Jean-Marie
Gustave Le Clezio se convirtió ayer en el décimo cuarto escritor
francés en conseguir el Premio Nobel de Literatura. Las cábalas esta
vez no se equivocaron. El secretario de la Academia Sueca había
dicho en las vísperas que Europa seguía siendo el centro del mundo
literario, mientras criticó acerbamente a los escritores
norteamericanos contemporáneos, entre los cuales, al menos, un
cuarteto (Philip Roth, John Updike, Joyce Carol Oates y Don DeLillo)
sonaban para el Premio.
El
oficio de JMG Le Clezio se halla fuera de toda duda. Dentro de su
abundante producción —más de 30 libros— ha sabido mantenerse en la
cresta de la ola, aun cuando su estilo ha acusado una perceptible
variación. De la prosa cerebral y punzante de El atestado, su
primera novela, que le valió a los 23 años de edad el codiciado
Premio Renaudot, a la indagación autorreferencial y sensiblemente
humanista de El africano (2004), el escritor se ha hecho de
un espacio muy particular en las letras francesas: el público lector
sigue con avidez sus novedades literarias y la crítica suele
arroparlo.
Pocas horas después de conocer la noticia, JMG declaró a la
prensa parisina: "Escribir no es solo estar sentado en tu mesa
contigo mismo, es escuchar el ruido del mundo. Cuando estás en la
posición del escritor se percibe mejor el ruido del mundo, vas al
encuentro del mundo".
Esas palabras dan crédito de su itinerario personal. Viajero
impenitente, el propio novelista ha explicado cómo una estancia suya
en una comunidad aborigen panameña hacia los años 70 le cambió la
vida. Una buena parte de los textos de JMG se desarrollan fuera de
Francia. Esto evidentemente entusiasmó al secretario de la Academia
Sueca, quien luego de proclamar las razones del Comité del Premio,
añadió de su cosecha: "La forma de Le Clezio de viajar también es
típica de los europeos cuando se identifican con culturas exóticas y
las describen intensamente. El europeo siempre quiere convertirse en
el hombre universal".
Pobre e inexacta defensa. Aunque si se prescinde de la insolencia
eurocéntrica de Engdahl, pudiera convenirse en que algunas obras de
JMG pecan de esa mirada perdonavidas y nostálgica con que no pocos
escritores europeos se han acercado a lo que para ellos es la
periferia. Bastaría repasar Las profecías del Chilan Balam o
La conquista divina de Michoacán —como alguna vez lo hizo el
redactor de esta nota— para darse cuenta cómo detrás de una prosa
fulgurante anidan los tópicos de una nostalgia panglossiana.
Sin embargo quien esto escribe se reconcilió con la fama de JMG
al leer Desierto y El africano. Con la primera, que
data de 1980, dibujó una criatura inolvidable: la joven marroquí
Lalla, en el contexto de una narración anticolonial; con la segunda
viajó a sus orígenes a partir de la memoria del padre que ejerció la
Medicina en Nigeria.
En medio del consenso aprobatorio que generó ayer la proclamación
del Nobel —en México, por ejemplo, al margen de los reparos
antedichos, una voz autorizada como la del académico Adolfo Castañón
exclamó eufórico que el escritor francés había contribuido "al
enriquecimiento de la idea de nuestro país"—, desde Chile se escuchó
una voz disidente, la del crítico Camilo Marks: "Es una lata (... )
A este señor (Le Clezio) lo van a olvidar, olvidar, en dos años
más", apostrofó.
Más allá del exabrupto —combinado con la búsqueda a toda costa de
notoriedad—, el chileno tal vez haya pensado en ciertos apolillados
autores franceses merecedores en su día del Nobel. ¿Quién se acuerda
hoy de quien, por cierto, ganó el primer galardón, Sully Proudhomme?
¿O de Frederic Mistral? ¿O de Roger Mantin Du Gard? No se puede
asegurar que Le Clezio alcance con los años la jerarquía de
laureados como Romain Rolland, Albert Camus o Saint John Perse, pero
hay que concederle tiempo al tiempo a un autor que ha dicho: "El
novelista no es un filósofo ni un técnico del lenguaje sino alguien
que cuestiona el mundo con sus ficciones, alguien que plantea
interrogantes".