Actualizado 3:45 p.m. hora local
La esencia de la crisis alimentaria es la desigual e
injusta distribución de la riqueza y el modelo económico neoliberal
impuesto por las grandes potencias
Estimado Comandante Daniel Ortega, Presidente de Nicaragua:
Distinguidos Presidentes y Altos Representantes
Los datos son harto elocuentes. En el año 2005, pagábamos para
importar una tonelada de arroz 250 dólares; ahora pagamos 1,050
dólares, cuatro veces más. Por una tonelada de trigo pagábamos 132
dólares; ahora pagamos 330 dólares, dos veces y media más. Por una
tonelada de maíz pagábamos 82 dólares; ahora pagamos 230 dólares, casi
tres veces más. Por una tonelada de leche en polvo pagábamos 2200
dólares; ahora 4,800 dólares. Es una situación perversa e
insostenible.
Esta realidad impacta en los mercados internos de la mayoría de los
países de nuestra región y del mundo, afectando directamente a la
población, en particular a los más pobres, y llevando a la indigencia
a millones de personas. Hay países que hace sólo unas décadas se
autoabastecían de arroz y maíz. Pero las recetas neoliberales del FMI
los llevaron a liberalizar el mercado e importar cereales subsidiados
de EEUU y Europa, con lo cual fue erradicada la producción nacional.
Con el aumento de los precios a los ritmos señalados, un número
creciente de personas ya no puede comer estos alimentos básicos. No es
sorprendente entonces que acudan a la protesta, que salgan a las
calles a buscar cualquier modo de dar de comer a sus hijos.
Como alertara Fidel desde 1996, en la Cumbre Mundial sobre la
Alimentación: "El hambre, inseparable compañera de los pobres, es hija
de la desigual distribución de las riquezas y de las injusticias de
este mundo. Los ricos no conocen el hambre". "Por luchar contra el
hambre y la injusticia han muerto en el mundo millones de personas".
La crisis alimentaria que hoy nos convoca, es agravada por los
altos precios del petróleo y por el impacto sobre ellos de la aventura
bélica en Irak; por el efecto de estos precios en la producción y el
transporte de los alimentos; por los cambios climáticos; por el
creciente destino de importantes cantidades de granos y cereales de
EEUU y la Unión Europea para la producción de biocombustibles, y por
las prácticas especulativas del gran capital internacional, que
apuesta a los inventarios de alimentos a costa del hambre de los
pobres.
Pero la esencia de la crisis no radica en estos fenómenos
recientes, sino en la desigual e injusta distribución de la riqueza a
nivel global y en el insostenible modelo económico neoliberal impuesto
con irresponsabilidad y fanatismo en los últimos veinte años.
Los países pobres que dependen de la importación de alimentos, no
están en condiciones de resistir el golpe. Sus poblaciones no tienen
protección alguna y el mercado, por supuesto, no tiene la capacidad ni
el sentido de la responsabilidad de brindársela. No estamos ante un
problema de carácter económico, sino ante un drama humanitario de
consecuencias incalculables, que –incluso- pone en riesgo la Seguridad
Nacional de nuestros países.
Adjudicar la crisis a un consumo progresivo de importantes sectores
de la población de determinados países en desarrollo con crecimiento
económico acelerado, como China e India, además de ser un
planteamiento insuficientemente fundamentado, entraña un mensaje
racista y discriminatorio, que ve como un problema que millones de
seres humanos tengan acceso, por primera vez, a una alimentación digna
y saludable.
El problema, como se expresa en nuestra región, está esencialmente
ligado a la situación precaria de los pequeños agricultores y de la
población rural de los países subdesarrollados, así como al papel
oligopólico de las grandes empresas transnacionales de la industria
agroalimentaria.
Éstas controlan los precios, las tecnologías, las normas, las
certificaciones, los canales de distribución y las fuentes de
financiamiento de la producción alimentaria mundial. Controlan también
el transporte, la investigación científica, los fondos genéticos, la
industria de fertilizantes y los plaguicidas. Sus gobiernos, en
Europa, Norteamérica y otras partes, imponen las reglas
internacionales con que se comercian los alimentos y las tecnologías e
insumos para producirlos.
Los subsidios a la agricultura en los EE.UU. y la Unión Europea no
sólo encarecen los alimentos que éstos venden, sino también imponen un
obstáculo fundamental para el acceso a sus mercados de las
producciones de los países en desarrollo, lo que incide directamente
sobre la situación de la agricultura y de los productores del Sur.
Se trata de un problema estructural del orden económico
internacional vigente y no de una crisis coyuntural que pueda
resolverse con paliativos o medidas de emergencia. Promesas recientes
del Banco Mundial de destinar 500 millones de dólares devaluados para
aliviar la emergencia, además de ridículas, parecen una burla.
Para atacar el dilema en su esencia y sus causas, se requiere
someter a examen y transformación las reglas escritas y no escritas,
las acordadas y las impuestas, que hoy gobiernan el orden económico
internacional, y la creación y distribución de riquezas,
particularmente en el sector de la producción y distribución de
alimentos.
Lo decisivo realmente hoy es plantearse un cambio profundo y
estructural del actual orden económico y político internacional,
antidemocrático, injusto, excluyente e insostenible. Un orden
depredador, responsable de que —como dijera Fidel doce años atrás—
"Las aguas se contaminan, la atmósfera se envenena, la naturaleza se
destruye. No es sólo la escasez de inversiones, la falta de educación
y tecnologías, el crecimiento acelerado de la población; es que el
medio ambiente se deteriora y el futuro se compromete cada día más".
Al mismo tiempo, coincidimos en que la cooperación internacional
para enfrentar este momento de crisis, es impostergable. Se requieren
medidas de emergencia para aliviar con celeridad la situación de
aquellos países donde ya se producen disturbios sociales. Se necesita
también lograr un impulso en el mediano plazo para estimular planes de
cooperación e intercambio, con inversiones conjuntas que aceleren en
nuestra región la producción agrícola y la distribución de alimentos,
con un firme compromiso y una fuerte participación del Estado. Cuba
está dispuesta a contribuir modestamente en un esfuerzo de esa
naturaleza.
El Programa que hoy nos propone el compañero Daniel, en un empeño
por aunar el esfuerzo, la voluntad y los recursos de los miembros del
ALBA y los países de Centroamérica y el Caribe, merece nuestro
respaldo. Presupone el claro entendimiento de que la actual situación
alimentaria mundial no es una oportunidad como piensan algunos, sino
una crisis muy peligrosa. Entraña un reconocimiento expreso a que
nuestro esfuerzo debe dirigirse a defender el derecho a la
alimentación para todos y a una vida digna para los millones de
familias campesinas hasta hoy expoliadas, no a aprovechar la ocasión
para intereses corporativos o mezquinas oportunidades comerciales.
Hemos discutido con amplitud sobre el tema. Ahora lo que
corresponde es actuar unidos, con audacia, solidaridad y espíritu
práctico.
Si ese es el objetivo común, se puede contar con Cuba.
Concluyo recordando las previsoras palabras expresadas por Fidel en
1996, que todavía resuenan por su actualidad y hondura: "Las campanas
que doblan hoy por los que mueren de hambre cada día, doblarán mañana
por la humanidad entera si no quiso, no supo o no pudo ser
suficientemente sabia para salvarse a sí misma."
Muchas gracias.
ADDRESS BY ESTEBAN LAZO HERNANDEZ,
VICE-PRESIDENT OF THE COUNCIL OF STATE OF THE REPUBLIC OF CUBA, FOR
THE PRESIDENTIAL SUMMIT "SOVEREIGNTY AND FOOD SECURITY: FOOD FOR
LIFE", HELD ON WEDNESDAY, MAY 7TH, 2008, IN MANAGUA,
NICARAGUA.