Cuando
hace un tiempo regresaba definitivamente de Haití, de mi Haití
cherie, pensé que no volvería a hablar de sus pesares. Había visto
tanto en tan poco tiempo, que la sola mención de su nombre provocaba
una sensación de angustia solo aliviada por la persistencia de mi
Patria en la tierra que se había convertido (seguro lo era desde
antes) en el infierno de este mundo.
Entonces volvía a Cuba luego de varios meses conviviendo con
aquellos a quienes la vida se les había sacudido demasiado. Un
espasmo de tierra, justo a las 4 y 53 de la tarde del martes 12 de
enero, convertía a Puerto Príncipe en la ciudad de los muertos, en
la sede del caos, en el coro de los lamentos... Al poner los pies en
mi país pensé ingenuamente que las imágenes aterradoras habían
quedado bien lejos. El mar de por medio "suponía" pasar página a las
duras vivencias de la nación de Louverture.
¡Cuán simple quedaban por aquellas horas mis ideas! Aún no podía
percatarme que Haití se había agarrado al corazón de todos los que
tuvimos la oportunidad de vivirlo; de conocer a su gente; de caminar
sus calles abarrotadas, caóticas, alegres; de reír con sus niños de
miradas ensombrecidas por la pobreza, pero que no se cansaban de
besarte cuando ellos eran el centro de la atención; de comprobar
consternados los bosques casi inexistentes, los ríos raquíticos,
ahora contaminados, la basura amontonada, lastimosa, la insalubridad
ofensiva, la ayuda internacional intermitente, negada a arribar... Y
es que Haití, como me comentó un médico cubano que culminaba su
misión, "nos cambió la vida de un tajo".
Por eso este miércoles, cuando la tarde taladre nuestros
recuerdos porque hace un año que Haití pena, más que eso porque hace
decenios que sufre, volveremos a recordar cuando la ausencia de
imágenes de la catástrofe apretujaba corazones. Quizás palpitemos de
nuevo con el primer avión cubano que llegaba al aeropuerto de la
capital haitiana cargado de aquellos buenos médicos que la madrugada
había sacudido de la cama tibia de sus hogares para aterrizar de un
pestañazo en la tierra vapuleada y unirse a sus hermanos de la ya
establecida Brigada Médica Cubana que comenzaban a sanar sin haber
superado el terror, sin poder decir aún a los suyos que estaban
bien.
Mientras del lado de acá del mar, ese que suponía espacio
suficiente para olvidar, a muchos solo nos queda recordar nuestro
Haití, allá más de 1 000 cubanos amanecieron como otro día
cualquiera porque no hay tiempo para los recuerdos. Los enfermos que
comienzan a hacer fila frente a los hospitales hablan de otra cruda
realidad que habrá que seguir sanando: porque todavía quedan quienes
confían en encontrar la luz al final del camino.