El
intenso viaje de Vicente Rodríguez Bonachea a los territorios de la
fantasía acaba de arribar a una nueva estación con la exposición
La memoria alucinada, que ocupa el acogedor espacio de la
galería Villa Manuela, de la UNEAC, bajo la diligente dirección de
Lesbia Vent Dumois.
En la obra de este pintor, nacido en La Habana en 1957 y egresado
de la Academia de San Alejandro en 1976, se ha ido perfilando una
iconografía peculiar, poblada de criaturas míticas.
Ahora
Bonachea, en quien se reconoce un depurado oficio pictórico y un
cromatismo equilibradamente exacerbado, no solo pinta, sino traslada
sus obsesiones a la tercera dimensión, mediante esculturas e
instalaciones y el uso de la madera, el vidrio, el plástico, el
hierro y el barro.
Sin embargo, vale aclarar cómo el artista prolonga y potencia en
estos formatos, que cohabitan en la muestra con pinturas
convencionales, sus principios estéticos.
Bonachea sigue siendo pródigo tanto en la concepción de una fauna
a la que no es ajena la referencia al hombre, como en su
contextualización. De tal modo, el hecho de coronar la estructura
vertical titulada Olvidada inocencia con una figurilla humana de
rostro distraído, permite completar la alusión metafórica del
título. O al rematar la proa de la pieza Carruaje con la cabeza de
un perro, nos hace pensar en la carga de pesadillas que el viajante
deja a su paso.
A fin de cuentas, cada propuesta pictórica o volumétrica de la
exposición se debate entre la lucidez de la reflexión y la
alucinación imaginativa. El crítico Rafael Acosta de Arriba, al
comentar la muestra, se pregunta: "¿Hasta dónde la caprichosa
selección de nuestros recuerdos van conformando nuestra
personalidad?".
Obviamente, los "caprichos" de Bonachea nos remiten no solamente
al imaginario personal del artista, sino también a las diversas
fuentes culturales que han alimentado su obra. Es muy difícil no ver
determinada significación paródica en la pieza que da título a la
exposición: el androide agazapado en posición cuadrúpeda tiene que
ver con algunos seres fantasmagóricos dibujados en las tiras
cómicas.
Asimismo, a veces asoma una pasión fabuladora desde la
ilustración, como si el artista hubiera soñado con el universo
onírico de Tolkien.
Y es que las construcciones visuales de Bonachea no pueden
renunciar a la especulación poética como razón de su propia
existencia.