Bailar a la holandesa

AMELIA DUARTE DE LA ROSA

Foto: Raúl LópezDurante este año los escenarios nacionales han acogido a numerosas compañías danzarias foráneas que, más allá del intercambio con el público, han dejado un fuerte referente cultural en virtud de enriquecer el conocimiento hacia otras maneras de hacer y concebir la danza contemporánea a nivel mundial.

Precisamente, por estos días, un nuevo exponente creativo debutó en las tablas del Teatro Las Carolinas (La Habana Vieja) con motivo de la Primera Semana de la Cultura Holandesa. Los artistas del proyecto Waterproof: Onno van Schwigchem, Hermine Schneider y Sylvain Meret mezclaron su trabajo con los bailarines de la compañía Retazos para desarrollar el espectáculo Blackflow, una propuesta donde danza y video, sonido y lenguaje corporal confluyen a través del mar.

Tomando como punto de referencia ese elemento natural común y tan importante en ambas culturas, los intérpretes del país bajo y los locales fusionaron estilos en una danza alternativa que, aunque se basó en la improvisación y el trabajo en progreso, logró conectar armonía a todos los elementos del diseño.

Mientras una pantalla proyectaba imágenes del agua y de la arena mojada sobre la piel de los bailarines, en la superficie escénica se ejecutaba una perspectiva diferente a través de movimientos desenfadados como corrientes oceánicas. Entradas y salidas de los danzantes simulaban la ondulación perenne de las aguas en una atmósfera minimalista casi subjetiva, centrada solamente en la composición de los cuerpos. Como los espacios abiertos del mar, el movimiento dentro del teatro no tuvo límites ni atuendos extravagantes, rasgo característico en las presentaciones de la compañía que dirige Isabel Bustos.

Momentos apasionados, lúdicos y hasta hilarantes con marcas de cubanía reforzaron gota a gota el valor sensitivo de la pieza. El empleo de la música en vivo de los instrumentos de viento le añadió también a Blackflow el dinamismo que aporta a un espectáculo la convergencia de varias disciplinas artísticas.

El acierto de la interacción coreográfica resultó completo, no hubo sobre el escenario separaciones en ningún sentido. A pesar de la distancia geográfica y cultural, sobresalió el lenguaje de la danza y la visión conjunta sobre algo tan simple y necesario como el agua.

 

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