Leyenda guaraní, agradable sorpresa

TONI PIÑERA

El coreógrafo, diseñador de espacios y sentimientos es, en la familia de los creadores, uno de los miembros más comprometidos. Sus obras deben ser tan certeras como para obligar a que las acciones, los actos, los personajes¼ , con sus movimientos y gestos, se introduzcan en nuestros ojos.

La leyenda del agua grande, del joven coreógrafo Eduardo Blanco, la más reciente obra del Ballet Nacional de Cuba, recibió una calurosa recepción en su pre-estreno, los dos últimos fines de semana en la sala García Lorca del GTH, y despejó, positivamente, la incógnita que suscita cualquier obra nueva. Máxime cuando se trata de leyendas que tanto han dado qué hacer en la danza. En esta ocasión, la que relata el origen del nacimiento de las Cataratas del Iguazú, una belleza natural que "acaricia" las fronteras de Brasil y Argentina, con 270 saltos de agua, declaradas Patrimonio Natural de la Humanidad, por la UNESCO hacia 1984.

A grandes rasgos, el libreto de José Ramón Neyra, narra los amores del guerrero Tarobá y la bella Naipí, destinada a ser sacrificada a Mboi¢ Tui, monstruo de la mitología guaraní que, al quebrar una gigantesca roca, hace brotar las cataratas.

En poco más de una hora y armado con una desbordante imaginación, Eduardo Blanco, en esta su primera gran producción para el BNC, atrapó al espectador. La leyenda¼ resulta una obra coherente, bien contada —comunica muy bien la idea rectora de la pieza—, que mantiene el interés de principio a fin, y sobresale por la inteligencia para sortear las dificultades más visibles —como la creación de las cataratas al final con esas telas azules que resbalan por las rocas e inundan toda la escena—, así como la mancomunión lograda de la danza clásica con elementos de los bailes autóctonos.

He aquí un ejemplo de todo lo que puede hacerse con talento y escasos recursos, un conjunto de bailarines preparados-ensayados que dieron lo mejor de sí en el trabajo de grupos donde sobresalió el elemento masculino, algo que es característico del quehacer de Eduardo Blanco, pero que aquí se sustenta por ser una tribu de guerreros. Aunque el baile femenino alcanza un instante alto, particularmente, en el segundo acto, que resulta muy superior.

Protagonista de La leyenda del agua grande es también la hermosa música de Miguel Núñez, ella se adapta a la perfección al decir de la pieza, inunda el espacio e invita al baile. Algo que aprovechó al máximo una Yanela Piñera, espléndida en el papel de Naipí desde la primera salida, con un brillante despliegue de virtuosismo en toda la función, y que tuvo su éxtasis en las variaciones de los pas de deux del primero y del segundo acto que fueron muy ovacionadas. Junto a ella Javier Torres (Tarobá) se entregó en cuerpo y alma al personaje que insufló de fuerza con un baile seguro, y esa interpretación de altos quilates a que nos tiene acostumbrados. Entre los solistas destacó particularmente Alejandro Silva, como Ñuatí, el hijo del cacique, con un alto nivel durante toda la función, y el juvenil Gustavo Pérez, en el guerrero-jaguar.

Visualmente, y sin muchas pretensiones, la pieza tiene también méritos, en la sencilla pero funcional escenografía de Salvador Fernández.

 

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