primer lugar la Cartilla de
Alfabetización, que se convierte en un descubrimiento singular. Por
ejemplo, en cuanto al estudio preparatorio, realizado bajo la
dirección del doctor Raúl Gutiérrez Serrano en el Instituto Cubano
de Opinión Pública y Psicología Aplicada, y que lleva por título
Lenguaje de Expresión, se registra una lista de palabras
utilizadas más de diez veces en diálogos con los campesinos —en
primer lugar—, y aquellas letras y vocablos cuyo significado estos
ignoraban, aunque eran palabras simples. Como ejemplo de los más
usados leemos en los tomos de la encuesta que la letra a es
la vocal más conocida y, como expresión, además, era dicha por el
grupo de encuestados en el rango de 4 985 veces, mientras ahí
aparece en el rango de 1 052 veces; así, 629; mí, 1
250; debe, 6 276; Cuba (asombroso) 387 y muchas que
aparecen en Versos Sencillos de José Martí apenas una vez o ninguna.
Ese estudio fue indispensable para conocer el vocabulario del
hombre rural, y del analfabeto en general. En base a ello, se
confeccionó la Cartilla.
Se suma el conocimiento que aportaron los alfabetizadores, más
allá de su función esencial como fueron, por ejemplo, nombres, hasta
entonces desconocidos, de barrios, caminos, lomas, arroyos y otras
localizaciones. Agréguese el caudal de informes pormenorizados
contenidos en las actas levantadas por las comisiones municipales,
provinciales y nacional, de la Campaña que llevó el nombre de
Conrado Benítez, maestro voluntario asesinado por las bandas
contrarrevolucionarias.
Ropas, utensilios, libros, faroles, emblemas y banderas, se
agregan a los fondos del Museo. Hay otros aspectos poco conocidos,
que constan en los más de 100 000 expedientes, como la presencia de
alfabetizadores internacionalistas; jóvenes que vinieron a
alfabetizar, desde otros países. Tal es el caso de unos argentinos
que se enrolaron en la Campaña con otros nombres porque de acuerdo
con la situación de su país en aquel momento sus vidas corrían
riesgo de saberse que formaban parte del ejército cubano de
alfabetización. Sus expedientes están en el Museo: Elisa Vigo,
Gabriela Romaní, Violeta Torres, Mosé Mirilla y Rosa Beltrán. Tres
de ellos volvieron a Cuba para participar en el Congreso Pedagogía
93 y 94 con sus nombres verdaderos: Tatiana Viola, Berta Rosenvoreal
y Argelia Iglesias.
Estos jóvenes llevaban muy poco tiempo en sus respectivos
destinos al producirse el desembarco mercenario por Playa Girón,
según se registra en sus expedientes.
El 15 de abril de 1961 llegó a Varadero —centro receptor— la
avanzada integrada por unos 1 000 alfabetizadores.
El primero y uno de los libros impresos más importantes en cuanto
a datos técnicos, evaluación, composición y resultados de la Campaña
lo conserva el Museo. Se trata del informe de la UNESCO realizado en
1964 por las profesoras Anna Lorenzetto y Karen Neys.
En la sección de expedientes del Museo, dirigido por la doctora
Luisa Campos, hay fotos simbólicas en relación con la voluntad de
enseñar a leer y escribir al elevado porcentaje de analfabetos que
encontró la Revolución entre la población cubana en 1959.
Los alfabetizadores —los de menos edad apenas sumaban 8 o 10
años— fueron 54 953 hembras y 50 711 varones, para un total de 105
664. Ese número de voluminosos expedientes, como trofeo de la
instrucción y la cultura cubana, se atesora en el Museo de la
Campaña de Alfabetización.