Estamos a las puertas de las semifinales del béisbol cubano. Los
ganadores serán monarcas de sus zonas y disputarán el título del
deporte que más gusta, por lo que en cada partido aumentan las
tensiones. Entonces¼
El comportamiento del público en nuestros estadios de béisbol y
otros deportes ha ido tomando un derrotero bien distante de los
niveles de instrucción y educación característicos del pueblo
cubano.
Si bien debe reconocerse que en los play off se ha notado una
conducta moderada, todavía proliferan manifestaciones de
antideportivismo que vale la pena abordar.
Lo primero que salta a la vista es una evidente confusión acerca
del papel a desempeñar cuando se tiene la ventaja de ser sede, que
es para apoyar a su equipo —hasta el delirio si se quiere—, pero
jamás para ofender y vilipendiar al visitante.
Para nada resulta decoroso ni ético molestar al contrario con
palabras groseras o motes injuriosos. Tampoco con vulgaridades o
chabacanerías.
Si de esa manera consiguen desestabilizarlo y no rinda a la
altura acostumbrada, paralelamente se perderá la satisfacción de un
triunfo estrictamente limpio hablando de calidad deportiva.
Si por el contrario no se logra mermar el rendimiento rival —pues
el bateador logra embasarse o el pitcher se da gusto sacando outs—,
las obscenidades e insultos terminan por denostar la integridad
moral y ética de quienes las profirieron infructuosamente, aunque en
el colmo del absurdo algunos prosigan el abucheo, en lugar de al
menos callar y que así mantenga vigencia aquello de "fulano silenció
a las tribunas", frase en peligro de extinción.
¿No será suficientemente animoso para el bateador, a la vez que
desconcertante para el pitcher rival, el grito multitudinario
repetido de "se va, se va¼ " o en
situación inversa animar al lanzador propio con "pón-cha-lo, pón-cha-lo¼
"? Resultan válidas estas y otras tantas arengas similares siempre
en dependencia de la ingeniosidad de los aficionados.
Hemos sido capaces de recibir a equipos de otros países sin
ocurrírsele a nadie gritar alguna ofensa, más bien reconociendo con
el aplauso cualquier acción superlativa.
Las victorias conquistadas de esa forma limpia y deportiva no
solo han tenido un disfrute adicional, sino también un
reconocimiento internacional al comportamiento como anfitriones.
¿Por qué entonces tener un trato diferente cuando se trata de
visitantes de otras provincias, muchos de los cuales son admirados y
respaldados como miembros del equipo Cuba en triunfos extrafronteras?
Otro aspecto es el de la aplicación de medidas a los infractores.
No debiera esperarse al extremo de que lancen objetos o se arrojen
hacia el terreno los propios fanáticos para advertir o aplicar el
forfeit.
Somos un pueblo dueño absoluto tanto de nuestro presente como de
nuestro futuro, y si en los reglamentos no está plasmada la forma de
penalizar las ofensas reiteradas en los recintos deportivos, a fin
de impedirlas, pues enmendarlos es de sabios.
No permitamos bajo ningún concepto el grosero coreo de "hijo de
p." a los árbitros, reiterativo por demás, con su más reciente
expresión en el juego dominical del Sandino. De persistir tras una
primera advertencia, cualquier equipo local debería ser penalizado
por tan impúdico y soez comportamiento de sus parciales.
¿Qué "enseñanza" reportarán tales palabrotas, sobre todo para los
menores que asisten al estadio o las reciben en sus propios hogares
magnificadas por la radio o la TV?
¿Qué costo tendremos que pagar en la formación ética y moral de
las nuevas generaciones?
La batalla nunca estará ganada hasta tanto cualquier familia
decente no sienta placer y sano disfrute, con asistir a una
instalación deportiva para presenciar un partido importante.
El deseo de ganar un juego de béisbol o de cualquier deporte no
puede de ninguna manera degenerar en una sarta de groserías o en
epítetos humillantes y vejatorios.
Y no será necesario implantar, como en otras latitudes, premios
al Juego Limpio o Fair play, a fin de promoverlo. Aquí, por
concepto de deporte del pueblo y para el pueblo, tiene que ser una
cotidianidad.
En el deporte no se vale todo.