¿Vale todo?

ENRIQUE MONTESINOS
montesinos@granma.cip.cu

Estamos a las puertas de las semifinales del béisbol cubano. Los ganadores serán monarcas de sus zonas y disputarán el título del deporte que más gusta, por lo que en cada partido aumentan las tensiones. Entonces¼

El comportamiento del público en nuestros estadios de béisbol y otros deportes ha ido tomando un derrotero bien distante de los niveles de instrucción y educación característicos del pueblo cubano.

Si bien debe reconocerse que en los play off se ha notado una conducta moderada, todavía proliferan manifestaciones de antideportivismo que vale la pena abordar.

Lo primero que salta a la vista es una evidente confusión acerca del papel a desempeñar cuando se tiene la ventaja de ser sede, que es para apoyar a su equipo —hasta el delirio si se quiere—, pero jamás para ofender y vilipendiar al visitante.

Para nada resulta decoroso ni ético molestar al contrario con palabras groseras o motes injuriosos. Tampoco con vulgaridades o chabacanerías.

Si de esa manera consiguen desestabilizarlo y no rinda a la altura acostumbrada, paralelamente se perderá la satisfacción de un triunfo estrictamente limpio hablando de calidad deportiva.

Si por el contrario no se logra mermar el rendimiento rival —pues el bateador logra embasarse o el pitcher se da gusto sacando outs—, las obscenidades e insultos terminan por denostar la integridad moral y ética de quienes las profirieron infructuosamente, aunque en el colmo del absurdo algunos prosigan el abucheo, en lugar de al menos callar y que así mantenga vigencia aquello de "fulano silenció a las tribunas", frase en peligro de extinción.

¿No será suficientemente animoso para el bateador, a la vez que desconcertante para el pitcher rival, el grito multitudinario repetido de "se va, se va¼ " o en situación inversa animar al lanzador propio con "pón-cha-lo, pón-cha-lo¼ "? Resultan válidas estas y otras tantas arengas similares siempre en dependencia de la ingeniosidad de los aficionados.

Hemos sido capaces de recibir a equipos de otros países sin ocurrírsele a nadie gritar alguna ofensa, más bien reconociendo con el aplauso cualquier acción superlativa.

Las victorias conquistadas de esa forma limpia y deportiva no solo han tenido un disfrute adicional, sino también un reconocimiento internacional al comportamiento como anfitriones.

¿Por qué entonces tener un trato diferente cuando se trata de visitantes de otras provincias, muchos de los cuales son admirados y respaldados como miembros del equipo Cuba en triunfos extrafronteras?

Otro aspecto es el de la aplicación de medidas a los infractores. No debiera esperarse al extremo de que lancen objetos o se arrojen hacia el terreno los propios fanáticos para advertir o aplicar el forfeit.

Somos un pueblo dueño absoluto tanto de nuestro presente como de nuestro futuro, y si en los reglamentos no está plasmada la forma de penalizar las ofensas reiteradas en los recintos deportivos, a fin de impedirlas, pues enmendarlos es de sabios.

No permitamos bajo ningún concepto el grosero coreo de "hijo de p." a los árbitros, reiterativo por demás, con su más reciente expresión en el juego dominical del Sandino. De persistir tras una primera advertencia, cualquier equipo local debería ser penalizado por tan impúdico y soez comportamiento de sus parciales.

¿Qué "enseñanza" reportarán tales palabrotas, sobre todo para los menores que asisten al estadio o las reciben en sus propios hogares magnificadas por la radio o la TV?

¿Qué costo tendremos que pagar en la formación ética y moral de las nuevas generaciones?

La batalla nunca estará ganada hasta tanto cualquier familia decente no sienta placer y sano disfrute, con asistir a una instalación deportiva para presenciar un partido importante.

El deseo de ganar un juego de béisbol o de cualquier deporte no puede de ninguna manera degenerar en una sarta de groserías o en epítetos humillantes y vejatorios.

Y no será necesario implantar, como en otras latitudes, premios al Juego Limpio o Fair play, a fin de promoverlo. Aquí, por concepto de deporte del pueblo y para el pueblo, tiene que ser una cotidianidad.

En el deporte no se vale todo.

 

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