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El plan rescate de Bush: salvavidas de plomo
Jorge Casals Llano (*)
No hubo unanimidad entre los economistas respecto a las causas de
las crisis mexicana, asiática, rusa, brasileña, argentina... que
asolaron al mundo a partir de los últimos años del pasado siglo.
Mientras que para unos (oficialistas ortodoxos) se trataba de crisis
localizadas, causadas por el mal manejo de la cosa pública por parte
de los gobiernos, para otros (oficialistas no ortodoxos y
economistas políticos), las sucesivas crisis no eran más que las
primeras manifestaciones de una gran crisis sistémica que conducía
al mundo a un desastre de magnitud solo comparable al crack del 29.
El
pánico se apodera de los mercados financieros, pese al publicitado
plan de Bush.
Los datos del nuevo siglo parecieron dar la razón a los
ortodoxos. EE.UU. inició un periodo de auge sin precedentes en su
historia y, por primera vez en más de 30 años, logró equilibrar su
presupuesto y alcanzar el superávit fiscal. Incluso en el año 1998,
la economía estadounidense había crecido un 3,9%, y el 1% de
inflación anual había sido la más baja en 40 años.
"LA ECONOMÍA PEFECTA"
Tales cifras hicieron exclamar al entonces economista jefe del
Bankers Trust: "si alguna vez hubo una economía perfecta, Estados
Unidos parece serlo" y esta fue desde entonces la opinión
generalizada entre los economistas ortodoxos del país del norte, muy
similares a las prevalecientes antes del fatídico "martes negro" de
octubre de 1929.
Lo que hacía "perfecta" a la economía de EE.UU. eran los
progresos tecnológicos, la liberación neoliberal, la "nueva
economía" y las "burbujas" financieras, las privatizaciones
promocionadas por el "Consenso de Washington" y aun la propia
sucesión de crisis fuera de sus fronteras, con la consiguiente "fuga
de capitales" y bajos precios de las materias primas: hambre y
miseria para el mundo subdesarrollado, fuente adicional de riqueza
para los consumidores norteamericanos.
Y si por entonces la fuga de capitales desde los países
"periféricos" –consecuencia de las crisis– mantenía el doble efecto
de provocar escasez de liquidez en los mismos hasta límites
insostenibles, al propio tiempo que liquidez abundante,
fundamentalmente en EE.UU., la "perfecta" economía funcionaba, de
manera excelente, gracias al predominio en el mundo de su moneda
nacional, el dólar, símbolo e instrumento de la hegemonía monetaria
norteamericana.
Fue la referida condición de la moneda estadounidense la que en
buena medida permitió la continua expansión norteamericana, el
financiamiento durante decenios de sus déficit fiscales y de balanza
comercial y de pagos y el predominio global en las finanzas y las
instituciones financieras internacionales.
Pero ya desde entonces abundaban los informes que alertaban sobre
los mercados de acciones sobrevaluadas, y el funcionamiento de la
"perfecta" economía norteamericana mostraba, a pesar de la euforia,
síntomas de crisis.
El más evidente era el de la sobrevaluación de las acciones, "la
burbuja", pues al aplicar el indicador propuesto por James Tobin
(cotización de las acciones/costo de reemplazo de los activos)
quedaba demostrado, ya en junio de 1998, que el mercado se
encontraba por encima del doble de su punto de equilibrio, y con una
probabilidad del 75% de caer ya en 1999.
Era pues, desde entonces, la hora de abandonar la economía "de
casino"; no obstante, lo que hicieron los "ludópatas millonarios"
(expresión acuñada por P. Krugman) fue doblar la apuesta y engendrar
la "burbuja hipotecaria" con sus ya hoy tristemente célebres
"hipotecas subprime". Para EE.UU., abandonar el "casino" de la bolsa
implicaba admitir la reducción de los ingresos de los apostadores,
la reducción del capital por la baja de las acciones, la disminución
masiva del gasto doméstico, de inversiones, del gasto público y de
la economía en su conjunto... aunque todo ello fuera apenas riqueza
aparente, sin respaldo material real.
LAS TEMPESTADES
La naturaleza expoliadora del capitalismo, los referidos vientos,
trajeron las presentes tempestades, y estas a su vez el "rescate"
financiero con salvavidas de plomo propuesto por el ejecutivo
estadounidense, aprobado por su poder legislativo y hecho ley por el
presidente norteamericano, bajo el supuesto de que los responsables
de la actual crisis son los ejecutivos que permitieron tales niveles
de especulación, vía desregulación y los especuladores (a pesar de
que, en la más estricta lógica capitalista, el especulador solo
busca incrementar sus ganancias, lo cual es práctica normal en el
sistema).
El plan de rescate al que se hace referencia recibió el nombre de
"Acta de Estabilización Económica de Urgencia del 2008" –que en su
versión final aumentó de volumen más de 100 veces respecto al
original– y cuyo elemento más importante es la adquisición de deuda
de baja calidad (los llamados "activos tóxicos") por un importe de
hasta 700 000 millones de dólares. De ellos se podrá disponer de
manera inmediata de 250 000 millones; otros 100 000 millones se
utilizarán si W. Bush determina que se necesitan, y queda a
discreción del Congreso liberar los 350 000 millones restantes.
Otras medidas que interesa destacar entre las contenidas en el
Plan son:
- Con el objetivo de paliar la crisis de confianza en el sistema
bancario: el aumento de 100 000 a 250 000 dólares la garantía de
depósitos.
- Como estímulo al consumo: exenciones de impuestos y
desgravaciones fiscales a contribuyentes y empresas (se incluye aquí
la exención a la "Tasa mínima alternativa"), incentivos fiscales a
los que inviertan en la producción de etanol o compren autos
eléctricos o híbridos, exenciones a empresas que inviertan en nuevos
mercados, etc.)
La concepción teórico–conceptual del Plan puede encontrarse en la
idea errónea (expuesta en los años 90 del pasado siglo, entre otros,
por Ben S. Bernanke, actual presidente de la Reserva Federal de EE.
UU.) de que la falta de liquidez, consecuencia de la vigencia del
patrón oro, fue decisiva en el inicio, desarrollo y propagación de
la llamada "Gran Depresión" de 1929.
Este enfoque explica las continuas inyecciones de dinero
–alrededor de 2 billones (millones de millones) de dólares,—que
desde que comenzó el apogeo de la actual crisis se realiza por las
autoridades norteamericanas (700 000 millones del Plan de Rescate,
149 000 millones de recortes impositivos, alrededor de 900 000
millones para refinanciar y garantizar hipotecas en riesgo de
impago, el rescate de AIG, Fannie Mae y Freddie Mac, los créditos
para la compra de Bearn Stearns... y también los realizados en
euros, libras y yenes por las autoridades europeas y japonesas. Una
relación muy incompleta de los rescates incluiría: a la alemana Hypo
Real Estate (35 000 millones); a la británica Bradford & Bingley (31
500 millones) a la belga-holandesa Fortis (16 400 millones), a lo
que habría que sumar otros centenares de miles de millones de
dólares, libras y euros por las intervenciones directas de los
Bancos Centrales. Sin duda, en condiciones de patrón oro (en que el
dinero debía estar respaldado por el metal) tales inyecciones de
liquidez eran imposibles de realizar; la otra cara de la moneda es
que tales emisiones de dinero, sin ningún respaldo en la economía
real, son solo emisiones de "papel mojado" que necesariamente se
reflejarán en los niveles de inflación.
El plan de rescate, además de los 700 000 millones, prevé otros
149 000 millones de reducciones impositivas (estímulo al consumo).
Esas ingentes sumas de dinero incrementarán aún más (por el aumento
de los egresos y la disminución de los ingresos) el ya deficitario
presupuesto norteamericano (para el próximo ejercicio fiscal se
estima que el déficit será de 1 billón 500 000 millones de dólares)
y aumentará la deuda federal a más de 11 billones de dólares y la
deuda total (gubernamental- federal, estatal y municipal, de los
hogares y las corporaciones) a cerca de 50 billones.
Es evidente que el aumento del endeudamiento norteamericano hará
que el resto del mundo se haga más reacio a confiar en la economía
estadounidense y en su sistema financiero y ello llevará,
necesariamente, al replanteo de todo el sistema financiero
internacional basado todavía hoy fundamentalmente en el de Nueva
York, pero cuyo descalabro ha contagiado ya al resto del mundo,
sumiéndolo en una crisis global. Es en este contexto que se inserta
la afirmación del financista George Soros en la última cita de Davos:
"La era del dólar ha terminado"
Y si el plan de rescate iba dirigido a resolver la liquidez y la
desconfianza en los mercados (que no resolvió ni podía resolver),
dejaba sin abordar los problemas relacionados con la caída de la
capitalización de los bancos, los del descenso de los precios
inmobiliarios (relacionado con el anterior) y los de la economía
real. Pero todo ello requeriría un análisis aparte, que sobrepasa
los límites del presente artículo.
(*) Doctor en Ciencias Económicas,
Profesor Titular del Instituto Superior de Relaciones
Internacionales "Raúl Roa García" (ISRI). |